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Con Casimiro llegó el escándalo

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Al igual que en las empresas los beneficios es lo importante, aunque muchas veces sea a costa de saltarse las leyes, en el partido socialista los resultados electorales es lo que cuenta, no importa los medios ni se valora la honestidad y ni la congruencia con una ideología. Para este tipo de empresas-partidos, personajes como Casimiro son los profesionales perfectos y por eso lo premian permitiéndo que acaparare todo el poder en su feudo electoral. En La Gomera Casimiro no hubiese tenido necesidad de preguntar al agente de la autoridad si no sabía con quién estaba hablando: en su tierra la autoridad es él.

Casimiro nunca ha trabajado, siempre ha vivido de la política. Es de suponer que sus múltiples cargos en escenarios tan alejados entre si como San Sebastián de La Gomera, Santa Cruz de Tenerife y Madrid, lo tenga ocupado en viajes, reuniones, mariscadas, salones de relax, y le deje muy poco tiempo para gobernar en la institución en la que es responsable. Esta situación, políticamente impresentable, está amparada por el partido socialista canario al igual que sus comportamientos antidemocráticos, el despilfarro del dinero público en obras ilegales o sus imputaciones por corrupción. Por eso los dirigentes socialistas canarios guardan silencio, esta vez les resulta imposible hacer compatible el discurso ideológico con los hechos, sus soflamas defendiendo los valores progresistas, con con sus comportamientos caciquiles.

No es casualidad que Casimiro coincidiera con Jerónimo Saavedra en la batalla para eliminar del partido socialista el sector regeneracionista, el que era consciente de la necesidad de recuperar la ideología y los valores socialistas. Es la alianza entre el elitismo cultural burgués y el populismo de las verbenas y romerías para mantenerse en el poder y disfrutar de las prebendas inherentes a los cargos. Tampoco es casualidad que el señor Saavedra haya sido el único que ha salido en su defensa. Les une su afán de perpetuarse sentados en las poltronas, para ellos no existe la jubilación, se creen imprescindibles.

Casimiro es un político con mucho poder, basta leer y oír como muchos periodistas y comentaristas reducen el hecho a a la vida privada del personaje. Lo dejan en a una anécdota de su vida privada y no caen en la cuenta que es una clara expresión del tipo de personajes que se han hecho con la marca electoral del PSOE. Un control que le ha permitido convertirse en una nueva versión del cacique tradicional, en el nuevo señor de la Isla. No es un caso único entre los socialistas, por el contrario abundan los alcaldes socialistas que se comportan (y duran) como Casimiro, utilizan los mismos métodos y, por supuesto,con idénticos resultados. Algunos tan llamativos como los obtenidos por los socialistas con la urbanización Radazul en el municipio de el Rosario donde gobierna el eterno e imputado alcalde Macario Benítez.

El problema no es la trifulca de borrachos nuevos ricos que protagonizaron en Madrid Casimiro y su hijo, es el hecho absurdo que personas de esta catadura moral y política sean quienes dominen un partido que se define de izquierda, democrático y con 100 años de honradez proclamada. Lo esperpéntico de la situación lo ha puesto Casimiro en Madrid. No ha hablado nunca (solo para jurar el cargo) en el Senado, para él solo ha sido lugar idóneo para el tráfico de influencias, aunque emplee el eufemismo muy propio de caciques de conseguidor de fondos para La Gomera. Y, por supuesto, él mismo se encarga de repartir para afianzar su red clientelar.

Resulta llamativo algunos tratan de justificar a Casimiro por sus éxitos electorales con argumentos referidos a la proverbial inteligencia de los gomeros (Hasta el más tonto arregla un reloj) y saben a quién votan, y al mismo tiempo se asombran que se reelijan con mayorías absolutas a políticos implicados en casos de corrupción. Olvidan un pequeño detalle, los ciudadanos no elegimos a los políticos, votamos por las listas que proponen los partidos, tenemos que elegir a quienes ellos quieren, ese es su gran poder. Un pequeño grupo, los que controlan los partidos, son los que deciden quienes salen en las fotos, quienes ocuparán los cargos de senador o diputado y, a través ellos controlan los otros poderes del estado. Por eso, cuando no se ponen de acuerdo, estas instituciones ni tan siquiera se pueden renovar como ocurre con el Tribunal Supremo o con el Diputado del Común en Canarias. Este nudo gordiano no se puede deshacer hasta que la sociedad no obligue a cambiar el modelo en el que los ciudadanos estamos condenados a optar entre opciones arropadas bajo las marcas de los distintos partidos pero no podemos votar a los que queremos ni castigar a los que no cumplen los que prometen, a los que ponen sus intereses personales por encima de los públicos y utilizan los cargos para enriquecerse Los mismos que defienden y practican los recortes salariales a sus funcionarios y predican moderación en los gastos, les sobra el dinero para gastarlo en mariscadas y salones de sauna. Es lo que hay.

Eustaquio Villalba Moreno

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