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La esperanza de la luz

Hay lugares especiales de nuestro entorno donde la llegada de la luz eléctrica fue como un milagro. En Garafía, por ejemplo, hace ya muchos años viví ese momento.

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En estos momentos de oscuridad en tantos terrenos, celebrar la llegada de la luz es una hermosa tarea. No voy a decir nada que no haya sido dicho por quienes saben de esta historia que iluminó nuestras casas y nuestros pueblos. Yo voy a hablar solo de ella, de su esplendor, de su capacidad de abrirnos a la esperanza.

Desde los tiempos de la oscuridad el ser humano ha celebrado el momento en que los primeros rayos de sol iluminaban sus cuevas y espantaban con ellos las desventuras de la noche. A veces, desde mi casa de Garafía miro las cuevas, sus bocas abiertas en los altos riscos donde ellos vivían, y pienso en el terror de aquellos que las habitaban; el no entender, el no saber por qué, poco a poco, la oscuridad les iba cercando y arrinconando al interior y cómo con su llegada crecían el ruido y las presencias tenebrosas que amenazaban en la oscuridad y cómo, de pronto, los ojos aún abiertos acechando los peligros y el miedo, llegaba el día, su claridad, los primeros rayos del sol por el este, y el cielo se abría para dar paso a la luz. Mirando hacia el Barranco de Los Hombres y pensando en aquellos que habitaban esas cuevas, escribí este poema:

Aquella luz naranja que recorta montañas,

hace cantar los gallos,

apaga lentamente el alumbrado público

y obliga a abrirse el cielo en cicatrices malvas,

debió de ser la misma que llegó otra mañana.

Debió de ser así.

Ateridos de espanto ocultos en sus cuevas,

las tinieblas envolviendo de frío sus piernas

y sus rostros. Y, de pronto, la luz.

De pronto ese destello de vida y de esperanza.  

Y ahora yo estoy aquí viendo clarearse las montañas

y un nuevo amanecer en sus helados ojos.

Este dos de noviembre. Como entonces. 

Pienso en nosotros, con una vela, un carburo, una tea prendida recorriendo los pasillos de la casa, los canteros de plátanos cuando salían los hombres a regarlos porque llegaba el agua y había que usarla en los tiempos que correspondían; y el caminar por el bosque en plena noche buscando el camino de vuelta desde algún poblado donde nos habíamos entretenido más de la cuenta acompañados por los braceros, sus machetes y los troncos ardiendo para espantar el miedo y las fieras que acechaban en la oscuridad. Siempre en la oscuridad. Y siento un especial agradecimiento hacia quienes nos enseñaron a hacer fuego y a esos otros que obraron el milagro de encendernos las bombillas de las calles y de nuestros hogares. Ese gran milagro que hemos dejado de apreciar porque lo tenemos a nuestro alcance como si fuera lo más natural del mundo.

¿La luz lo más natural del mundo? No. Nunca lo ha sido. La luz es un pequeño prodigio que nunca he comprendido ni pienso intentarlo, pero es cierto que cada vez que alargo mis manos para palpar los interruptores y oigo ese sonido que obra el efecto de iluminar nuestro alrededor y darle vida, pienso en lo que tenemos; pienso en la ventura de hacer ese gesto y hacer desaparecer los monstruos que duermen debajo de nuestra cama, detrás de los visillos, al otro lado de nuestra puerta. “Abuela, no me apagues la luz que tengo miedo”. Y el terror infantil se desvanece. Pienso en las largas noches rodeados de pensamientos inhóspitos, los ojos abiertos, mirando las paredes, los cuadros, los retratos de los ausentes que van cobrando vida lentamente a tu alrededor, y la luz llega y los vuelve a sus marcos y te hace sentir el día en su espléndida alegría, aunque sean las tres o las cuatro de la mañana. Y pienso en las camas verdes de hospital cuando se alargan los dolores y parece que nunca llega el día, y, entonces, enciendes la pequeña lamparilla y algo relampaguea dentro de ti.

Hay lugares especiales de nuestro entorno donde la llegada de la luz eléctrica fue como un milagro. En Garafía, por ejemplo, hace ya muchos años viví ese momento. En 1972 no tenían luz eléctrica ni estaban asfaltados los caminos que nos llevaban a muchos de sus pagos. Luchamos por hacerlo posible, caminamos pasillos y despachos hasta conseguir que nuestra petición fuera escuchada. Y un día, llegamos a nuestra casa y a la casa de nuestros amigos y vecinos y nos recibió la alegría de vernos y mirarnos unos a otros en una mesa de cocina iluminada por unas bombillas que colgaban del techo. Ese día, las papas y el huevo frito aparecieron en todo su esplendor. Y en esos momentos, comprendí el valor que tenía un acto tan simple como encender y apagar la luz y que muchos no habíamos comprendido al tenerla en nuestras casas como algo natural. Ahora podían sentarse a hablar durante horas sin perderse los rasgos de una cara, los gestos; podían leer, escribir, escuchar la radio, tener una nevera y enfriar en ella el vino y los tunos; conservar la carne y los huevos de sus gallinas; y hacer del agua un placer en verano. Ese era el milagro y esa la fortuna de muchos. Lo supe entonces y lo sigo pensando ahora. Y esa es la razón por la que debemos sentirnos agradecidos por quienes un día la trajeron a nuestras tierras. 

Elsa López 19 de octubre de 2018

(Texto leído este viernes por Elsa López en la clausura del Manifiesto de Electrón) 

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