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ENTREVISTA

Yunez Chaib, cómico: “Mi presencia en 'La Revuelta' puede tener un efecto positivo, pero yo solo busco hacer reír”

Yunez Chaib, humorista, en una entrevista con elDiario.es.

Gabriela Sánchez

27 de junio de 2026 22:28 h

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Yunez Chaib no busca ser el portavoz de nadie, aunque sus chistes se rían del racismo en prime time. El cómico, colaborador en el programa La Revuelta, ahora debuta en la literatura con Corderito (Penguin Random House), una novela de autoficción que nació de historias que tenía guardadas en un cajón, inspiradas parcialmente en su propia experiencia. En sus páginas se cruzan los cortes de luz, los contrastes culturales de un hijo de migrantes, la discriminación, el desarraigo y las complejidades invisibles de crecer en una familia de origen extranjero. Podría parecer un drama social, pero se lee como una novela ligera, donde la risa se funde con la ternura de la mirada de un niño.

Corderito narra la historia de Abde, hijo de inmigrantes marroquíes, que se adentra en la adolescencia en la España de los años 2000 y descubre desde la inocencia los choques culturales entre su vida en casa, donde sus padres hablan entre ellos un idioma que no entiende, y el instituto, donde no llega a sentirse uno más. En ocasiones, algunas de sus frases parecen dardos contra el racismo y los prejuicios sobre la inmigración, lanzados desde la naturalidad e irreverencia de los pensamientos de un niño, pero el cómico rechaza colocar a su obra la etiqueta de “obra reivindicativa”. La denuncia social, dice, está en el ojo de quien lee, no de quien escribe.

En tiempos donde el discurso del odio gana fuerza, la sola presencia de Chaib en televisión puede interpretarse como un gesto político. Él reconoce el efecto positivo que puede conllevar que “una persona distinta cuente chistes” en prime time, en un momento en que la extrema derecha gana fuerza, pero defiende que su comedia no guarda un objetivo combativo. Es, dice, una reacción colateral de su verdadera y única finalidad: hacer reír.

El mallorquín reivindica el derecho a la ligereza, a la risa y a contar momentos racistas desde el absurdo. No intenta convertirse en referente de nadie, sólo quiere entretener: “Y si luego alguien se lleva algún aprendizaje o hay alguna reacción positiva, bienvenido sea”.

¿Por qué decidió escribir este libro, sobre la historia de un niño hijo de una familia de inmigrantes marroquíes en España?

Tenía varias historias largas que no me apetecía contar en el teatro porque se me hacían muy extensas y no buscaba en ellas la risa como principal objetivo. Y las tenía guardadas en un cajón. En un momento dado, me ofrecen escribir un libro de lo que fuera y les propuse una novela partiendo de esas historias. Desde el principio, no lo escribí pensando que fuera la historia de un hijo de migrantes, sino una historia que va sobre los vínculos familiares. Y, obviamente, el tema de la migración atraviesa mucho la novela porque tiene que hacerlo. Pero para mí, el tema es la familia. 

Es una novela de autoficción. Usted también es hijo de una familia marroquí y ha crecido en Mallorca, como el protagonista de la novela. ¿En qué se identifica con él?

Hay obviamente partes inspiradas en experiencias mías, pero desde el principio lo escribí como si fuera una ficción 100%. El personaje no se llama como yo ni tiene mi estructura familiar tampoco. Sí hay mucha inspiración en mi propia vida, pero para mí lo importante es que el que haya quedado como una obra de ficción o de entretenimiento. No se tiene que leer pensando en que soy yo. Es verdad que hay gente que lo lee con mi voz, y me parece supertierno. Más allá de eso, no soy el personaje. Por ejemplo, en mi familia somos cuatro hermanos. Ya eso cambia muchísimo las dinámicas familiares.

Yunez Chaib en la redacción de elDiario.es

A través del personaje de Abdel, la novela aborda los esos contrastes culturales que puede vivir un hijo de migrantes entre, por ejemplo, las tradiciones que se viven en casa o en el colegio, que es algo que cuentan muchos jóvenes españoles de familia extranjera. ¿Cómo esa situación puede afectar a un chaval durante su etapa de crecimiento?

Depende de cada uno. Al final hay tantas experiencias como personas. Y la que he expuesto yo no se puede decir que es la mía al 100%, es la del personaje. Obviamente, hay unas diferencias que pueden afectar, pero depende de cada uno. Me da mucho pudor hablar en nombre de todo el mundo, porque al final yo he tenido una vida que es mucho peor que la de muchos y mucho mejor que la de otros y no sabría cómo sintetizarlo. 

