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Macron: ¿esperanza europea 2018?

Emmanuel Macron, presidente de Francia. (CA).

Julio Cortázar dio el nombre de “Theodor W. Adorno”, nada menos, al gato callejero negro y francés que encontró un día en Saignon. Nada que ver, comprenderán, con el genuino Adorno, el filósofo de la escuela de Frankfurt que tuvo entre sus herederos al sociólogo y no menos filósofo Jürgen Habermas, que es lo que se quería demostrar. El hombre, Habermas, se tomó tan a pecho sus reflexiones morales sobre el desarrollo del capitalismo avanzado que marcó distancias con la ortodoxia marxista de fábrica al convencerse de que la obsesión productivista en la organización de la sociedad empobrece el ámbito vital de la gente. Una idea que lo hubiera encasillado como puto revisionista ante el mester de rojería patrio de los años 60; no sé si por pensar distinto o simplemente por pensar, a secas. Y ni les cuento de su idea de que ese productivismo exacerbado trae consecuencias como la creciente burocratización de la sociedad y la despolitización de los ciudadanos. Al menos, eso fue lo que me pareció entender pues nunca sabes a qué atenerte con estos pensadores alemanes y sus “breves” introducciones de cuatro o cinco espesos volúmenes que te hacen añorar los breves cuadernos populares con que la chilena Marta Harnecker divulgaba los conceptos elementales del materialismo histórico.

Viene todo esto a cuento de que Habermas acaba de proclamar su admiración por Enmanuel Macron, el todavía flamante presidente francés; aunque poniendo por delante, o mejor, entre ellos, que una cosa es una cosa y otra cosa son dos cosas; por el qué dirán digo yo que será. Pero lo cierto y verdad es que el filósofo hace del político una valoración positiva que rebaja, a mi entender, la trascendencia dada hoy a la supuesta (o real) superación de la vieja dialéctica de izquierdas y derechas que proclaman esos jóvenes impacientes siempre agobiados porque aún ignoran que no deben preocupar los medios días habiendo días enteros. Pero a lo que iba: para Habermas, Macron pulverizó los fundamentos de la demoscopia al demostrar que una sola persona es capaz de hacerse, en el breve lapso de una campaña electoral, con la mayoría de los electores mediante un programa de defensa de la cooperación europea frente al “ pujante populismo de derechas al que uno de cada tres franceses había dado su voto”.

Habermas no oculta, sin insistir en la diferencia, la distancia ideológica que lo separa de Macron en un artículo publicado en El País sobre las propuestas europeístas que el mandatario galo hizo, hace unos meses, ante el estudiantado y dirigidas a la clase política alemana, sospecha el filósofo; quien asegura, además, que para Macron sólo Europa, y “ no los Estados nacionales”, puede garantizar la soberanía a sus ciudadanos; que sólo la protección de una Europa unida les permitiría afirmar sus intereses y valores. En resumidas cuentas: el presidente francés contrapone claramente la soberanía real a la quimérica de los soberanistas y pretende refundar una Europa capaz de actuar políticamente tanto en el interior como en el exterior de la Unión; quiere, en fin, leyes y listas electorales transnacionales, incluso ministros comunes que cohesionen el entramado y permitan al viejo continente seguir jugando un papel en el concierto de naciones.

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El Gobierno no tiene quien le informe

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno español. (EFE).

Los catalanes andan ahora entretenidos con las elecciones que les ha convocado Rajoy. Y mientras los peperos gallean que como España, la suya de ellos, no hay nada, la diplomacia portuguesa echa la pata alante al que, vuelven a decir los peperos, es el Estado más antiguo de la galaxia. Ahí es nada que António Guterres fuera elegido secretario general de la ONU y que Mário Centeno sea el nuevo presidente del Eurogrupo en lugar del holandés impronunciable que en su momento dejó con la miel en los labios a Luis de Guindos, quien, al parecer, optará, en febrero a ocupar una vacante en la ejecutiva del BCE donde no hay, al parecer, ningún español en estos momentos. En definitiva: Portugal, a pesar de su menor peso económico, supera a España que no ha conseguido en los últimos años ningún cargo relevante. Y como era de esperar, el entorno gubernamental del PP trata de explicar el asunto poniendo de manifiesto, una vez más, la escasa consideración en que la ignorante carquería patria tiene al país vecino: como es un país pequeño e irrelevante, no le crea problemas a nadie, dicen. No les vendría mal coger algún recorte de Manuel Marín, fallecido estos días. 

