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El duelo Madrid-Barcelona

Rajoy en un encuentro electoral popular en Catalunya. (EFE).

Cuando Pedro Sánchez recuperó la secretaría del PSOE propuso una reforma constitucional que defina a España como Estado plurinacional. Poco después la explosión catalana puso todo patas arriba y Sánchez no ha vuelto a insistir; ni ha explicado qué cosa sea eso de la plurinacionalidad, como no lo han hecho tampoco quienes se llevaron las manos a la cabeza ante la ocurrencia. Ahora, tras la derrota del secesionismo catalán, los partidos autodefinidos “constitucionalistas” se proponen hacer no sé qué reforma sin contar para nada con los independentistas, lo que se comprendería mejor si no apestara al vengativo propósito de ahora se van a enterar de lo que vale un peine. No se trata, por supuesto, de compensarlos por su supuesta derrota sino de que los “constitucionalistas” hagan un cernido de sus actitudes y actuaciones y detecten sus errores, que en este tipo de conflictos los hay por las dos partes: si los cometidos por los catalanes se han reconocido no merece menos la fea trayectoria de Rajoy que más de una vez, como en ésta, ha alentado al viejo anticatalanismo de palabra y de obra dentro de las tradiciones de la más feroz derecha españolista. Un conspiranoico que se precie no puede olvidar algo así. Lo que no quita para que, llegados a este punto, lo importante sea mirar hacia delante y evitar la repetición de salpafueras como el que aún vivimos. Que se repetirá si es acertada la impresión de que todo quedará en un cerrarle la bolsa a los catalanes durante un tiempito: hasta que estén “preparados” para volver a la carga. Lo que no quiere decir que sea de recibo que los principales responsables catalanes sigan en política. Rajoy anda diciendo allí dondequiera que se siente que Puigdemont, Junqueras, etcétera, han engañado a los catalanes pero, qué quieren, me pregunto yo quien engañó a los engañadores, en el buen entendido de que en el mundo de la política se desprecia al engañador y se desconfía de la capacidad del engañado. Y esto al extremo de que existe ahora mismo la muy conspiranoica que el procés, la DUI, los encarcelamientos, la escapada de Puigdemont a Bruselas, sus denuncias políglotas del franquismo fueron golpes muy medidos al hígado del Gobierno con daño, no sé si colateral o finalista, para la Unión Europea (UE).

La UE, ya saben, nació para anular o contener los nacionalismos que tanto tuvieron que ver con las dos guerras mundiales libradas en los primeros cincuenta años del siglo XX. Los mismos nacionalismos, mutatis mutandis, que han comenzado a levantar cabeza en varios países de los que algunos no ocultaron sus simpatías por los catalanes. Es chocante que esos nacionalistas suelan definirse como antieuropeístas, suelan ser xenófobos e incluso fascistas a mucha honra; que no sería, creo, el caso de los catalanes aunque nunca se sabe y es verdad que el falso eslogan de que “España nos roba” se presta a interpretaciones poco favorecedoras.

Ahora Puigdemont, que parece sentirse derrotado, apunta a la existencia de otras posibilidades de entendimiento con el Gobierno español; Carme Forcadell, presidenta del Parlament, dice que la declaración de independencia fue simbólica; en lo que Joan Tardá y otros atribuyen el fracaso, como ya he indicado, a que “ no estábamos preparados”. Lo que traducido a romance indica que no analizaron la situación, despreciaron las vías que no fueran formarla y se lanzaron a la buena de Dios, sin el suficiente respaldo social que tratarán de conseguir para la próxima vez, según se desprende de las palabras del propio Tardá que me obligan a insistir, desde mi natural conspiranoico, en que no fueron ellos quienes fraguaron el plan sino que les vendieron la burra ya preñada. Creo que eso explicaría que hablen todos ellos como si fuera un juego, meros gajes del oficio, que cojan vuelo nada menos que 2.000 empresas de las que la mitad han decidido pagar en adelante sus impuestos en la comunidad a la que se llevaron su domicilio social. Además de obligarme con su irredentismo irreflexivo a comprar el cava navideño a escondidas; que no me ocurra como hace unos años en que una señora me lo afeó en la cola de la caja del súper y no encontré otra salida que confesarle que no soy muy de cava y sólo pretendía ayudar a los extremeños que suministran tapones de corcho a las bodegas catalanes. Quiero decir que han operado o hablan ahora como si sus acciones no afectaran al ciudadanaje raso y a Cataluña en general.

