María de las Casas Pérez, una adelantada a su tiempo
Cuando su nombre apareció por primera vez en un periódico, María de las Casas Pérez tenía solo ocho años. En julio de 1900, Adolfo Cabrera-Pinto, después de visitar Santa Cruz de La Palma, la situó en primer término entre el alumnado del colegio de segunda enseñanza y destacó su «singular talento». El artículo se publicó inicialmente en Unión Conservadora y fue reproducido poco después por La Opinión y La Región Canaria. Todavía no era la escritora, maestra, periodista y conferenciante que llegaría a ser, sino Marieta, como la llamaban entonces, una niña criada en un hogar en el que la literatura y la prensa formaban parte de la vida diaria.
Había nacido en Santa Cruz de La Palma el 31 de diciembre de 1891. Su padre, Pedro J. de las Casas Pestana, fue un acreditado periodista, investigador y maestro de larga trayectoria, mientras que su madre, Rita Pérez y González, ejerció también el magisterio. María creció, por tanto, en un hogar en el que la enseñanza, la literatura y la prensa formaban parte de la vida cotidiana. Su hermano José de las Casas Pérez desarrollaría una extensa carrera periodística fuera de la isla, pero María recogió de manera especialmente completa aquella herencia familiar: fue maestra, escritora y periodista, actividades que compaginó con su trabajo en Telégrafos y con una permanente preocupación por los problemas de los lugares en los que residió.
Su primera actuación pública tuvo lugar en diciembre de 1900, durante una función benéfica organizada en favor de la Cruz Roja. Marieta leyó una composición escrita por su padre y dedicada a aquella institución. Heraldo de La Palma destacó su «gusto y entonación», mientras El Ejército Español llevó la noticia fuera de la isla. Pocos meses después, la Asamblea Suprema de la Cruz Roja le concedió una medalla de plata. La niña comenzaba así a darse a conocer en un ambiente familiar y cultural en el que la palabra escrita y el compromiso social caminaban juntos.
Su formación fue excepcional para una mujer de aquellos años. En 1904 se convirtió en la primera palmera que obtuvo el título de bachiller, después de estudiar en el colegio Santa Catalina con excelentes calificaciones. Tres años más tarde, cuando apenas contaba quince, era ya maestra superior. Sus primeras lecturas públicas habían sido de trabajos paternos, pero pronto comenzó a escribir sus propios textos. En 1909 publicó en el número único Prensa Palmera y en 1910 participó, junto con su hermano José, en una velada dedicada a Emiliano Duque Villegas. También hizo teatro aficionado y obtuvo varios premios literarios.
La escritura había entrado, en realidad, mucho antes en su vida. En una entrevista concedida en 1927 recordó que de niña componía cuentos que su padre le pagaba a cinco céntimos y que, cuando estaba a punto de concluir los estudios de Magisterio, comenzó a colaborar anónimamente en los periódicos que este dirigía. «Colaboraba sin colaborar», resumió con una frase que explica por qué una parte de su obra resulta hoy tan difícil de reconocer. Su padre alentaba sus lecturas y aptitudes literarias, pero no le permitía firmar porque las mujeres apenas tenían cabida en las redacciones.
Aquellas colaboraciones anónimas debieron de comenzar durante los primeros años del siglo XX. A ellas se sumaron posteriormente los artículos que publicó con su nombre y los que dio a conocer bajo seudónimo. Todo indica, por tanto, que María de las Casas Pérez fue la primera periodista de La Palma. No se trató de una colaboración ocasional, sino de una actividad continuada durante buena parte de su vida, primero desde el anonimato impuesto por las costumbres de la época y después con una firma reconocida en numerosos periódicos canarios.
Al mismo tiempo, inició una carrera profesional poco frecuente entre las mujeres de su generación. En 1909 ingresó en el Cuerpo de Telégrafos y en noviembre de 1911 fue nombrada, por su condición de maestra superior, auxiliar de la Escuela de niñas del distrito norte de Santa Cruz de La Palma. En los años siguientes pasó por diferentes destinos telegráficos, entre ellos Fregenal de la Sierra, Mérida, Santa Cruz de La Palma y Los Llanos de Aridane. En esta última estación fue ascendida en 1918, con la correspondiente mejora de sueldo. Cuatro años antes había contraído matrimonio con José Julio Valcárcel Ramírez.