La actitud desdeñosa con Portugal que refleja semejante “explicación” muy bien pudiera ser, mutatis mutandis, la que corresponde al trato que da Madrid (la administración estatal, no los madrileños, aclaro para evitar reclamaciones) a los asuntos de las Islas; a los de interés general, por supuesto, porque los que interesan a los empresarios corren mejor suerte. El nuevo aplazamiento de la toma en consideración de las enmiendas a la parte económica del REF (Régimen Económico y Fiscal, por más señas), más de un año después de aprobada la fiscal, la que aprovecha nada casualmente a los empresarios, lo dice todo. Por un lado, cuentan los gobiernos españoles con que Canarias no puede colocar en la Gran Vía a unos cuantos miles de isleños con sus pancartas. Es decir, que depende Canarias de sus diputados parlamentarios entre los que hay, no se sabe para qué, nacionalistas que, la verdad, no parecen sentirse concernidos sino cuando les toca cumplir con los empresarios, que son los que tienen capacidad (dinero, o sea) para moverlos, aunque carezcan de sentido de la solidaridad respecto a los intereses generales. La mentalidad empresarial isleña, salvo contadas excepciones, no les permite entender las razones de los cuatrocientos empresarios USA para pedirle a Trump que no les bajara los impuestos. Se trata, ya saben, del mismo Trump que tanto se esmera en acabar con el planeta, torpedeando la lucha contra el calentamiento global, poniendo en trance de liquidación los espléndidos parques nacionales de su país y ordenando el traslado de su embajada de Tel Aviv a Jerusalén, con lo que liquida o al menos deja muy maltrecho el statu quo de la ciudad, santa para la tira de religiones. La que se puede formar es para echarse a temblar.

Representación de la independencia de Portugal en 1668. (DP).

Representación de la independencia de Portugal en 1668. (DP).

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Feo panorama político

Fachada del Congreso de los Diputados. (CA).

Parece que la “excitación” catalana remite, aunque sus resultas ya se perciben en la política española, no sólo en Cataluña. Uno de los efectos es que ha creado las condiciones para que Rajoy avance en el proceso de recentralización de las autonomías. O sea, en quitarles mordiente para el mejor reinado del centralismo. Rajoy, recuerden, compartió las reticencias anticonstitucionales de Aznar, especialmente las referidas al título VIII, el de la organización territorial del Estado. Aznar relegó el legado de Fraga a quien no le gustó inicialmente el alcance de dicho título entronizador de las autonomías, si bien dulcificó su percepción negativa del sistema autonómico durante los quince años en que presidió Galicia; incluso hay quien asegura que acabó convertido en autonomista de toda la vida.

Aznar y Rajoy mantuvieron parecida actitud reservona, más evidente en Aznar, cautivo de sus escritos de falangista, que en Rajoy, del que no se sabe si baja o sube la escalera cuando está en mitad de ella, que ya saben como son los gallegos. Y si Aznar confesó a hablar catalán en la intimidad, Rajoy viene incordiando lo mucho y lo bueno a los catalanes desde por lo menos los años 2000, cuando organizó la recogida por toda España de firmas contra el Estatut. Dicen, no sin razón, que contribuyó con sus iniciativas y ocurrencias al incremento de los efectivos del independentismo catalán al tiempo y al reverdecimiento del nacionalismo español, incluida la derivación ultra de choque. Mientras tanto, él silbaba mirando en otra dirección para pasar en la siguiente etapa al atrincheramiento en el plasma que evitara preguntas indiscretas y/o embarazosas y acabar con el más elaborado escaqueo de los trabalenguas tipo un plato es un plato y el alcalde que quieren los ciudadanos, el alcalde y mientras peor, mejor y todo lo contrario que llevaron a pensar a muchos que presidía el Gobierno un totorota.