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El "relato" de Rajoy

Mariano Rajoy en una sesión de control en el Congreso de los Diputados

Tenía razón José Bono al quejarse el otro día, en el hotel Santa Catalina, de que se califique de “fachas” a quienes están por la unidad de España. Aunque es verdad que todos los fascistas van de unidad nacional (la que ellos consideran tal) no todos sus partidarios son fascistas. Le faltó al ex ministro explicar que ese ideal, aspiración o conveniencia de unidad, lo ha utilizado el fascismo como una suerte de   deus ex machina  para justificar sus acciones “patrióticas” que abarcan la violencia e incluso el asesinato. Pero esto no implica que querer la unidad nacional se corresponda necesariamente a semejante connotación ideológica. Esta confusión se debe a que el fascismo franquista impuso a sangre y fuego su concepción de la unidad proscribiendo todas las demás y apoderándose de sus símbolos. No es raro que gente de mi generación reconozca que no acaba de habituarse al espectáculo de jóvenes en los estadios envueltos en la bandera española o con la cara pintada de rojo y gualda para animar a la selección. Sin duda no estarán menos perplejos esos mismos jóvenes con la que lió el añorante del franquismo que vio el morado de la bandera de la II República camuflado en la nueva camiseta de la selección de fútbol. País.

Ya he dicho otras veces que de los cuatro problemas de España al iniciar el siglo XX, el único sin resolver todavía es el de la integración territorial; los otros tres, la Iglesia, el Ejército y la reforma agraria, quedaron atrás. No recuerdo dónde leí esa observación ni quien la hizo, pero la he usado alguna vez y con más razón ahora pues da idea de la gravedad y profundidad del conflicto catalán. No en vano se trata de una cuestión tan secular como la incapacidad del Gobierno para asumir la personalidad política de Cataluña a fin de integrarla en España. En lugar de procurar seducirla como se ha dicho estos días, volvió Rajoy a tirar del anticatalanismo fomentado durante siglos desde el centro sin lograr vencerla.

Sublevación catalana de 1640, también llamada Guerra de los Segadores. (Antoni Estruch)

Sublevación catalana de 1640, también llamada Guerra de los Segadores. (Antoni Estruch)

En realidad estamos ante una doble impotencia pues si España no tuvo la fuerza necesaria para integrar Cataluña, tampoco los catalanes la tuvieron para independizarse, como hicieron los portugueses. En el clima de mistificación de la historia que se aprecia en este asunto, debería España reconocer su fracaso unificador (ahí está, por ejemplo, el concierto vasco, el régimen navarro, no pocas excepciones en la misma Cataluña, etcétera) y los catalanes recordar que si no lograron la independencia en el levantamiento de 1640 no pueden actuar ahora como si aquella derrota no hubiera ocurrido. Quiero decir que la solución no es que España vuelva a recurrir al anticatalanismo para enterrar las aspiraciones de toda una comunidad de semejante peso en España; ni que los catalanes se apunten a brutos y difundan falsedades como la de que España les roba lindando ya con la xenofobia.

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Arde Catalunya

Concentración en Girona en contra de las detenciones de miembros del Govern

Notas de Urgencia

Durante las últimas semanas he estado sufriendo, diría que estoicamente, que los sucesos en Cataluña se produjeran justo después del día y la hora acordados para la entrega de esta colaboración: los jueves de tarde-noche. Una vez enviada la criatura, una semana tras otra, se formaban los líos que dejaban los textos mayormente desfasados respecto a la actualidad. Yo creo, la verdad, que lo hacen por molestar pero no puedo quejarme pues ya me advirtieron mis mayores que es lo que tiene este oficio.

Oriol Junqueras, a su llegada a la sede de la Audiencia Nacional. (EFE)

