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Pausar esta vida acelerada

No pretendo con este artículo ser un agorero tecnológico ni un anacoreta antisistema, pero quizás deberíamos bajarnos de vez en cuando de todo, de ese movimiento a grandes velocidades.

Todo es un constante movimiento.  El propio planeta lo es; la vida también.  La sociedad en la que residimos no solo marca ese movimiento natural, sino que traza una velocidad irremediable, imposible e imparable.  Todo empuja y nos lleva en volandas, nos transporta y nos aletarga de un instante a otro, de un espacio temporal a otro.  Quedamos en ocasiones en un vacío temporal donde no conocemos en medida alguna que ha ocurrido con nuestros instantes pasados.  Como en una especie de viaje en el tiempo, nuestro tiempo de vida, nuestros momentos, parece que han quedado afuera tras la ventanilla de ese tren de grandes velocidades en el que estamos subidos.  Solo somos capaces de observar el paisaje afuera y cómo se desplaza ante nuestros ojos, pero no lo sentimos, no lo apreciamos.

No pretendo con este artículo ser un agorero tecnológico ni un anacoreta antisistema, pero quizás deberíamos bajarnos de vez en cuando de todo, de ese movimiento a grandes velocidades, bajarnos de la tecnología y de la sociedad que nos empuja, bajarnos un ratito, tomar aliento, repasar lo trazado y llevar el pensamiento más allá.  Quizás deberíamos acomodar ciertas pausas en nuestras vidas, desconectar de la tecnología y de la velocidad que nos obliga.  Quizás, y en buena medida, mirar en otra manera y mirar en dirección a otros lugares donde no miramos nunca, ser más introspectivos, forjar cierta creatividad y cierto alejamiento de todo. 

Es evidente, pero no por ello contradictorio a todo esto, que la sintonía económica y laboral marca cierta proposición esclavista que no deja pautar lo mejor posible nuestros instantes, no nos deja bajarnos en la medida que deseamos de esa aceleración ininterrumpida, y en ello, lo que nos queda como posibilidad posible para estar más cerca del paisaje de nuestras vidas es observarla desde la ventanilla.   Quizás de eso también trata todo, de encauzar alguna grieta, de encontrar la puerta y abrirla, esperar la desaceleración y saltar, y luego, afuera, hacernos dueños durante un ratito de nuestros instantes, de apreciar nuestro alrededor, de regodearnos en nosotros mismos, encontrar quiénes somos y aparcar durante apenas unos leves momentos tanta aceleración.   

Ninguna victoria dejó pétalos de rosa; los campos de batalla siempre se llenaron de sangre y heridas.   Y al tiempo, todo valiente, aún en la derrota, profesó más emoción de sus instantes que todo aquel que nunca lo intentó.   Posiblemente, pausar esta vida acelerada sea en ocasiones una proposición utópica o un sueño irrealizable, pero en ningún caso podrá ser un atrevimiento imposible.

Andrés Expósito 

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