Pero si el fin justifica los medios, como parece, Rajoy está más que justificado pues salió ileso de las imputaciones por corrupción al mismo PP del que fue dirigente antes de convertirse en máximo responsable del partido. El ideal, supongo, porque ni enterarse de cuanto ocurría a su alrededor porque no se enteraba de que a su alrededor se estaban poniendo las botas. Una corrupción de la que ya ni se habla, silenciada por la escandalera catalana y diluida por la política de cambios en la judicatura de los juristas menos influenciables por las tesis que se desprenden de la afirmación rajoyana de que eso, la corrupción o sea, es un asunto viejo. Por fin, después de tantos años de siembra, el estallido secesionista inducido le dio a Rajoy la oportunidad de aplicar el artículo 155 de la Constitución, es decir, de suspender la autonomía catalana, la más determinante del actual Estado de las Autonomías y una hora menos en Canarias, ya les digo. Le mola más la unidad de España “estilo Imperio”, con los canarios de indios ultramarinos y la renuncia implícita a una democracia moderna, esto es, sensible a la diversidad; no para molerla a palos sino para integrarla en una concepción moderna de Estado democrático.

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Quisicosas del Estado Español

Bandera española

Cuando  Pedro Sánchez recuperó la secretaría general del PSOE, dijo que dedicaría sus esfuerzos a la reforma de la Constitución en clave plurinacional. No precisó en aquel momento ni en otro posterior qué cosa sea esa, quizá desbordado por la virulencia sobrevenida al procés catalán merced a la pejiguera nacionalista que el Gobierno central se negó a abordar como el problema político que es debido, se me ocurre, a algún gen todavía sin escachar del autoritarismo franquista que no soporta la insubordinación. Pero estaba con la plurinacionalidad de Sánchez quien anticipó, para empezar a hablar, que por lo menos Cataluña, Euskadi y Galicia son naciones, con lo que mandó al pelotón de los torpes a las restantes comunidades que tienen también su corazoncito. Debería echar un vistazo a la Constitución federal nonata de la Primera República, la que acabó de enterrar en las Cortes Fernando de León y Castillo y a la nacida pero muerta en plena infancia de la Segunda. Por eso recurrí a viejas lecturas esclarecedoras de este cuento de nunca acabar. Y empecé por   España: un Estado plurinacional , título del libro de Carles Gispert y Josep M. Prats, publicado en 1978, año de la actual Constitución.

Gispert y Prats abren su trabajo con una descripción del escenario. Se refieren, en primer lugar, a la gran meseta central que ocupa más de un tercera parte de la Península Ibérica y ofrece gran uniformidad en sus rasgos físicos. Circundan la meseta central cadenas montañosas a las que se añaden otras periféricas no menos importantes, de modo que sólo queda abierta hacia el Oeste, por donde se extiende Portugal.

Fuera de la meseta, un número notable de sistemas montañosos compartimentan diversos territorios y sus gentes, lo que ha facilitado el nacimiento y la pervivencia en el tiempo de formas de vida locales con sus implicaciones psicoculturales, económicas, organizativas, etcétera. Son las formas que ha tratado de anular un centralismo estatal tan exacerbado que quiso imponer la unificación por la fuerza, en ocasiones de forma sangrienta. Sin conseguirlo.

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El duelo Madrid-Barcelona

Rajoy en un encuentro electoral popular en Catalunya. (EFE).

