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LA MUECA COMO SEÑA DE IDENTIDAD

Una vez que supe de la noticia del fallecimiento del actor y cómico Jerry Lewis (Jerome Levitch o Joseph Levitch, según sea la fuente de documentación consultada) y terminé de leer los artículos publicados en los medios de comunicación españoles sobre su carrera, reparé en un detalle que, admito sin ningún pudor, nunca se me había pasado por la cabeza.  Dicha epifanía no tenía nada que ver con la carrera del fallecido actor, sino con mi formación en cuanto a dedicarme a escribir sobre películas y quienes participan en ellas. En realidad, si mi carrera como escritor de reseñas cinematográficas estuviera relacionada con la revista Cahiers du Cinéma, dudo mucho que estuviera escribiendo estas líneas.

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Y lo curioso del caso es que la sacrosanta revista francesa terminó por asumir la genialidad del cómico estadounidense. Es más, su trabajo propició que las dos cabeceras de la crítica especializada francesa por excelencia, Positif y la ya mencionada Cahiers du Cinéma -siempre enemistadas de manera intestina por defender postulados bien distintos en cuanto al séptimo arte se refiere- se pusieran de acuerdo y alabaran el trabajo del actor estadounidense. Solamente por esto, Jerry Lewis se merecería figurar en el panteón de los dioses del Olimpo, al lograr una gesta igualable a los trabajos del poderoso Heracles, más si se tiene en cuenta los ya mencionados postulados que defendían quienes trabajan en ambas publicaciones. 

Jerry LEWIs

Jerry Lewis, cámara en mano. 

Sin embargo, tampoco coincido con las razones por las que, dichas cabeceras terminaron por considerar al siempre excesivo creador como uno de los más grandes cómicos y situarlo a la altura del gran Joseph Frank "Buster" Keaton, aunque, este último fuera la antítesis de Jerry Lewis, por lo menos en lo que en la gestualidad se refiere. Si el protagonista de The General (1926) era el hombre inexpresivo por antonomasia, sucediera lo que sucediera a su alrededor, Jerry Lewis era y será siempre el maestro del exceso, la mueca y la gestualidad corporal. Su capacidad para traspasar el espacio que separa a dos personas mientras éstas se relacionan e invadirlo cual horda desenfrenada de bárbaros era directamente proporcional a su gusto por la acidez verbal, el despropósito más absoluto y la charada políticamente incorrecta, la cual le supuso un severo tirón de orejas en más de una ocasión. 

Para los sesudos críticos franceses, el actor nunca terminó de ocupar un lugar de honor en el imaginario de su país, porque sus películas -sobre todo aquellas escritas y dirigidas por él mismo- sacaban a la luz las miserias de una sociedad, la norteamericana, demasiado pagada de sí misma. En este particular debo coincidir, por una vez, con Cahiers du Cinéma, pero también creo que Jerry Lewis se estrelló con una sociedad realmente convulsa, aquélla que estuvo marcada por los excesos reaccionarios de una clase política anquilosada en el pasado y que propició una fractura en la sociedad norteamericana que duró hasta la década de los años ochenta del pasado siglo XX, aun cuando las secuelas de la guerra del Vietnam no se habían terminado de curar.

Por esa misma razón, las películas de Jerry Lewis tampoco gustaron a la crítica especializada de la España Nacional Católica, demasiado condicionada por la falta absoluta de sentido del humor de la que suelen hacer gala los dictadores, sean de la ideología que sean. Según los dictados de entonces, Jerry Lewis era demasiado excesivo, irresponsable, incorrecto y, encima, gesticulaba mucho y eso no podía ser bueno para una juventud, la española, que representaba el último bastión contra la degenerada sociedad exterior que amenazaba contra el sentir patriótico del régimen.

Cinderfella poster

Cartel cinematográfico de la película Cinderfella (1960) obra de Norman Rockwell.

Otra de las cosas con las que no coincido, por mucho que quien lo dijera fuera el entonces crítico y luego director de cine, Jean-Luc Godard, es en señalar que la mejor película del cómico fuera The Nutty Professor (1963) por muy genial que me pueda parecer la reinterpretación que Jerry Lewis hiciera sobre la novela Dr. Jekyll and Mr. Hyde, escrita por Robert Louis Stevenson. Dejando a un lado el excesivo remake perpetrado por Eddie Murphy en 1996, el cual no logra igualar la comicidad ni el acierto de la película escrita y dirigida por Jerry Lewis, mi película preferida del ya desaparecido actor y comediante es y siempre será Cinderfella (1960), magnífica vuelta de tuerca al clásico de Charles Perrault.

Cindefella -El Ceniciento, en nuestro país- nos cuenta la historia de Fella, un joven maltratado por los excesos y la codicia de su madrastra y sus dos hermanastros. El interés de estos últimos es adivinar dónde se esconde la fortuna del padre de Fella y, por eso, entre abuso y abuso tratan de adivinar el paradero del “tesoro”, una metáfora, nada disimulada de la competitiva sociedad norteamericana de la época, obsesionada con tener, poseer y consumir, cuanto más, mejor.

La vida del joven, tan desastroso como entrañable, dará un vuelco con la llegada de la princesa Charming, del gran ducado de Morovia (Anna Maria Alberghetti), aunque, sin la ayuda de su hado padrino, el mismo que ayudó a Cenicienta a casarse con el príncipe encantador -aunque otras fuentes digan lo contrario- poco hubiera podido hacer el joven ante la inquina y la mezquindad de su “familia”.

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Ed Wynn (Fairy Godmother); Anna Maria Alberghetti (Princess Charming) y Jerry Lewis (Fella).

Al final, y tras una noche en la que Fella se transformará, aunque solamente sea por unos minutos, en un encantador “príncipe” capaz de bajar las escaleras del lugar con una prestancia digna de un ser celestial, sus hermanastros y su madrastra tendrán el tesoro que tanto ambicionaban, y él, ya sin nada que hacer en aquel lugar, se hubiese marchado en su bicicleta -el presupuesto tampoco daba para más- de no ser por la aparición de una estudiante de universidad que se pagaba sus estudios vendiendo zapatos.

La secuencia final de Cindefella, sencilla, sin excesos, casi diríamos que atípica en la carrera del cómico se me antoja su mejor legado, frente a los que siguen reivindicando otras obras que, sin desmerecer su valía, no me merecen la misma atención.

Sé que en este particular podré estar equivocado, al igual que podré estarlo por haber confiado mi educación profesional a personas sensatas, cabales y nada amigas de los desatinos de los críticos al uso, en vez de reverenciar a cabeceras como Cahiers du Cinéma. No obstante, si lo hubiese hecho, ahora mismo no les estaría contando lo que les estoy contando y, mucho menos, hubiera pasado los últimos cuarenta minutos escribiendo sobre una película como Cindefella, la cual merece tanta consideración como el resto de películas protagonizadas por el genial Jerry Lewis.

Si en el año 2024 todavía continúo haciendo lo mismo, entonces les hablaré sobre The Day the Clown Cried (1972), la película “maldita” del cómico que, finalmente, se podrá ver en esas fechas. Dada mi inclinación, es muy probable que me guste, pero, hasta entonces, me quedo con Cindefella, por muy “sacrílego” que todo mi postulado anterior les pueda llegar a sonar.

Una última cosa, el poster original de la película Cinderfella fue pintado por el GRAN Norman Rockwell, uno de los mejores ilustradores del pasado siglo XX y, por ende, de toda la historia de la cultura contemporánea.

© Eduardo Serradilla Sanchis, 2017

Cinderfella © 2017 Jerry Lewis Productions

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