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¡Danzad, malditos! por Luis E. Socorro

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¿Pero para ello era necesario cargarse al GCB? Por si misma, la existencia del GCB no tiene ninguna connotación negativa. ¿Hay alguien con sentido común que se oponga a la creación de una propuesta cultural? Se argumenta que el GCB nació por interés electoral. Con todo respeto, me resulta ridícula esa tesis: ¿desde cuando la danza da votos? Y si no, que se lo pregunten a Soria que sigue en coche oficial gracias a ATI. El dinero es otro argumento esgrimido. Hay que hilar fino porque los fondos públicos son sagrados, aunque para algunos políticos lo único sagrado es el botín. 1,2 millones de euros es el presupuesto anual del GCB, y el Cabildo sólo se había comprometido un año con los bailarines. A diferencia del ayuntamiento, con telas de araña en sus cuentas, el equipo de Pérez ha heredado liquidez. Por lo tanto, 200 kilitos de las antiguas pesetas no hubiesen supuesto quebranto para las finanzas insulares. Es más, esa cantidad sólo supone el 0,2% del presupuesto del Cabildo para 2007. El criterio económico tampoco convence. El modelo. Éste es el principal argumento defendido por la consejera insular de Cultura para justificar la polémica decisión de suprimir una iniciativa cultural y artística. Y llegados a este punto, cada gestor público tiene la legitimidad que dan las urnas para desarrollar su modelo. De hecho, si un servidor hubiese tenido la oportunidad de invertir los dichosos 200 kilos en danza, no hubiese creado el GCB; hubiese diseñado una red de centros en las periferias de Las Palmas y Telde, con satélites en otros municipios de la ínsula. El modelo ya existe. Nació hace 32 años en los barrios más pobres de Venezuela: el Sistema Nacional de Orquestas (SNO). Hoy, en las mejores sinfónicas del mundo, entre las que se encuentra la titular del SNO, hay músicos venezolanos y en la de Los Ángeles, la batuta la lleva el maestro Gustavo Dudamel, hijo de los arrabales caraqueños. El Gran Canaria Ballet sería resultado de ese modelo, nutrido principalmente con jóvenes de la tierra. Los más talentosos encontrarían cobijo en formaciones extranjeras de mayor nivel, surgirían coreógrafos y los más limitados al menos tendrían la oportunidad de subir las prestaciones de las mediocres comparsas que se desparraman en carnaval. Dicho esto, me pronunció sin ambigüedad: "guillotinar el GCB es propio de bárbaros". Es como quemar un libro. Sólo en los regímenes totalitarios se aniquilan manifestaciones culturales. Pero además, está el factor humano. El Cabildo ha actuado como las multinacionales: los trabajadores son unidades de coste. No importan las circunstancias personales, los trabajos abandonados, las ilusiones de un puñado de jóvenes europeo. Da la impresión de que el fin justifica los medios. Lamentable. Con lo fácil que hubiese sido esperar un año, dar pasaporte a los bailarines sin escandalera y, simultáneamente, montar lo que se quiera montar en política de danza. Ahora, danzad, malditos. Dentro de cuatro años, antes de votar, rendiremos cuentas en el salón de baile. Esperemos que en 2011 la danza en Gran Canaria esté mejor que hoy.

Luis E. Socorro

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