Cuando Pedro Sánchez recuperó la secretaría del PSOE propuso una reforma constitucional que defina a España como Estado plurinacional. Poco después la explosión catalana puso todo patas arriba y Sánchez no ha vuelto a insistir; ni ha explicado qué cosa sea eso de la plurinacionalidad, como no lo han hecho tampoco quienes se llevaron las manos a la cabeza ante la ocurrencia. Ahora, tras la derrota del secesionismo catalán, los partidos autodefinidos “constitucionalistas” se proponen hacer no sé qué reforma sin contar para nada con los independentistas, lo que se comprendería mejor si no apestara al vengativo propósito de ahora se van a enterar de lo que vale un peine. No se trata, por supuesto, de compensarlos por su supuesta derrota sino de que los “constitucionalistas” hagan un cernido de sus actitudes y actuaciones y detecten sus errores, que en este tipo de conflictos los hay por las dos partes: si los cometidos por los catalanes se han reconocido no merece menos la fea trayectoria de Rajoy que más de una vez, como en ésta, ha alentado al viejo anticatalanismo de palabra y de obra dentro de las tradiciones de la más feroz derecha españolista. Un conspiranoico que se precie no puede olvidar algo así. Lo que no quita para que, llegados a este punto, lo importante sea mirar hacia delante y evitar la repetición de salpafueras como el que aún vivimos. Que se repetirá si es acertada la impresión de que todo quedará en un cerrarle la bolsa a los catalanes durante un tiempito: hasta que estén “preparados” para volver a la carga. Lo que no quiere decir que sea de recibo que los principales responsables catalanes sigan en política. Rajoy anda diciendo allí dondequiera que se siente que Puigdemont, Junqueras, etcétera, han engañado a los catalanes pero, qué quieren, me pregunto yo quien engañó a los engañadores, en el buen entendido de que en el mundo de la política se desprecia al engañador y se desconfía de la capacidad del engañado. Y esto al extremo de que existe ahora mismo la muy conspiranoica que el procés, la DUI, los encarcelamientos, la escapada de Puigdemont a Bruselas, sus denuncias políglotas del franquismo fueron golpes muy medidos al hígado del Gobierno con daño, no sé si colateral o finalista, para la Unión Europea (UE).

La UE, ya saben, nació para anular o contener los nacionalismos que tanto tuvieron que ver con las dos guerras mundiales libradas en los primeros cincuenta años del siglo XX. Los mismos nacionalismos, mutatis mutandis, que han comenzado a levantar cabeza en varios países de los que algunos no ocultaron sus simpatías por los catalanes. Es chocante que esos nacionalistas suelan definirse como antieuropeístas, suelan ser xenófobos e incluso fascistas a mucha honra; que no sería, creo, el caso de los catalanes aunque nunca se sabe y es verdad que el falso eslogan de que “España nos roba” se presta a interpretaciones poco favorecedoras.

Ahora Puigdemont, que parece sentirse derrotado, apunta a la existencia de otras posibilidades de entendimiento con el Gobierno español; Carme Forcadell, presidenta del Parlament, dice que la declaración de independencia fue simbólica; en lo que Joan Tardá y otros atribuyen el fracaso, como ya he indicado, a que “ no estábamos preparados”. Lo que traducido a romance indica que no analizaron la situación, despreciaron las vías que no fueran formarla y se lanzaron a la buena de Dios, sin el suficiente respaldo social que tratarán de conseguir para la próxima vez, según se desprende de las palabras del propio Tardá que me obligan a insistir, desde mi natural conspiranoico, en que no fueron ellos quienes fraguaron el plan sino que les vendieron la burra ya preñada. Creo que eso explicaría que hablen todos ellos como si fuera un juego, meros gajes del oficio, que cojan vuelo nada menos que 2.000 empresas de las que la mitad han decidido pagar en adelante sus impuestos en la comunidad a la que se llevaron su domicilio social. Además de obligarme con su irredentismo irreflexivo a comprar el cava navideño a escondidas; que no me ocurra como hace unos años en que una señora me lo afeó en la cola de la caja del súper y no encontré otra salida que confesarle que no soy muy de cava y sólo pretendía ayudar a los extremeños que suministran tapones de corcho a las bodegas catalanes. Quiero decir que han operado o hablan ahora como si sus acciones no afectaran al ciudadanaje raso y a Cataluña en general.

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El "relato" de Rajoy

Mariano Rajoy en una sesión de control en el Congreso de los Diputados

Tenía razón José Bono al quejarse el otro día, en el hotel Santa Catalina, de que se califique de “fachas” a quienes están por la unidad de España. Aunque es verdad que todos los fascistas van de unidad nacional (la que ellos consideran tal) no todos sus partidarios son fascistas. Le faltó al ex ministro explicar que ese ideal, aspiración o conveniencia de unidad, lo ha utilizado el fascismo como una suerte de   deus ex machina  para justificar sus acciones “patrióticas” que abarcan la violencia e incluso el asesinato. Pero esto no implica que querer la unidad nacional se corresponda necesariamente a semejante connotación ideológica. Esta confusión se debe a que el fascismo franquista impuso a sangre y fuego su concepción de la unidad proscribiendo todas las demás y apoderándose de sus símbolos. No es raro que gente de mi generación reconozca que no acaba de habituarse al espectáculo de jóvenes en los estadios envueltos en la bandera española o con la cara pintada de rojo y gualda para animar a la selección. Sin duda no estarán menos perplejos esos mismos jóvenes con la que lió el añorante del franquismo que vio el morado de la bandera de la II República camuflado en la nueva camiseta de la selección de fútbol. País.

