En un instante
Es uno de los comienzos de libro más citados en redes sociales desde hace bastante tiempo. “La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. La cuestión de la autocompasión”. Alargando la metáfora, para abrir su libro El año del pensamiento mágico, Joan Didion habla del caso “de una enfermera psiquiátrica cuyo marido se mató en accidente de carretera”, la cual recuerda que él volvía del trabajo “feliz, triunfador, sano”, y de pronto ya no existía. Habla del ataque de Pearl Harbor acontecido “en una mañana de domingo completamente normal”, o del 11 de septiembre, que amaneció “templado y casi sin nubes en el este de Estados Unidos”. Lo hace para hablar de un suceso desgarrador, la muerte de su marido. Es una frase que podría aplicarse también a cualquiera que haya vivido de cerca los incendios: fuegos que se extienden por España y arrasan con casas y con vidas enteras, el monotema al cual queda reducida nuestra conversación pública del verano; cambia en un instante como cambió para quienes vivieron la dana y perdieron allí sus recuerdos. El infarto de John Gregory Dunne mientras se sentaban a cenar, el accidente de carretera del marido que volvía del trabajo, son algo del orden de lo imprevisible. La llegada de los incendios no es tan imprevisible: la anuncian informes, previsiones de temperatura y viento, hectáreas quemadas el año pasado y el anterior, mapas de riesgo que se publican cada primavera.
Desde el centro de Madrid, la impresión que dejan los incendios es extraña: todo continúa, las terrazas y los bares siguen abiertos, se destiende la ropa y ahora hay que sacudirle la ceniza, o a un lado aparece una luna roja envuelta en un cielo violáceo, entre oscuridad, y al otro un cielo azul, claro, cristalino. No tener que evacuar la casa donde una vive es de repente un privilegio: el privilegio de que la vida no cambie y el día de mañana pueda parecerse al de hoy. Recordando los cruces de acusaciones del año pasado, las discusiones políticas y mesas de tertulias, no puedo dejar de pensar en todos los objetos que en los incendios tanta gente ha perdido, o en las historias que pierden con ellos: un libro, una bicicleta, un regalo, una cama, un hogar, álbumes de fotos, recuerdos. Pero perder objetos también significa formar parte del grupo de los afortunados, porque los más perdidos son los muertos. Los últimos días de este mes de julio son días completamente normales en los que, para tantos, la vida cambia en un instante. Más lejos de Madrid, durante once meses al año, los pueblos que ahora aparecen en los mapas de evacuación son sinónimo de despoblación; en verano se convierten en imágenes de helicópteros y en septiembre vuelven a desaparecer.
En su libro de publicación póstuma El sótano, escribe Begoña Huertas que “lo que deseaba era mantener lo que tenía. Nada más decirlo me sentí boba porque me pareció un deseo pequeño, tonto y poco ambicioso. Ahora veo que, por el contrario, se trataba de un deseo desorbitado, imposible. El deseo de que nada cambie”. De cara al futuro, en realidad, uno de los objetivos de la política tendría que ser conservar la posibilidad de mantener ese deseo: permitir que mantengamos lo que tenemos, que nuestros mundos no cambien en un instante. Sabemos que la crisis climática traerá consigo refugiados climáticos y más muerte, y agravará incendios como los de estos días. Sabemos ya que los incendios se extinguen en invierno, mucho más que en verano, y sin embargo en invierno nunca hablamos de ellos, como si estuviéramos condenados a hacernos los sorprendidos con la llegada de la temporada estival. Sabiendo todo esto, ¿cómo existen todavía políticos dispuestos a recortar en prevención, en emergencias, políticos que no dan la orden de cuidar el mundo en el que vivimos? ¿Cómo es posible la crueldad, por omisión tácita, de quien asume como hecho consumado que tantas personas, de golpe, lo pierdan todo? El deseo desorbitado del que hablaba Huertas es, en el fondo, un programa político modesto.
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