Creí que noviembre iba a ser distinto pues Puigdemont se mandó a mudar en tiempo y forma y di por descontado que podría escribir tranquilo y estaba disfrutando de un cierto sosiego ante el teclado, siempre temiendo una nueva pirueta del fugitivo, cuando héte aquí que se me cruza la juez Lamela y manda al trullo a los ocho miembros del cesado Govern que tenía a tiro, con Oriol Junqueras a la cabeza. Entre las razones de la juez, el riesgo de fuga pensando, sin duda, en que igual les da por imitar a Puigdemont (o Puigdemontre de hombre, oí llamarlo a una más que probable doméstica reunida en asamblea con otras junto al mostrador de la pescadería). Cosas de la democracia. Pero, a lo que iba: la juez me dejó sin ganas de dilucidar si la decisión de encarcelarlos ayudará o no a encontrar una vía de salida a la situación política catalana. Supongo, por supuesto, que la juez era, al redactar su fallo, consciente de esa digamos disfunción de lo legal y lo político. Sin descartar que respondiera a los deseos del Gobierno de administrar escarmientos. No le arriendo la ganancia a los abogados de los nuevos presos. De momento, como era de esperar, los españolistas, autoproclamados constitucionalistas de toda la vida, consideran ajustada a Derecho la decisión de la juez mientras los secesionistas aprovechan para insistir en sus denuncias de la represión que sufren y consideran el caso otra prueba de que la Justicia española está poco menos que a las órdenes del Gobierno. Por mi parte, no entiendo muy bien lo del riesgo de fuga alegado por la juez pues aseguran que tres de los ex consellers enviados a prisión estaban en Bélgica y regresaron a España expresamente para cumplir con la citación en la Audiencia Nacional.

Sólo me resta decir que como desde niño me enseñaron que no debemos tirar nada, aprovecho el texto que tenía casi terminado cuando supe que la causa catalana tiene ya nuevos presos.

Para no responsabilizar a ninguna persona humana diréles que pudo ser el Espíritu Santo, la tercera aunque no humana de la Santísima Trinidad, quien inspiró el concepto de “’conspiranoia’” a ciertos sectores del conservadurismo carpetovetónico. Para ellos, o sea, los dichos sectores, o sea, padecen ese mal quienes hacen análisis políticos, especialmente si señalan la existencia de relaciones sospechosas en las que se aprecian hilos conductores de determinadas decisiones con sus efectos correspondientes. Lo que llaman contubernio. Por poner un ejemplo doméstico, serían conspiranoicos quienes vieran en la ley del Suelo de Clavijo el deliberado intento de crear las condiciones para que los especuladores vuelvan a ponerse las botas y dar la sensación de resurgir económico. O sea, la política que tanto tienta a los políticos mediocres de pan para hoy si están en el machito y para mañana el hambre con que habrán de arrear quienes vengan detrás. Clavijo teoriza encima acerca de la necesidad de cambiar el “modelo productivo”, como si aquí nos chupáramos el dedo. Desde que Franco era cabo, dicho sea en sentido figurado para indicar la fecha que lleva esa carta, venimos oyendo esa cantinela de modo que resulta irritante que no cambien de disco. Y sigo con los conspiranoicos que son hoy los antiguos rojos emboscados que inquietaban a quienes querían llevarnos por rutas imperiales y banderas al viento caminando hacia Dios, dicho sea remedando el himno paramilitar del Frente de Juventudes. Se titulaba, diré para las nuevas generaciones, “Montañas nevadas”, lo que era muy apropiado para las marchas a pata batiente por los inviernos pirenaicos del valle de Arán; no en los calores del Sur grancanario y ni les cuento de los llanos aplastados por la demasía solar de la entonces provincia del Sahara, donde vinieron a conocer el hielo cuando estrenó nevera la residencia de oficiales.

De todos modos, puesto a reconocer algo, admito que logro importante de esta Constitución democrática, seguramente a regañadientes del PP que tanto empeño pone hoy en custodiarla, fue permitir que los rojos perseguidos por el franquismo accedieran a la más llevadera condición de “conspiranoicos”.

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Coherente Rajoy

Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados.

Santiago Carrillo fue de los personajes más odiados por la ultraderecha española que lo culpaba de lo que hizo y de lo que no. Que anduviera de acá para allá con aire de jubilado inofensivo ponía de los nervios a los fascistas y a la derechona afín que le dedicaban sus más furiosas pintadas en las paredes de Madrid. Una de ellas apareció cierta mañana en la estación de Atocha: “ Mataremos al cerdo de Carrillo ”, advertía y allí permaneció reinando hasta que alguien, añadió: “ ¡Cuidado Carrillo! ¡Te quieren matar el cerdo! ”.

El autor del aviso debió ser alguno de aquellos anarcos ocurrentes que tanto se divirtieron en la Transición. Muchos años después, en una de sus visitas a Las Palmas, invitado por la fundación Juan Negrín, el ya ex secretario del no menos ex PCE, me comentó socarronamente su agradecimiento a quienes le alertaron de que su animalito de compañía estaba en peligro.