Ya he dicho otras veces que de los cuatro problemas de España al iniciar el siglo XX, el único sin resolver todavía es el de la integración territorial; los otros tres, la Iglesia, el Ejército y la reforma agraria, quedaron atrás. No recuerdo dónde leí esa observación ni quien la hizo, pero la he usado alguna vez y con más razón ahora pues da idea de la gravedad y profundidad del conflicto catalán. No en vano se trata de una cuestión tan secular como la incapacidad del Gobierno para asumir la personalidad política de Cataluña a fin de integrarla en España. En lugar de procurar seducirla como se ha dicho estos días, volvió Rajoy a tirar del anticatalanismo fomentado durante siglos desde el centro sin lograr vencerla.

Sublevación catalana de 1640, también llamada Guerra de los Segadores. (Antoni Estruch)

Sublevación catalana de 1640, también llamada Guerra de los Segadores. (Antoni Estruch)

En realidad estamos ante una doble impotencia pues si España no tuvo la fuerza necesaria para integrar Cataluña, tampoco los catalanes la tuvieron para independizarse, como hicieron los portugueses. En el clima de mistificación de la historia que se aprecia en este asunto, debería España reconocer su fracaso unificador (ahí está, por ejemplo, el concierto vasco, el régimen navarro, no pocas excepciones en la misma Cataluña, etcétera) y los catalanes recordar que si no lograron la independencia en el levantamiento de 1640 no pueden actuar ahora como si aquella derrota no hubiera ocurrido. Quiero decir que la solución no es que España vuelva a recurrir al anticatalanismo para enterrar las aspiraciones de toda una comunidad de semejante peso en España; ni que los catalanes se apunten a brutos y difundan falsedades como la de que España les roba lindando ya con la xenofobia.

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Arde Catalunya

Concentración en Girona en contra de las detenciones de miembros del Govern

Notas de Urgencia

Durante las últimas semanas he estado sufriendo, diría que estoicamente, que los sucesos en Cataluña se produjeran justo después del día y la hora acordados para la entrega de esta colaboración: los jueves de tarde-noche. Una vez enviada la criatura, una semana tras otra, se formaban los líos que dejaban los textos mayormente desfasados respecto a la actualidad. Yo creo, la verdad, que lo hacen por molestar pero no puedo quejarme pues ya me advirtieron mis mayores que es lo que tiene este oficio.

Oriol Junqueras, a su llegada a la sede de la Audiencia Nacional. (EFE)

Creí que noviembre iba a ser distinto pues Puigdemont se mandó a mudar en tiempo y forma y di por descontado que podría escribir tranquilo y estaba disfrutando de un cierto sosiego ante el teclado, siempre temiendo una nueva pirueta del fugitivo, cuando héte aquí que se me cruza la juez Lamela y manda al trullo a los ocho miembros del cesado Govern que tenía a tiro, con Oriol Junqueras a la cabeza. Entre las razones de la juez, el riesgo de fuga pensando, sin duda, en que igual les da por imitar a Puigdemont (o Puigdemontre de hombre, oí llamarlo a una más que probable doméstica reunida en asamblea con otras junto al mostrador de la pescadería). Cosas de la democracia. Pero, a lo que iba: la juez me dejó sin ganas de dilucidar si la decisión de encarcelarlos ayudará o no a encontrar una vía de salida a la situación política catalana. Supongo, por supuesto, que la juez era, al redactar su fallo, consciente de esa digamos disfunción de lo legal y lo político. Sin descartar que respondiera a los deseos del Gobierno de administrar escarmientos. No le arriendo la ganancia a los abogados de los nuevos presos. De momento, como era de esperar, los españolistas, autoproclamados constitucionalistas de toda la vida, consideran ajustada a Derecho la decisión de la juez mientras los secesionistas aprovechan para insistir en sus denuncias de la represión que sufren y consideran el caso otra prueba de que la Justicia española está poco menos que a las órdenes del Gobierno. Por mi parte, no entiendo muy bien lo del riesgo de fuga alegado por la juez pues aseguran que tres de los ex consellers enviados a prisión estaban en Bélgica y regresaron a España expresamente para cumplir con la citación en la Audiencia Nacional.