Llama la atención, por ejemplo, el hecho de que el protagonista no sabe hablar el idioma que hablan sus padres, por lo que ellos tienen que hablar con él en otro idioma y, cuando hablan entre ellos, no les entienden. Tampoco cuando van a Marruecos a visitar a la familia… Es un detalle que evidencia mucho ese choque a la hora de estar entre dos mundos

En mi caso concreto no hablo el idioma de mi familia, que es el amazigh y hay muchas familias, sobre todo en Marruecos, que solo hablan ese idioma y nunca vamos a tener un vínculo sólido. Obviamente con mi abuela sí, porque es mi abuela y nos comunicamos de otra manera, pero con primos y así, es imposible. Además, es un idioma que no se enseña en ningún lado. No están en las escuelas de idiomas. No está en ningún sitio. La única manera es hacer una inmersión familiar. Y, sí, eso es triste. 

Creo que la etiqueta de la reivindicación está en el ojo del que lee, no del que escribe. Obviamente, cada uno se puede llevar ciertos aprendizajes, pero mi intención no es trasladar un discurso, simplemente, es contar algo entretenido y exponer unas realidades distintas a las que estamos acostumbrados

Aunque sea una novela, por lo que cuenta, ¿cree que libro que puede ser considerado reivindicativo, al presentar una narrativa que, por sí misma, puede contrarrestar el discurso del odio?

Yo no diría que es reivindicativa, no diría que es una etiqueta de la novela. Yo creo que es entretenida. Creo que la etiqueta de la reivindicación está en el ojo del que lee, no del que escribe. Obviamente, cada uno se puede llevar ciertos aprendizajes, pero mi intención no es trasladar un discurso, simplemente, es contar algo entretenido y exponer unas realidades distintas a las que estamos acostumbrados.  

[Vídeo: Alex Corral]

Entre sus páginas hay frases muy potentes que algunos podrían leer como una crítica al racismo estructural. En un momento de la novela, el padre del protagonista está hablando con un policía con el que se lleva bien. Y el agente habla de un chaval argelino menor que, según dice, merodea. El padre le contesta: “Los españoles pasean, los extranjeros merodean”.  

Es una frase que en el libro se dice de una manera divertida. Me daría mucho apuro extrapolarla y ponerle un tono duro o potente. Es una frase divertida y ya está.

Dice que depende de quién lo lea y, en mi caso, sí lo recibí como una broma con un mensaje político que puede reflejar la discriminación que sufren algunas personas en España. Me acuerdo, por ejemplo, de un comunicado del Ayuntamiento de Pozuelo en contra de la acogida de migrantes de origen africano en el centro que hasta ese momento alojaba a ucranianos. La nota decía que los vecinos habían visto a personas subsaharianas “deambular”, cuando solo paseaban por la calle como cualquiera. O cuando la Policía detuvo al político Serigne Mbaye y le hicieron un control porque habían visto a dos personas negras 'merodear'.

Por eso, para mí en el libro la reivindicación está en el ojo del que lee. Y para mí es una reacción supervaliosa también, pero habrá gente que lo lea como si fuera un chiste, otra gente que lo lea como si fuera un comentario ligero. Y yo valoro mucho que se pueda leer de mil maneras diferentes.

Decía que, sobre todas los asuntos, el libro va sobre los vínculos familiares. En relación con ello, la novela también reflexiona sobre el desarraigo desde muchos puntos de vista. El que puede vivir cualquier persona cuando se va de la casa familiar a otra ciudad a estudiar; como el que sufre quizá con más fuerza quien tiene que emigrar y deja su familia atrás, en este caso, los padres del niño. ¿Qué papel tiene para usted el desarraigo en la novela?

Tiene un papel secundario, pero existe. No recuerdo en ningún momento, mientras escribía, tener la intención de plasmar la idea del desarraigo, pero surgió. Hasta ahora no lo había hablado con nadie, pero está ahí en el fondo. Al final es una experiencia humana, natural, que siente cualquiera que se va a otra ciudad, o a otro pueblo, o a otro país, o a otra empresa, o a otro núcleo familiar. Es algo con lo que cualquiera puede conectar. 

Abde sufre algunas situaciones complicadas, como los habituales cortes de luz. A veces, tiene que hacer los deberes con la luz de las velas, pero lo narra con ese punto cómico constante, o con la inocencia de un niño, sin drama.

Para mí es un libro superligero y, aunque haya temas que en la vida real pueden ser duros, en la novela está expuesto de manera superaséptica. En el libro no hay nadie sufriendo trágicamente porque le cortan la luz. Es algo que ocurre y la vida sigue. No es un drama, no pasa nada. Para mí, lo interesante es descubrir qué ocurre cuando esto pasa y ya está. 