Al menos desde 1921 residía en Granadilla de Abona, donde se encontraba al frente de la estación telegráfica. El traslado no la apartó de la enseñanza ni de la literatura. Por el contrario, en aquella localidad desarrolló la etapa más activa de su vida pública. En 1926 fundó y dirigió el colegio Nuestra Señora de las Mercedes, dedicado a preparar al alumnado de bachillerato y magisterio, además de impartir otras enseñanzas. Los buenos resultados académicos alcanzados por sus estudiantes dieron prestigio al centro y confirmaron la capacidad docente de una mujer que había obtenido el título de maestra superior cuando apenas había dejado atrás la niñez.
Su presencia en Granadilla no se redujo a las aulas y a la estación. En 1923, durante un homenaje celebrado en El Médano, la prensa destacó que la «ilustrada telegrafista» había rivalizado con los demás oradores por su elocuencia y erudición. María impartió conferencias, intervino en actos culturales y participó en representaciones teatrales. Entre 1929 y 1930 presidió la Junta Local de Acción Católica de la Mujer, desde la que promovió escuelas gratuitas para adultas, y continuó después como propagandista de Acción Católica. Su religiosidad fue manifiesta, pero siempre estuvo acompañada por una preocupación muy concreta por la educación, la pobreza, la sanidad y las condiciones de vida de los pueblos del sur de Tenerife.
Durante aquellas décadas colaboró en cabeceras como Diario de Tenerife, Gaceta de Tenerife, La Prensa y Diario de Avisos. En 1936, Acción Social reprodujo, tomándolo de La Prensa, su artículo «Impresiones del momento». María escribió artículos, cuentos y textos de orientación católica, y también publicó, muchas veces bajo seudónimo, en revistas nacionales como Crónica y Mundo Gráfico. La entrevista de 1927 la presentaba ya como una periodista conocida, una mujer culta y una defensora de las mujeres, aunque su figura todavía era descrita mediante los tópicos propios de la época. Se elogiaba su inteligencia y su preparación, pero al mismo tiempo se procuraba encajarla en el modelo doméstico y maternal de la «mujer ideal». María supo moverse dentro de aquellos estrechos límites sin renunciar al aula, la tribuna, el teatro y las páginas de los periódicos.
En mayo de 1930 obtuvo el primer premio del Certamen Literario Femenino celebrado en el Teatro Leal de La Laguna a beneficio de la Cantina Escolar y el Ropero Infantil. El tema propuesto era «La caridad y la educación» y María presentó su trabajo bajo el lema «Amor, divino amor». Aquel mismo año volvió literariamente a La Palma. Durante la Fiesta de los Aborígenes, celebrada en el Circo de Marte con motivo de las fiestas lustrales, se leyó un discurso suyo titulado «El cantón de Hiscaguán», que Diario de Avisos publicó en dos entregas los días 4 y 8 de agosto. El periódico la presentó como «prosista consumada, honra y prez de esta tierra» y destacó los aplausos recibidos por su trabajo.
En «El cantón de Hiscaguán» evocó el paisaje, las tradiciones campesinas y el pasado indígena de los pueblos del norte de La Palma, pero también habló de sus necesidades: el agua, las carreteras, el teléfono y unas comunicaciones capaces de sacarlos de su aislamiento. Cerró el discurso dirigiéndose a las «hijas de La Palma», a quienes animó a cultivar las artes y las ciencias, convencida de la importancia de la mujer en la educación. Entre las dos entregas, Diario de Avisos publicó «En el aniversario de Emma Santos», dedicado a una joven educadora fallecida cinco años antes. María recordaba su preparación y sus virtudes y relataba una experiencia personal: después de varias pérdidas familiares, había acudido a una sesión espiritista buscando alguna certeza sobre los seres queridos que habían muerto. Salió decepcionada y reafirmó su confianza en la fe cristiana y en el reencuentro después de la muerte.
Uno de sus artículos más interesantes apareció en la edición extraordinaria del diario republicano Hoy del 1 de enero de 1934. Lo tituló «Granadilla. Por qué escribo estas cuartillas» y comenzó presentándose con modestia como una «humilde cronista». Granadilla era el «pueblo dilecto» de su espíritu y merecía ocupar un lugar en aquellas páginas dedicadas a los municipios isleños. Su prosa, florida y muy atenta al paisaje, describía la localidad recostada en las montañas, entre naranjos y tierras rosadas. Pero la contemplación cedía pronto el paso a los problemas diarios de la población: las malas comunicaciones, la escasez de agua, el insuficiente rendimiento de las galerías y la necesidad de construir embalses.