Sólo me resta decir que como desde niño me enseñaron que no debemos tirar nada, aprovecho el texto que tenía casi terminado cuando supe que la causa catalana tiene ya nuevos presos.

Para no responsabilizar a ninguna persona humana diréles que pudo ser el Espíritu Santo, la tercera aunque no humana de la Santísima Trinidad, quien inspiró el concepto de “’conspiranoia’” a ciertos sectores del conservadurismo carpetovetónico. Para ellos, o sea, los dichos sectores, o sea, padecen ese mal quienes hacen análisis políticos, especialmente si señalan la existencia de relaciones sospechosas en las que se aprecian hilos conductores de determinadas decisiones con sus efectos correspondientes. Lo que llaman contubernio. Por poner un ejemplo doméstico, serían conspiranoicos quienes vieran en la ley del Suelo de Clavijo el deliberado intento de crear las condiciones para que los especuladores vuelvan a ponerse las botas y dar la sensación de resurgir económico. O sea, la política que tanto tienta a los políticos mediocres de pan para hoy si están en el machito y para mañana el hambre con que habrán de arrear quienes vengan detrás. Clavijo teoriza encima acerca de la necesidad de cambiar el “modelo productivo”, como si aquí nos chupáramos el dedo. Desde que Franco era cabo, dicho sea en sentido figurado para indicar la fecha que lleva esa carta, venimos oyendo esa cantinela de modo que resulta irritante que no cambien de disco. Y sigo con los conspiranoicos que son hoy los antiguos rojos emboscados que inquietaban a quienes querían llevarnos por rutas imperiales y banderas al viento caminando hacia Dios, dicho sea remedando el himno paramilitar del Frente de Juventudes. Se titulaba, diré para las nuevas generaciones, “Montañas nevadas”, lo que era muy apropiado para las marchas a pata batiente por los inviernos pirenaicos del valle de Arán; no en los calores del Sur grancanario y ni les cuento de los llanos aplastados por la demasía solar de la entonces provincia del Sahara, donde vinieron a conocer el hielo cuando estrenó nevera la residencia de oficiales.

De todos modos, puesto a reconocer algo, admito que logro importante de esta Constitución democrática, seguramente a regañadientes del PP que tanto empeño pone hoy en custodiarla, fue permitir que los rojos perseguidos por el franquismo accedieran a la más llevadera condición de “conspiranoicos”.

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Coherente Rajoy

Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados.

Santiago Carrillo fue de los personajes más odiados por la ultraderecha española que lo culpaba de lo que hizo y de lo que no. Que anduviera de acá para allá con aire de jubilado inofensivo ponía de los nervios a los fascistas y a la derechona afín que le dedicaban sus más furiosas pintadas en las paredes de Madrid. Una de ellas apareció cierta mañana en la estación de Atocha: “ Mataremos al cerdo de Carrillo ”, advertía y allí permaneció reinando hasta que alguien, añadió: “ ¡Cuidado Carrillo! ¡Te quieren matar el cerdo! ”.

El autor del aviso debió ser alguno de aquellos anarcos ocurrentes que tanto se divirtieron en la Transición. Muchos años después, en una de sus visitas a Las Palmas, invitado por la fundación Juan Negrín, el ya ex secretario del no menos ex PCE, me comentó socarronamente su agradecimiento a quienes le alertaron de que su animalito de compañía estaba en peligro.

