Las tribulaciones de Román con los presupuestos

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Cuando apareció en la escena principal de la política canaria, ya como presidente, unos pocos entre cierta clase empresarial plebeya lo veían como un parvenu escorado a la izquierda. Su  registro vocal musical es el de tenor lírico por la forma como entona sus discursos, sus  pensamientos y sus melodías, que resultan a veces ser de autoría ajena. Tuvo el idilio de  Sigfrido con Soria y si bien esa pieza sinfónica wagneriana apenas dura veinte minutos, su idilio  con Soria duró bastantes años. Casi hicieron bueno aquello que decía Antonio Mairena,“ si usted me quisiera a mí como yo le quiero a usted, nos llamarían a los dos la fundación del  amor”. 

En una recientemente una crónica parlamentaria el cronista relataba que Román estaba “siempre consciente de su superioridad política y retórica”. Y también le puso un borrón en la casilla de su debe, motivado por la afirmación o lapsus del consejero de Hacienda, para el cual el superávit era tan solo un asiento contable. Viene siendo durante años de lo mejor de la escena política en la forma como entona, sin dejar dudas en cuanto a si le es de aplicación lo que se predica de los nativos de cierto país sudamericano con los cuales se obtienen beneficios si lo compras por lo que vale y lo vendes por lo que aparenta. 

Pero tiene la humildad de bregar con la impronta de expresidente y no consta anécdota ni  expediente similar a la del famoso arquitecto que declaró ante el juez ser el mejor arquitecto  del mundo y que, ante la estupefacción del juez, remató: “señoría, estoy bajo juramento”. 

Hoy y ahora, muchos agentes sociales ante la coyuntura de tener un problema transversal que por ineptitud de otros en un centro directivo no se resuelve, es fama que con frecuencia piensan en apelar al recurso Román. Se viene ganando una reputación de estar au dessus de la  mêlée. Tiene la convicción no sometida al test de la máxima coherencia según la cual se rodea  siempre de los mejores técnicos y asesores. Pero asume los acontecimientos y no piensa en  Borges cuando el genio decía que cohabitaban dos Borges y casi todas las cosas le pasaban al  otro Borges. Vamos, que no siempre escurre el bulto. 

Pero confeccionado un traje al vicepresidente toca hablar de qué cosas están en sus manos y  que otras cosas se les van a resbalar entre sus dedos. Vamos a intentar ponernos en los  zapatos del vicepresidente. 

Sabe nuestro hombre perfectamente que no ha agotado el presupuesto y las razones por las  cuales esto ha sucedido. Falta de funcionarios o, apuntando mejor, déficit de buenos  funcionarios e insuficiente compromiso de algunos de estos funcionarios. Ecuanimidad de  muchos de ellos que puede resultar vecina de la indiferencia. 

La ley de contratos que ha de cumplir la Administración pública exige garantías, sin duda ante  las sombras sempiternas de amiguismo y corrupción. Hay desconfianza. Y eso nos cuesta  tiempo. La legislación europea exige que los proyectos se sometan al procedimiento reglado  de impacto ambiental. A veces buscando impactos que se sabe no existen. Hay desconfianza. Y  consumen estos expedientes demasiado tiempo, en ocasiones por deficiencias y falta de  medio del órgano ambiental que dirime ese procedimiento. Los organismos públicos licitan concursos con pliegos reguladores que muchas veces son copia y pega de otros y son carne de  cañón para recursos ante la descompensación entre la oferta y la demanda de trabajos, proyectos y obras existente en la actualidad. Desconfianza. Y tiempo perdido.

Estas tres realidades hacen difícil agotar un presupuesto corriente. Ni les cuento cuando  vengan los fondos europeos que engorden de forma colosal lo corriente de estos  presupuestos. 

Para acortar la tramitación de muchos expedientes, algunos centros directivos se dotan de  instrumentos que así llamados medios propios, permiten acortar el trámite de la gestión  presupuestaria. Geursa, Gesplán, Tragsa, son entidades públicas que han devorado a la  iniciativa privada, reduciendo su actividad, pero también cercenando la creatividad y  diversidad que esa iniciativa libre y plural comporta. Hoy si eres ingeniero, ambientalista, arquitecto o informático o pequeño empresario no pienses en iniciar una carrera libre y  competitiva sino en tocar a las puertas de esas entidades públicas. Pero estas empresas-atajo acortan solo el proceso de adjudicación y de ninguna manera ni el plazo de ejecución ni la  suerte y calidad en la ejecución de esos contratos. Que el vicepresidente pregunte a Gesplán  cuántos Planes de Modernización, que nacieron como figura dinamizadora de la cuestión  urbanística o territorial, han redactado en esa empresa, cuántos han resultado aprobados  y cuántos han descarrilado a su paso por la sede jurisdiccional. Pregunte por el tamaño de esa  dinamización. 

Esas empresas creadas para simplificar la gestión, en puridad para la contratación del  presupuesto, se enfrentan o destruyen la libre iniciativa, cuya salvaguarda constituye no solo  un deber ético sino un imperativo de eficacia. Por ahí cerca anida el amiguismo y la ineficacia, y son, como diría Agustín Lara en su María Bonita, cuerpo de olas juguete, naves al garete. No  creo que resistieran una seria auditoría total. 

La vulgaridad y la desconfianza se han instalado para quedarse. No se les ha ocurrido que esas  entidades en lugar de sustituir a la iniciativa privada y a la riqueza y creatividad que la libertad  intelectual comporta podrían subvenir a ese número de funcionarios insuficiente. Los  funcionarios son buenos o malos, pero no son héroes y saben que ante un acelerón que  busque dinamizar un expediente les acecha la ya inveterada judicialización. Saben como San  Pablo que quien busca lo difícil encontrará dificultades. Son lógicamente conservadores.  Volviendo a Borges, no se les puede exigir el culto al coraje. 

Si la vida de una persona depende del estado de su vehículo y para revisarlo se va a una  inspección técnica de vehículos que no es otra cosa que un agente privado que ha conseguido  una concesión, ¿cómo es posible que no se pueda licitar una obra con unos pliegos redactados  desde agencias localizadas y perfectamente homologadas en el sector privado? ¿por qué esas  agencias, perfectamente contrastadas y aseguradas no pueden informar los concursos y en  lugar de años tardar meses en esos menesteres? 

¿Porque lo impide la Ley? Desconfianza. Esto es una trampa, vicepresidente, a menos que le  eche fantasía y arrojo como estas líneas lo han intentado con humildad, no va a agotar nunca  un presupuesto. Se aprende en clase de filosofía que fijar fronteras comporta violarlas. De  forma inequívocamente legal, eso sí, porque de lo contrario aparece el fantasma de la  inseguridad jurídica que es enemiga de la eficacia. Tiene a su disposición un enorme caudal  creativo en profesiones ejercidas de forma liberal si es que se da el caso que aún exista esa  especie en extinción pese a la asfixia de orden estalinista de aquellas empresas ya señaladas.

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