La educación ocupaba un lugar principal en aquella exposición. María reconocía las escuelas creadas por el Gobierno de la República en la zona, pero las consideraba insuficientes. Reclamaba una escuela graduada en el casco y recursos municipales para ayudar al alumnado pobre. Su condición de activa católica no le impedía reconocer una decisión positiva del régimen republicano ni exigir a las administraciones que hicieran más. Podía colaborar en un periódico republicano sin ocultar sus convicciones religiosas y defender en cada momento las medidas que consideraba beneficiosas para Granadilla.
También intervino de forma directa en la política de su tiempo. En las elecciones a Cortes de 1933 se pronunció en favor de José Miguel de Sotomayor, demostrando que su presencia pública no se limitaba a los asuntos culturales, religiosos o asistenciales. Era una mujer con opinión propia que utilizaba la prensa para tomar posición ante los problemas de su tiempo, una actitud poco común en la sociedad canaria de aquellos años.
En octubre de 1933 participó en una velada literaria celebrada en Adeje, donde defendió la rápida creación de un hospital de urgencia para los pueblos de la comarca. Para explicar su necesidad recordó el caso de una madre que había transportado en brazos a un hijo enfermo. El pequeño murió durante el camino y la mujer tuvo que permanecer junto a la senda con el cuerpo, al no encontrar un establecimiento donde depositarlo. María pidió la aportación del vecindario y la cooperación de las clases acomodadas para levantar el hospital. Su idea de la caridad no terminaba en la ayuda ocasional, sino que se dirigía hacia la creación de escuelas, becas y establecimientos sanitarios capaces de atender de manera estable las necesidades de la población.
A comienzos de 1935 fue trasladada, a petición propia, desde Granadilla a la Estación-Centro de Santa Cruz de Tenerife, con un sueldo anual de 4.500 pesetas. Terminaba así una larga etapa en la que había convertido aquella localidad sureña en el principal escenario de su madurez. Allí había atendido la estación telegráfica, dirigido un colegio, promovido la educación de las mujeres adultas, pronunciado conferencias, hecho teatro, escrito sobre los problemas municipales y defendido servicios destinados al conjunto de la comarca.
En 1951 su nombre aparecía todavía entre el personal del Centro Regional de Telecomunicación y en 1954 ganó una plaza como jefa de la oficina de Telégrafos de Los Llanos de Aridane. Regresaba definitivamente a la isla en la que había nacido y en la que había comenzado a leer en público siendo una niña, pero lo hacía para ocupar una responsabilidad profesional que pocas mujeres de su generación habían alcanzado. En Los Llanos transcurrió el resto de su vida, sin abandonar por completo sus colaboraciones con Diario de Avisos.
María de las Casas Pérez falleció en aquella ciudad el 27 de marzo de 1969, a los setenta y siete años. Tres días después, El Eco de Canarias lamentó la muerte de la «brillante escritora» y recordó que había cultivado «con señalado éxito» la poesía, el ensayo, la oratoria y el cuento, dejando muestras de su trabajo tanto en la prensa isleña como en publicaciones nacionales. Su recuerdo quedó especialmente arraigado en Granadilla de Abona, el pueblo que había llamado dilecto de su espíritu. Allí llevaron su nombre un colegio y, posteriormente, un centro sociocultural y una calle.
María de las Casas Pérez fue una mujer adelantada a su tiempo. Fue la primera palmera que obtuvo el título de bachiller y todo apunta a que también fue la primera periodista de la isla. Alcanzó con solo quince años el título de maestra superior, ingresó en Telégrafos, dirigió un colegio, escribió en periódicos canarios y nacionales y habló desde tribunas públicas cuando la voz de las mujeres apenas encontraba espacio fuera del hogar. Sin embargo, su importancia no descansa únicamente en esas primacías. También se encuentra en la perseverancia con la que puso su preparación al servicio de los demás y en su capacidad para hacerse presente en ámbitos que todavía estaban reservados casi por completo a los hombres.
María contemplaba el paisaje, pero también veía la falta de agua; hablaba de caridad, pero pedía escuelas y hospitales; defendía sus convicciones religiosas, pero reclamaba la intervención de las instituciones. Aquella niña de «singular talento» que apareció en la prensa en 1900 terminó convirtiéndose en maestra, telegrafista, directora de colegio, escritora, conferenciante y periodista. En una época que concedía a las mujeres un espacio muy reducido, María de las Casas Pérez aprendió pronto a hacerse oír y dedicó buena parte de su vida a mejorar la de quienes la rodeaban.
J. J. Rodríguez-Lewis