 A veces hago chistes con intención de trasladar unas opiniones políticas fuertes, pero sirven para que la gente se ría. Y, al fin y al cabo, la gente se ríe y va a otro vídeo. Ese chiste no va a hacer que la gente se salga a manifestar. No va a hacer que un pensamiento político se disuelva. Es una herramienta que no es tan poderosa

Como humorista, hijo de inmigrantes, que se ríe del racismo en un programa en prime time, que a veces hace chistes de sus propias anécdotas familiares, ¿le afecta el odio en redes sociales? ¿Cómo lleva esa exposición?

El odio va a venir de cualquier lado. Para mí tiene cero importancia la persona que me escribe un comentario racista. Antes ha escrito diez más y, después, va a escribir diez más sobre otros temas. En mi vida no tiene un peso real porque es que no lo tiene. ¿Esos mensajes están ahí? Sí, pero casi nunca los leo y, cuando los leo, ni los comentarios negativos me duelen, ni los positivos me ponen feliz. Porque no es ni una opinión, es un pensamiento. La gente no te lo dice por la calle o en un ascensor; la gente escribe algo que va de la cabeza al móvil. Nunca se verbaliza. Es un pensamiento y pensamientos a veces hay 60.000 cada hora. No tiene ningún peso para mí.

¿Cree que, por otro lado, puede ser un referente para algunas personas hijos de migrantes en España? ¿Le genera presión?

Mi trabajo no es ser un referente, es ser cómico. A partir de ahí, si a alguien le sirve de motivación, es superpositivo.

Aunque no sea la finalidad de sus monólogos, ¿cree que el humor puede ser una herramienta en contra del racismo o la extrema derecha?

Para mí la comedia es para entretener y, a partir de ahí, hay unas reacciones colaterales positivas, como puede ser la reflexión o llegar a leer una segunda capa donde aparentemente hay solo una. Luego, combatir la ultraderecha es una tarea política. Porque la ultraderecha también tiene sus memes, sus chistes y sus risas. Al final el humor es una herramienta libre que usa todo el mundo. No sé si tiene mucho sentido usarla como herramienta contra la ultraderecha, porque la ultraderecha tiene su humor también. 

El humor es tan variado… A veces hago chistes con intención de trasladar unas opiniones políticas fuertes, pero sirven para que la gente se ría. Y, al fin y al cabo, la gente se ríe y va a otro vídeo. Ese chiste no va a hacer que la gente se salga a manifestar. No va a hacer que un pensamiento político se disuelva. Es una herramienta que no es tan poderosa. A lo mejor Ignatius diría lo contrario, porque es un genio de la comedia. Es un genio del humor y puede hacer unos malabares con comedia política que hacen reflexionar. Él está muy arriba, muy lejos de todos los demás, y de él sí que me creería ese discurso. Yo me veo más lejos, creo que me queda mucho camino. 

Quizá no llega a generar movilizaciones ni cambiar algo de una forma tangible, pero en un momento como este, en el que el discurso del odio ha cogido fuerza y la extrema derecha tiene la inmigración como uno de sus focos, el hecho de que usted, hijo de una familia de migrantes amazigh, haga chistes sobre racismo o extrema derecha, en un programa como La Revuelta, de máxima audiencia, lanza un mensaje.

Sí, pero pienso que yo no hago nada para que eso ocurra. Simplemente, al estar ahí y hacer comedia de cualquier cosa ya tendría que ser suficiente. O sea, al ver a una persona distinta, contarte cosas de risa ya tendría que ser suficiente. Obviamente, el otro día hice la sección que hago todos los años de los momentos racistas más divertidos para mí y eso conecta mucho con la gente, pero si no hiciera risa yo no lo contaría. Si yo tengo un drama racista horroroso aquí en la calle, voy a la policía y denuncio; o voy a mi psicóloga y se lo cuento. Pero, luego, en la tele mi objetivo es hacer reír y ya está. ¿Que mi presencia allí es positiva? Pues bienvenido sea. A tope con eso. 

Soy consciente del efecto, porque estoy hablando muchas veces de un gran tema de la sociedad. Si hablara de los oculistas no pasaría y no tendría esa repercusión, pero no contaría algo si no es divertido. Hay momentos en el espectáculo más críticos o más reivindicativos, pero es un efecto positivo colateral. Lo que yo quiero es entretener y que la gente se ría. Si algo no es divertido, no lo cuento. Me da igual lo combativo que sea, no es mi objetivo. 

Como cómico, ¿cuál crees que es su punto fuerte? ¿En qué se fija más a la hora de tratar de hacer comedia?

Creo que mi punto fuerte es que trabajo. La mayoría de cómicos no trabajan, son unos vagos que no trabajan y no cambian el repertorio. Hay muchos que sí, pero hay otros que llevan diez años contando lo mismo. Mi punto fuerte es que trabajo y ya está. Me siento y escribo chistes. Voy al teatro y los cuento.

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