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Enterrado en los ojos que un día besó (29)

“No te preocupes papá. Creo que ya no va a haber ninguna muerte más. Y no te preocupes por mí. Sé que no me va a ocurrir nada”.

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Las dos prostitutas de la Casa de Campo y sus dos chorlitos poco tiempo estuvieron en las dependencias de la DGS. Habían entrado diciendo que mientras zorribaban habían visto a Billy El Niño descargar los dos cadáveres, el de la mexicana y el palmero que habían detenido en la estación de Chamartín con propaganda de la CNT. A los diez minutos de estar en las mazmorras  de aquellas dependencias rezaban que ellas  no eran prostitutas, ellos, que no eran chorlitos, que no habían visto nada referente a aquellos dos cadáveres, que no conocían de nada a Billy, aunque de vez en cuando utilizaba su placa y pistola para obtener favores sexuales de ellas, y que  llevaban más de una semana, o quizás dos o tres, sin ir por la Casa de Campo.

Los Viejos Camaradas Libertarios, acostados en sus camas, acompañados de sus parejas, intentaban soñar con el paraíso anarquista, pero su intento de sueño era devorado todas las noches por las pesadillas de los campos de concentración nazis y franquistas, así como Saturno devoraba a sus hijos. Sus compañeras sabían cuando los tenían que despertar en medio de sus terrores y darles un vaso de agua que tenían en sus mesas de noche para tranquilizarlos. Luego se daban la media vuelta, se abrazaban a ellas, y quedaban de nuevo dormidos, repitiéndose esta escena varias veces durante la noche hasta el amanecer del día en el que ellas les traían un pozuelo de café a la cama.

Los Muchachos Milicianos se preguntaban que dónde estaría La Cofradía del Porro de Hierba, pues ya echaban de menos fumarse un peta, El Socorro Rojo, como ellos lo llamaban. Se cuestionaron si ir a preguntar por ellos a La Carmencita, pero algo les dijo que ya se dejarían ver, y, en efecto ocurrió así, cuando aparecieron, lo hicieron como Reyes Magos, cargados de porros.

Billy El Niño, en la litera del tren que lo llevaba a Lisboa, aunque no había calor, sudaba. En medio del sudor soñaba con que él solo se enfrentaba a una manifestación entera de rojos con colmillos, cuernos, rabo y tridente, que pedían libertades en la Puerta del Sol de Madrid, en frente de la DGS. “¡Si no estáis a gusto aquí, largaros para otro sitio, rojos de mierda! ¡Iros a Rusia, que allí vais a encontrar libertades! ¡Logramos pasar! ¡Os aplastamos una vez, y os vamos a seguir aplastando!” Y seguía dando, sin parar, al aire golpes y más golpes de kárate. El revisor del tren, que había sido torturado por Billy, pasaba por delante de su compartimento y escuchó sus gritos sonámbulos:”¡A ver si le da un infarto a este fascista torturador! ¡Ojala llegue muerto a Lisboa!”

Ernesto y sus padres venían dirección a Madrid, al Tanatorio. El padre de Ernesto empezó a hablar de una conversación que tuvo, durante el duelo de Hiperión, antes de incinerarlo, con su padre, Literato, y con La Directora del Instituto, sobre Sor Ácrata. Comentó que si La Directora ya estaba alarmada con la muerte de dos alumnos, en un trimestre, la del Quemado e Hiperión, y la desaparición de Diotima, que cómo estaría ahora de asustada  con la muerte de Fernando.

Miró a su hijo, Ernesto, por el retrovisor del coche. Ernesto tenía también puesta la vista en aquel espejo por el cual miraba  a los ojos de su padre. “No te preocupes papá. Creo que ya no va a haber ninguna muerte más. Y no te preocupes por mí. Sé que no me va a ocurrir nada. Hay unas personas vigilantes de que  este maleficio cese”.

El padre de Ernesto se sintió algo aliviado, volvió a poner los ojos en la carretera. Vio unos camiones aparcados al borde de ella. “¿Queréis que paremos un momento? Cenamos hace ya unas cuantas horas y lo hicimos muy ligero. ¡Ya sabéis, donde hay camiones aparcados, se come bien!” “Pienso que sí” - respondió su mujer. Ernesto asintió con la cabeza.

Una vez sentados, Ernesto les habló a su padre y madre de la conversación telefónica que tuvo con su pareja, Paloma, que estaba en aquel momento en La Carmencita con unos sacerdotes tántricos blancos, y de que le habían dado unos mantras para protegerse de la magia negra de Sor Ácrata. Aquella conversación tranquilizó a sus padres, que después de haber tomado los tres una botella de Mibal Roble y unas migas con bacalao que les aconsejó el camarero, volvieron, con los ojos puestos en el reloj, a entrar en el coche.

Eladi Crehuet se despertó con sed y con ganas de ir al baño. Al regresar del baño miró el despertador. Se dijo que podía dormir un rato más. Miró al techo de la habitación y se hizo la misma pregunta que cuando se metió en la cama esa noche por primera vez. “¿Por qué mi padre quería que yo y mi hermano Pompeyo aprendiésemos a boxear con don Álvaro Rocha, Missipi, en Los Cancajos?”   

