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Pujol nos roba

Nacho Martín

Santa Cruz de Tenerife —

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La patria es cuestión de uno mismo. Habita dentro y poco más. De hecho, me atrevería a decir que la patria no es nada. O casi nada. Poca cosa más allá de un conjunto de sentimientos entrelazados a colores, símbolos y leyendas. Historias que son mejores que las del vecino. Argumentos salidos de tiempos inmemoriales, que nunca fueron lo que creemos. Pero que cobran relevancia cuando habitan dentro de uno mismo. Y poco más.

Las patrias me dan miedo. Quizá porque lo subjetivo, lo que antepone lo irracional, es algo incontrolable, que no sabes cómo puede acabar, pero que casi nunca lo hace bien. Esos colores, símbolos y leyendas, ese conjunto de sentimientos, han servido para vestir guerras, barbaries, dictaduras, terrorismo... Y hay quien cree que un sufrimiento en nombre de la patria, de esas historias antiguas, se justifica de alguna manera.

Durante años, Jordi Pujol y su familia encarnaron Cataluña, como patria sometida, como una nación a la que robaron los Gobiernos españoles, las autonomías pobres. Un pueblo con un destino en el mundo, con un ombligo mejor que el del vecino, mejor que el mío, que es pequeño y es canario. Pujol era Cataluña y cualquier ataque al “honorable”, por mínimo que fuera, un atentado contra todo un conjunto de símbolos, sentimientos y leyendas.

Quizá muchos catalanes, partidarios de ese nacionalismo, entraron en trance. No quisieron ver más allá y creyeron la historia que les contaba Pujol, sin caer en la cuenta de que su ombligo es igual que el mío, pequeño y canario, y que entre sus políticos los había igual que en Valencia, Andalucía, Madrid o Galicia. Que no es una cuestión de patrias, sino de la naturaleza humana.

Hace apenas unos días nos contaron que el expresidente y su familia habían tenido un problema de herencias, una cuestión “personal” que no va más allá de tres décadas de fraude sistemático al conjunto de los españoles, al conjunto de los catalanes.

Por supuesto que no. Ni es una cuestión personal ni creo que fuera solo un problema de herencias. Más allá de lo que pueda haber detrás de ese dinero, lo cierto es que quien sale malherido es ese nacionalismo mítico, ese patrioterismo que inmola al individuo en aras de la nación. Lo que queda dañado es el propio proyecto soberanista. Y pueden pasar dos cosas: que los catalanes caigan en la cuenta de que su ombligo fue durante esos treinta años igual que el de los demás. O que se echen en brazos del más radical de los nacionalismos, encarnado por ERC. Y ese habrá sido el auténtico daño que habrá hecho el clan de los Pujol.

La patria es cuestión de uno mismo. Habita dentro y poco más. De hecho, me atrevería a decir que la patria no es nada. O casi nada. Poca cosa más allá de un conjunto de sentimientos entrelazados a colores, símbolos y leyendas. Historias que son mejores que las del vecino. Argumentos salidos de tiempos inmemoriales, que nunca fueron lo que creemos. Pero que cobran relevancia cuando habitan dentro de uno mismo. Y poco más.

Las patrias me dan miedo. Quizá porque lo subjetivo, lo que antepone lo irracional, es algo incontrolable, que no sabes cómo puede acabar, pero que casi nunca lo hace bien. Esos colores, símbolos y leyendas, ese conjunto de sentimientos, han servido para vestir guerras, barbaries, dictaduras, terrorismo... Y hay quien cree que un sufrimiento en nombre de la patria, de esas historias antiguas, se justifica de alguna manera.