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Nacho Martín

Periodista con más de quince años en la profesión y con una larga trayectoria como experto analítico en temas políticos ocupando cargos de responsabilidad en medios de comunicación. Asesor en comunicación social y en comunicación 2.0. Formación en IE Business, Universidad de Navarra y IEBS School.

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Eso que llaman casta

Cuando alguien asegura que Podemos supone viento fresco para la política de este país me quedo sorprendido. Quizá es por la escasa memoria histórica que tenemos. Quizá lo han hecho muy bien desde el punto de vista de la comunicación política. Probablemente es una mezcla de ambas cosas. Podemos es un repaso a técnicas que han funcionado en los últimos treinta y seis años de democracia constitucional en España. Y algo más: un escenario abonado, propicio para el mensaje.

La indefinición ideológica de este movimiento es altamente eficaz. ¿No hizo lo mismo José María Aznar cuando ganó en 1996 basándose en los casos de corrupción del Gobierno de Felipe González? ¿Y Mariano Rajoy? La famosa pantalla de plasma no es sino eso: colocar el foco en la crisis y en la recuperación económica, sin responder a nada más. La misma manera que tiene Pablo Iglesias de actuar: ¿aborto? ¿izquierdas y derechas? ¿Iglesia-Estado? No. Es la casta, la corrupción, el hambre y la precariedad. El cabreo generalizado. Si tienes un mensaje y el escenario adecuado, ¿para qué vas a hablar de cosas? Los votos se cuentan de uno en uno.

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Ana Mato y los años marianos

En política es importante la forma. Y no solo el fondo. El escenario cuenta porque es donde se juega el partido. O se desarrolla la obra, según se mire. Es el escenario, Mariano, de acuerdo. Pero si pierdes el fondo, ¿de qué te sirven las formas, el escenario y el plasma, que vienen siendo lo mismo? ¿Qué credibilidad te queda? Una democracia se desangra cuando fallan las instituciones, cuando el debate político se traslada al submundo de la farándula.

Cuando la respetabilidad se pierde, la democracia sale por la ventana. Y, no sé por qué, no lo quieres ver.

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La elección directa de los alcaldes

Cambiar las reglas del juego en tiempo de descuento no parece una estrategia muy justa. Las normas se ponen antes de empezar el partido y nunca al final. Quedan pocos meses para la celebración de las elecciones locales y autonómicas y el sistema de elección semidirecta de alcaldes que propone el PP no me convence. Y menos ahora.

Pero no solo no me gusta por los tiempos, tan importantes. Ni siquiera por la falta de consenso, tan esencial en una democracia en asuntos trascendentales. No, no es solo eso. Se trata de la incoherencia del asunto. Su falta de encaje con el resto del sistema. Aunque no conocemos la propuesta en todos sus detalles, lo cierto es que parece similar a lo que ocurre con cabildos insulares, en los que la presidencia corresponde al candidato de la lista más votada.

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¿Despedir a un profesor gay?

Uno de los pecados originales de nuestra actual democracia, la que se inauguró constitucionalmente en 1978, fue la firma de los acuerdos Iglesia-Estado, el tan traído y llevado Concordato. Con un fuerte ruido de sables de fondo, Suárez no quiso tener un frente abierto con el Vaticano, cuyos púlpitos se extendían por los lugares más recónditos de nuestro país. Ese tratado, por otra parte, no era algo escandaloso para la España de la época, recién salida del palio bajo el que Franco entraba en las iglesias.

Fueron pasando los años y fuimos cambiando. Cambió el Ejército y cambió la Iglesia. Unos pendularon hacia el centro y otros hacia la derecha. Pero, sobre todo, cambió una sociedad que, casi cuarenta años después, está lejos de vivir de acuerdo a los valores morales que exige el catolicismo. Un país que no va a misa, pero que sigue llevando a sus hijos a clases de Religión. Eso sí.

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Zerolo: un enorme elefante incómodo

En ese pequeño salón que es la sociedad tinerfeña Miguel Zerolo y su gestión se sientan en el centro de la estancia, dejando un espacio escaso, mientras todos los demás se esfuerzan por mirar hacia otro lado, como si no existiese. Zerolo parece ser un enorme elefante incómodo al que no se mira, del que no se habla. ¿Quién no ha tenido que ver con él en los últimos años?

Hubo un tiempo en el que el exalcalde llenaba páginas y minutos de radio y televisión con proyectos increíbles: pistas de hielo, parques marítimos, una inmensa playa cuyos terrenos era necesario comprar por el bien de la ciudad. Arquitectos de fama internacional, planes vecinales, gloriosos carnavales… A cada dificultad, aquel prestidigitador de la política se sacaba de la chistera un conejo con el que huir hacia adelante. Y siempre salía airoso. Había nacido con estrella.