En la misma clave de humor, negro en este caso, cuentan de la pintada aparecida estos días en Barcelona: “ A nosotros sólo nos pegan los mossos d’esquadra ”, proclama en clara reivindicación del derecho de los catalanes a que no les zurren sino los suyos. Caben, desde luego, otras lecturas pero hacerlas podría arrastrarme a espesuras conceptuales y a chocar con esos sentimientos nacional-patrióticos que andan sueltos. Los veo, a esos sentimientos, cargados de una subjetividad que no encaja en la racionalidad del constructo democrático, toma palabro; lo que ha impedido, en la actual edición del conflicto catalán, llegar a acuerdos que, en realidad, no quieren las partes que sólo buscan la derrota de la otra.+

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El artículo 155 ya está aquí

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España.

La incapacidad para entenderse de las partes en el conflicto catalán, las falacias del Gobierno acerca de una recuperación económica que no avalan los análisis de prospectiva y la impotencia frente a los terribles incendios del fin de semana pasado, entre otras realidades no menos observables, indican que este país no fulula. Un verbo, fulular, que oí por primera y última vez una tarde, a la salida del Estadio Insular hace ya unos cuantos años. El nefasto arbitraje de un tal Mazagatos sacó de sus casillas al respetable hasta el borde del amotinamiento; el que evitaron no las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, la entonces llamada gristapo sino las carcajadas, isleños que somos, ante la ocurrencia del aficionado que le echó al juez de la contienda el perro que lo persiguió por el césped: -¡Pero, hombre! ¿No ve que quiere jugar, el animalito? –le gritaron al cerrar la puerta del vestuario en que se refugió con la lengua fuera.

El incidente del perro calmó a buena parte de los indignados ya muertos de risa al salir del recinto sin que nadie preguntase qué hacía un perro entre el genterío humano en un campo de fútbol. Poco a poco los comentarios derivaron hacia los aspectos técnico-futboleros y fue entonces cuando alguien pronunció la sentencia definitiva:

-Lo que pasa es que el equipo no fulula.

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Esperando a Catalunya

La incertidumbre crece sobre el futuro de Catalunya y el resto de España.

Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, al decir del primero, se llevan ahora no a las mil maravillas sino lo siguiente. Lo digo porque el secretario socialista se presentó en la TV con la expresión contenida de quien ha de comunicar un hecho de especial trascendencia y quiere evitar que se le note el contento no vayan a decir que aletea de nuevo el bipartidismo. Dijo Sánchez que sus contactos con el presidente del Gobierno son frecuentes pero ocultó que prefiere no encelar a Rivera a quien comienzan a señalar como el chico de Aznar, quien todavía roe el cabo maldiciendo el momento en que se le ocurrió dedignar sucesor suyo a Rajoy; aunque hubiera sido peor inclinarse por Rodrigo Rato al que proclamaba como el mejor ministro de Hacienda de todos los tiempos pasados y por venir.

Parece evidente que Rajoy navega mejor de lo que se pensaba. Lo ha vuelto a demostrar con la que tiene montada en Catalunya. Todo el mundo sabe, aunque prefieran callárselo, de sus afanes por arañar votos reavivando las brasas del anticatalanismo español para compensar en otros lugares el escaso crédito electoral del PP en la Catalunya aquejada de alergia mesetaria. Su campaña al frente del PP contra el Estatut fue significativa y nos dejó imágenes suyas frente al Congreso de los Diputados entre las grandes cajas que contenía, según dijo porque nadie las contó, los cuatro millones de firmas contra el dicho Estatut recogidas por los peperos en el resto de las Españas. Tras la sesión de fotos, entregó las cajas de las que nunca más se supo. Hasta el día en que se acordó de ellas y las invocó durante el pleno del Congreso en que solicitó nada menos que un referéndum estatal contra el Estatut. Le estaba buscando las cosquillas a los catalanes a como diera lugar.

Aquella batalla culminó, para empatarla con la que tenemos ahora delante, con la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) de 2010 contra el texto del Estatut detestado. Había salido adelante, tras los correspondientes “afeitados” en el Parlamento catalán, en el Congreso y el Senado y el preceptivo referéndum catalán. Cumplió, pues, todos los requisitos legales pero que si quieres arroz, Catalina: el TC, con mayoría de jueces conservadores, falló a favor del recurso contra el Estatut interpuesto por el PP; en 2006, creo recordar.

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¿Patinó el rey en TV o son aprensiones?