En la misma clave de humor, negro en este caso, cuentan de la pintada aparecida estos días en Barcelona: “ A nosotros sólo nos pegan los mossos d’esquadra ”, proclama en clara reivindicación del derecho de los catalanes a que no les zurren sino los suyos. Caben, desde luego, otras lecturas pero hacerlas podría arrastrarme a espesuras conceptuales y a chocar con esos sentimientos nacional-patrióticos que andan sueltos. Los veo, a esos sentimientos, cargados de una subjetividad que no encaja en la racionalidad del constructo democrático, toma palabro; lo que ha impedido, en la actual edición del conflicto catalán, llegar a acuerdos que, en realidad, no quieren las partes que sólo buscan la derrota de la otra.+

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El artículo 155 ya está aquí

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España.

La incapacidad para entenderse de las partes en el conflicto catalán, las falacias del Gobierno acerca de una recuperación económica que no avalan los análisis de prospectiva y la impotencia frente a los terribles incendios del fin de semana pasado, entre otras realidades no menos observables, indican que este país no fulula. Un verbo, fulular, que oí por primera y última vez una tarde, a la salida del Estadio Insular hace ya unos cuantos años. El nefasto arbitraje de un tal Mazagatos sacó de sus casillas al respetable hasta el borde del amotinamiento; el que evitaron no las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, la entonces llamada gristapo sino las carcajadas, isleños que somos, ante la ocurrencia del aficionado que le echó al juez de la contienda el perro que lo persiguió por el césped: -¡Pero, hombre! ¿No ve que quiere jugar, el animalito? –le gritaron al cerrar la puerta del vestuario en que se refugió con la lengua fuera.

El incidente del perro calmó a buena parte de los indignados ya muertos de risa al salir del recinto sin que nadie preguntase qué hacía un perro entre el genterío humano en un campo de fútbol. Poco a poco los comentarios derivaron hacia los aspectos técnico-futboleros y fue entonces cuando alguien pronunció la sentencia definitiva:

-Lo que pasa es que el equipo no fulula.

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Esperando a Catalunya

La incertidumbre crece sobre el futuro de Catalunya y el resto de España.

Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, al decir del primero, se llevan ahora no a las mil maravillas sino lo siguiente. Lo digo porque el secretario socialista se presentó en la TV con la expresión contenida de quien ha de comunicar un hecho de especial trascendencia y quiere evitar que se le note el contento no vayan a decir que aletea de nuevo el bipartidismo. Dijo Sánchez que sus contactos con el presidente del Gobierno son frecuentes pero ocultó que prefiere no encelar a Rivera a quien comienzan a señalar como el chico de Aznar, quien todavía roe el cabo maldiciendo el momento en que se le ocurrió dedignar sucesor suyo a Rajoy; aunque hubiera sido peor inclinarse por Rodrigo Rato al que proclamaba como el mejor ministro de Hacienda de todos los tiempos pasados y por venir.

Parece evidente que Rajoy navega mejor de lo que se pensaba. Lo ha vuelto a demostrar con la que tiene montada en Catalunya. Todo el mundo sabe, aunque prefieran callárselo, de sus afanes por arañar votos reavivando las brasas del anticatalanismo español para compensar en otros lugares el escaso crédito electoral del PP en la Catalunya aquejada de alergia mesetaria. Su campaña al frente del PP contra el Estatut fue significativa y nos dejó imágenes suyas frente al Congreso de los Diputados entre las grandes cajas que contenía, según dijo porque nadie las contó, los cuatro millones de firmas contra el dicho Estatut recogidas por los peperos en el resto de las Españas. Tras la sesión de fotos, entregó las cajas de las que nunca más se supo. Hasta el día en que se acordó de ellas y las invocó durante el pleno del Congreso en que solicitó nada menos que un referéndum estatal contra el Estatut. Le estaba buscando las cosquillas a los catalanes a como diera lugar.

Aquella batalla culminó, para empatarla con la que tenemos ahora delante, con la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) de 2010 contra el texto del Estatut detestado. Había salido adelante, tras los correspondientes “afeitados” en el Parlamento catalán, en el Congreso y el Senado y el preceptivo referéndum catalán. Cumplió, pues, todos los requisitos legales pero que si quieres arroz, Catalina: el TC, con mayoría de jueces conservadores, falló a favor del recurso contra el Estatut interpuesto por el PP; en 2006, creo recordar.

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