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Pujol nos roba

La patria es cuestión de uno mismo. Habita dentro y poco más. De hecho, me atrevería a decir que la patria no es nada. O casi nada. Poca cosa más allá de un conjunto de sentimientos entrelazados a colores, símbolos y  leyendas. Historias que son mejores que las del vecino. Argumentos salidos de tiempos inmemoriales, que nunca fueron lo que creemos. Pero que cobran relevancia cuando habitan dentro de uno mismo. Y poco más.

Las patrias me dan miedo. Quizá porque lo subjetivo, lo que antepone lo irracional, es algo incontrolable, que no sabes cómo puede acabar, pero que casi nunca lo hace bien. Esos colores, símbolos y leyendas, ese conjunto de sentimientos, han servido para vestir guerras, barbaries, dictaduras, terrorismo... Y hay quien cree que un sufrimiento en nombre de la patria, de esas historias antiguas, se justifica de alguna manera.

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Dejen de bombardear.

Los bombardeos sistemáticos y periódicos de Israel sobre los territorios palestinos son una realidad que nos deja en muy mal lugar como especie. Civiles, niños, mujeres… Todos caen bajo las bombas de un Estado sionista que ocupa y controla Gaza y Cisjordania, reducidas a la nada, en una especie de apartheid intolerable. Una tragedia a la que solo dan tregua los escasos y limitados corredores humanitarios acordados entre las partes.

Tratando de alejarme del maniqueísmo, es cierto que Hamás ha ido ganando fuerza, sofisticando su armamento, logrando un alcance potencial más amplio sobre el territorio de Israel, una potencia militar sin paliativos, para la cual esos bombardeos son juego de niños.

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Primarias

Que 128.000 personas se movilicen un domingo cualquiera en toda España para elegir al secretario general de su partido político es siempre una buena noticia, se mire por donde se mire. Indica que la gente quiere escoger, ser parte de algo, que cree en la política, a pesar de todo. Que no está dispuesta a que sean otros los que decidan por ella. La participación ha sido la clave del éxito de otras formaciones, como Podemos, y lo es de cualquier intento de regeneración que se quiera llevar a cabo de ahora en adelante.

El liderazgo de Pedro Sánchez nace fuerte. Se ha impuesto a Eduardo Madina con casi el 50 por ciento de los votos, 16.038, según el escrutinio al 92 por ciento, con un fuerte apoyo en Andalucía, la más importante de las federaciones del PSOE, donde el nuevo secretario general ha superado el 61 por ciento de los sufragios. Y a nadie se le escapa la fuerza de esa comunidad autónoma en el nuevo proyecto de los socialistas españoles.

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El corrupto

Es fascinante la transmutación que se produce en el corrupto, que acaba por no saber que lo es. Que acaba como agazapado detrás de un par de frases tipo, de esas en las que no tienes sino que poner el nombre y el DNI oportuno según la ocasión. Ese mecanismo de autodefensa que genera la corrupción, que va desde la negación absoluta, al “yo no sabía”, pasando por aquello de “yo no me enteraba de lo que hacía mi mujer o mi marido o mi hermana”, que viene siendo lo mismo.

Personas que nunca vieron que en su garaje aparecía un Jaguar como por arte de magia. A las que nunca llamó la atención no saber quién pagaba sus vacaciones en EuroDisney, que no se percataron de que comprar determinados terrenos con dinero público a un precio cualquiera iba en contra de la lógica de las cosas. Gente que no cayó en la cuenta de que trabajaba en el mismo lugar que su hermano, su hermana, su cuñado, su hija y su sobrina, a los que había colocado. A la que nunca extrañó que los fondos destinados para cursos de formación fueran a parar a cenas y viajes. Que no consideró extraña la desaparición de millones de euros destinados a facilitar los ERE de empresas en dificultades. Esa gente.

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Héroes y villanos de la política

La mayoría de quienes siguen determinados medios de comunicación no lo hace para informarse. Ya sé que sonará chocante, pero es así. Salvo que nos dediquemos a la información política, a los asuntos públicos o por obligación profesional, tendemos a percibir todo eso como una narración, como un drama: con sus héroes y villanos, sus hitos, sus momentos de alegría, sorpresa y decepción. Con emociones y desenlace. Nos cae mal o bien gente a la que ni siquiera conocemos. Porque tendemos a simplificar la realidad para entenderla. La política es, al menos para la mayoría, una historia. Y cuando participamos en una historia, cuando tenemos héroes y villanos, no buscamos información, sino argumentos. De lo contrario, sería habitual que un ciudadano de tendencias progresistas paseara ufano con el ABC bajo el brazo. Y no es así.

La historia debe ser coherente y atractiva. Coherente con el personaje y con la identidad de una formación política. Si no es coherente, no es creíble. Por eso son más habituales las críticas a un político de izquierdas que se sienta en un consejo de administración que a otro de derechas. Porque, aunque sea lo mismo, en esa historia que es la política la narración resulta chocante.

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