Discurso del rey a la nación. (CA)

No creo que nadie esperara del rey otra cosa que su apelación a la legalidad democrática, el orden constitucional y todo eso. Bueno, eso y lo que no hizo: lamentar la manita de componte con que brearon las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, que no del ciudadanaje, a quienes votaron o trataron de hacerlo el 1-O. Con su intervención, no le hizo Felipe VI favor alguno a la Corona; no porque reprochara a Puigdemont y compañía su actitud sino por no desear al menos un pronto restablecimiento a los que sufrieron algún quebranto. Como me comentara un conocido, monárquico por más señas, la intervención del rey puede perjudicar su negocio familiar. No debería confiar tanto en el fin de la crisis que dice Rajoy.

Las reacciones ante el discurso han sido de lo más variadas y como he llegado al punto de saturación con las toneladas de opiniones que nos han echado arriba, me circunscribo a las emitidas en el ámbito canario aprovechando que la insurgencia aún no ha derogado la ley del mínimo esfuerzo. Tan mínimo es el esfuerzo que me basta y sobra con La Provincia del jueves último con opiniones de varios políticos/as de distintas edades, experiencias e ideologías. La más chocante, el cuasi oximoron de la “etérea rotundidad” a que se refirió Noemí Santana, secretaria general de Podemos. Para ella Felipe VI es “ una marioneta en manos del Gobierno”, afirmación que adornó con tópicos reveladores de que no ha asimilado del todo el papel del rey en este régimen constitucional y no el de Merimé.

Seguimiento del discurso del Rey en un bar de Cataluña. (EFE)

Seguimiento del discurso del Rey en un bar de Cataluña. (EFE)

Más afinado, por así decir, estuvo Román Rodríguez, presidente de Nueva Canarias, que se confesó no demasiado optimista respecto al futuro aunque le gustaría equivocarse. Cree que el monarca debió dejar algo en el tintero para más adelante, cuando lleguen momentos más críticos.

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Que tengamos la fiesta en paz

Ocaso en la ciudad de Barcelona. (DP)

Confiemos en que este domingo tengan los catalanes la fiesta en paz. Una paz relativa que no exceda los límites de lo ocurrido en los últimos días tanto del lado catalán, integrado por secesionistas y no secesionistas por más que los peperos metan a todos en el mismo saco, como de las fuerzas de seguridad enviadas por el Gobierno español. Éstas, a mi entender, han actuado hasta ahora con la cabeza fría; lo que resulta tranquilizador y ajustado al comportamiento habitual de los catalanes incluso cuando son multitud. Lo habitual, diría como apreciación personal, es que camines por la calle, pongamos un 10 de septiembre, entre gente que pasea por la Rambla, llena las terrazas y cafeterías, entran y salen de todos sitios sin que nada indique que al día siguiente miles de esas mismas personas se echarán a la calle para celebrar la Diada y recordar que allí están. Cosa de las que son conscientes las fuerzas de seguridad que, a mi entender, no se han extralimitado. Esperemos que todo siga así.

Las noticias de estos días, amplificadas por la mayoría de los periódicos españolistas, que no españoles, inducen a no viajar a Cataluña para no correr riesgos. Sin embargo, quienes no han podido evitar el viaje han expresado su sorpresa al observar eso, que a pesar de todo, poco se nota en la calle la tensión. Lo que saben bien quienes frecuentan aquellas tierras. Ni siquiera se advierte en los lugares de las acampadas urbanas en las que se observa más que nada un ambiente festivo entre debates, charlas, conciertos, etcétera. Es esa sensatez lo esencial del misterioso seny catalán que no es virtud que adorne a los intransigentes de la CUP y similares que se han pasado de la raya con la “heroica” destrucción de coches policiales.. El radicalismo de esta gente encuentra su equivalente españolista en las entusiastas despedidas en no pocas ciudades españolas a las unidades de la Guardia Cvil y la Policía Nacional al salir de sus acuartelamientos hacia Barcelona. El alarde de banderas españolas y los cantos de “¡A por ellos, oé, oé, oé!” daban la sensación de que iban al frente del Ebro. El que en todos esos sitios se conociera la hora de salida de las unidades llama la atención pues tengo entendido que son operaciones que se hacen con la mayor discreción. Salvo, claro, que se trate de apabullar al “enemigo” desde el minuto cero.

Multitud despidiendo a la Guardia Civil al grito de “A por ellos, oe, oe, oe”. (Twitter)

Multitud despidiendo a la Guardia Civil al grito de “A por ellos, oe, oe, oe”. (Twitter)

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Rajoy lo tiene crudo

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España. (CA).