Sor Ácrata tuvo el presentimiento de que no iba a volver a pisar jamás el suelo del instituto y de que pronto, unos días después de Reyes, una vez iniciado el curso, iba a comenzar un silencioso exilio para ella. Lo del exilio no le importaba, porque de esta manera se podía codear con los personajes históricos que lo han vivido, Napoleón, por ejemplo, que tiene estatuas, como ella va a tener una; pero lo de que fuera silencioso, eso no lo iba a consentir, por aquello de que si no hablan de mí es que no existo. Sor Ácrata es así, el mayor castigo que se le puede imponer es no hablar de su persona, por eso está disfrutando cuando lee estos muy pequeños relatos. Ella tenía muy claro lo que tenía que hacer para que siguiesen hablando de ella, lo mismo, hacer lo mismo que había hecho en el instituto, pues en verdad no sabía hacer otra cosa; y el sitio de su exilio, también lo sabía, una muy pequeña ciudad costera, de una isla pequeña, con muy pocos habitantes,  donde se habla mucho de los demás y en general mal.

“En definitiva, al principio,  tengo que hacer bastante teatro, me hago la catatónica, le digo a mi fotógrafo que no deje de disparar su cámara, y luego de partir, en esa pequeña ciudad remota, después de un tiempo de no salir de la casa, -de unos familiares muy lejanos-, en la que en un principio me voy a alojar, otra vez a mis andanzas, al tantra negro, que es lo mío. Lo que aún no sé es si me llevo conmigo al fotógrafo o no- pensó Sor Ácrata.

Sor Ácrata sintió prisa en ese momento porque su amigo el escultor le hiciese su estatua, -de la que le había hablado- , porque le quería hacer ese regalo a la ciudad de Madrid, la noche de Reyes, y cambiarle el nombre a la Plaza de Chueca, - otro regalo-, por el de Sor Ácrata, que le iba mejor . Su amigo, el escultor, cuando le hizo la pregunta en la Casa Campo, le había dicho que como mínimo tardaría tres  meses en acabar la estatua. Ella le dijo que la quería para la noche de Reyes. Él le comentó que eso era imposible. Entonces, le pidió  que fueran los dos a su taller estudio. Él la acercó, y  cuando estaban dentro lo secuestró. “La escultura la quiero con este mismo traje, el de la iniciación de Fernando, que me tendré que quitar a las doce la noche de mañana, que se cumplen  veinte y cuatro horas justas de muerto él, y luego incinerar el vestido  en la próxima luna llena para enterrarlo más tarde”. “¡Cómo eres, Sor Ácrata!” , - le respondió el escultor ya puesto manos a la escultura.

Hiperión y Sigrid, El Ángel Pelirrojo, seguían haciendo  nido de su conversación. Mientras, en La Carmencita, los camareros y cocineros recogían. El Charro decía a Carmencita que la invitaba a seguir hablando, de su padre en el bar del Palace, que  el pobre hombre, enfermo terminal en México, quería despedirse de ella y su madre; y del ruego que le había hecho su padre de llevarlas a las dos a México en el avión del Charro. El Mariachi, Maguisa, Constantine y Mikel Norel querían callejear antes de irse a acostar al Palace. Maguisa preguntaba si había una calle de prostitutas por allí cerca, le respondían que sí, que la Ballesta. “Pues vamos a dar una vuelta cantando por allí, para alegrarles la noche”. La Directora del  Instituto, Literato,  con la urna de su hijo Hiperión en las manos, y su mujer, decidían irse a recoger a sus casas. La Directora del Instituto le preguntó a Literato si se podían ver a la mañana siguiente en el Tanatorio con el padre de Fernando y el de Ernesto, para adelantarles lo que estaba pensando con respecto a la reunión de profesores y padres de alumnos que iban a tener el primer día de clase. Literato le respondía que sin ningún problema, pero que no a primera hora, sino más bien al mediodía, pues tenía que recoger  a primera hora a Eladi Crehuet en Barajas. Amparo, Mónica y Paloma se dirigían a la Mogre del Hospital con El Chivato Tántrico, Ninnette y Lissette. Los sacerdotes tántricos querían ayudar a Fernando en sus primeros pasos en el más allá y evitar cualquier interferencia de Sor Ácrata. La Cofradía del Porro de Hierba con un petate lleno de porros salió a buscar a Los Muchachos Milicianos para acercarles El Socorro Rojo en aquellas calles oscuras que tenían el olor del orín de la noche. Los encontraron en un pequeño barucho donde recalaban personajes, ángeles caídos, de antes del amanecer. Nada más verse hacían el saludo libertario y aullaban: ¡No pasarán! Un gudari vasco, que andaba beodo y algo sordo de tanto beber patxarán, gritaba: “¿Cómo es eso de que en este bar no queda patxarán con todas las botellas que estoy viendo delante de mí? ¡Deme una botella, no una copa!”- dijo a uno de los camareros poniendo un billete de cinco mil pesetas sobre la mesa. Los Muchachos Milicianos y La Cofradía del porro de hierba, con una copa de Licor Cacao Pico en la mano, reían y reían sin parar.

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