Dice Rajoy que está dispuesto a dialogar, negociar y llegar a acuerdos para salir del embrollo catalán y se me ocurre que en este caso no es de aplicación el dicho de que más vale tarde que nunca. Porque si algo ha habido durante años es ausencia de voluntad del Gobierno y del PP para poner en piedras de ocho la reforma constitucional/autonómica que todo el mundo venía considerando necesaria desde al menos la primera década de este siglo, por no ir más atrás.

El problema que ahora tenemos tiene que ver con una concepción trasnochada del principio de autoridad, la de cuando Él habitaba entre nosotros; un exceso de juego táctico para ir desgastando al enemigo (los catalanes, o sea) y un mal cálculo al estampar las cartas en la mesa con el sonoro y jubiloso ¡arrastro! y quedar, en efecto para el arrastre. Y también cabe relacionarlo con el deseo de Rajoy de quedar en la historia como quien metió en cintura a los catalanes. Algo que, se está viendo, queda fuera del alcance de la derechona que no propone sino trata de imponerse, ya saben como es. Esto no quiere decir que no le echemos a los catalanes de comer aparte ya que lo procedente es distribuir las raciones.

Ya he recordado no una ni dos veces el origen de esta última entrega del conflicto en la sentencia de 2010 del Tribunal Constitucional (TC) contra el Estatuto catalán reformado, después de cumplimentar absolutamente todos los requisitos y trámites exigidos por la ley y sufrir los correspondientes “afeitados”. Una instancia, el TC, que no figura, si no estoy mal informado, a la organización regular de la Justicia, lo que refuerza su condición de instrumento del Gobierno al que recurrió éste para darle un buen capón a ver si se enteran de lo que vale un peine.

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Referéndum que algo queda

Debate en el Parlamento catalán sobre el futuro de Cataluña. (EFE).

Isaiah Berlin fue un historiador, filósofo y politólogo de origen letón, naturalizado británico. Nació en 1909, por lo que vivió de niño la revolución soviética y murió en 1997 por lo que también, ya anciano, la desaparición de la URSS. De por medio dos contiendas mundiales iniciadas en Europa y la guerra fría. Nada de particular tiene que criticara al determinismo que diera lugar a la tesis del materialismo histórico, que considera no sé si falsa de toda falsedad o, simplemente, equivocada. No es extraño que buena parte de su trabajo, además de bajar del burro a Rousseau y Saint-Simon, entre otros, la dedicara al nacionalismo que proporcionó a los alemanes los papeles principales en la peor historia europea. La que se ha ido superando, precisamente combatiendo a los nacionalismos, con la que hoy llamamos Unión Europea, de nuevo amenazados por los nacionalismos antieuropeístas de extrema derecha.

Vienen estas referencias a que Javier Cercas recurrió no hace mucho a las plástica caracterización que hiciera Berlin del nacionalismo. Lo consideraba resultado de una humillación y lo comparaba con una rama flexible que, doblada con violencia, cuando se suelta golpea con saña a lo que coja por delante. La cuestión, indica Cercas, es a quien golpeará la rama catalana y llega a la conclusión de que, a estas alturas, lo único que podemos esperar es encontrar la manera de minimizar los daños del desastre que se ve venir. Aunque da la sensación (y las encuestas) de que el grueso de la opinión pública española piensa que, al final, todo se arreglará. Unos porque consideran que aún le queda a los políticos un mínimo de sentido de la responsabilidad; otros, por su incapacidad para prescindir de tópicos y creen que con una buena inyección presupuestaria del Estado se arregla todo. La pela es la pela, ya saben.

Como bien sabemos, el franquismo, el nacional-sindicalismo o el nacionalismo españolista, que tanto monta, castigó a los catalanes sin que las heridas provocadas las aliviara el hecho de que catalanes al servicio del fascismo los hubo en cantidad. La cultura catalana, con el idioma por delante, fue machacada de mala manera. Y como de las malas mañas cuesta liberarse, todavía en la etapa democrática, con Mariano Rajoy de presidente, el ex ministro José Ignacio Wert llegó a reconocer en el Congreso de los Diputados respecto a su polémica ley de Educación que “nuestro interés es españolizar a los niños catalanes”. La suficiencia, rabiosa pero satisfecha, con que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, advierte/amenaza con grandes castigos a poco siga adelante el   procés  luce el mismo ADN anticatalanista que distingue al PP como guardián de las esencias patrias (la de ellos, claro). Todo con la sorpresa de que Mariano Rajoy, no sé si llevado para la natural indolencia que le atribuyen o por un pronto de sabiduría sobrevenida es el que menos ha caldeado el ambiente que ya echa chispas gordas.

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