La externalización de la inteligencia
La ciencia ficción de finales del siglo XX pronosticaba que los humanos del futuro desarrollaríamos cabezas enormes y extremidades delgadas. Esa visión, tan recurrente en novelas y películas de la época, estaba basada en la idea de que nuestra evolución iría de la mano del aumento de nuestra capacidad cerebral, donde la tecnología nos haría pensar más, resolver problemas complejos y procesar información a niveles que hoy solo podemos imaginar. Se pensaba que, a medida que la sociedad avanzara, nuestras herramientas cognitivas nos obligarían a desarrollar un cerebro más grande y eficiente, mientras que el cuerpo, relegado a tareas físicas simples y rutinarias, se volvería más ligero, fino, casi frágil. La fantasía de la literatura de aquella era, en esencia, una utopía intelectual donde la mente humana dominaría la realidad, la manipularía, la reorganizaría, y donde los avances tecnológicos nos obligarían a ser seres más inteligentes, más sofisticados y más pensantes.
Sin embargo, la realidad del siglo XXI parece moverse en una dirección diametralmente opuesta. Mientras que el imaginario del siglo pasado apostaba por una humanidad de grandes cerebros y cuerpos esbeltos, la tendencia observada en las últimas décadas apunta a que nos estamos convirtiendo en seres obesos con cabezas relativamente pequeñas. Este cambio no se debe a mutaciones genéticas rápidas ni a factores biológicos inevitables, sino a la transformación radical de nuestra relación con el conocimiento y la toma de decisiones donde ya no pensamos tanto, sino que delegamos gran parte de nuestro pensamiento a las máquinas. La inteligencia artificial, los algoritmos predictivos, los asistentes virtuales y los motores de búsqueda han desplazado la necesidad de reflexionar, analizar y memorizar. La información está disponible con un clic, y nuestras mentes, en lugar de ejercitarse para resolver problemas, se han acomodado a recibir soluciones inmediatas y externalizadas.
El contraste es fascinante. En la ciencia ficción, la ampliación de la cabeza simbolizaba la ampliación de la conciencia, la expansión de las capacidades cognitivas. Hoy, la reducción simbólica de la cabeza humana refleja la externalización de la inteligencia. Hemos desarrollado una dependencia tecnológica que cambia no solo nuestros hábitos, sino nuestra anatomía social y, potencialmente, física. La obesidad, que se ha convertido en uno de los problemas más visibles del siglo XXI, no solo es un fenómeno metabólico; es un fenómeno cultural y cognitivo. Nuestro cuerpo se adapta a un estilo de vida en el que la actividad física es mínima y el esfuerzo mental se delega. Comer más, movernos menos y pensar poco son tres caras de la misma moneda: la adaptación a un entorno hiperautomatizado y altamente confortable.
Nuestra dependencia tecnológica redefine la inteligencia humana: ya no es la capacidad de pensar lo que nos define, sino la habilidad de interactuar con sistemas que piensan por nosotros. Nadie está defendiendo volver al río a lavar la ropa existiendo la lavadora o coger el escobillón si hay un robot aspirador en nuestro hogar. Ni tener que encender fuego chasqueando dos piedras habiendo cocinas. Ni siquiera tener hielo o sal para conservar los alimentos si un frigorífico es capaz de hacerlo. No, nadie pide eso. Lo que sí sería lógico pedir es que no se pierda de vista la capacidad de recordar datos, comparar información, analizar contextos y tomar decisiones complejas para seguir manteniendo una autoexigencia en materia de concentración y memoria, utilizando los asistentes digitales como medios y no como fines. De lo contrario, asistiremos a una progresiva atrofia intelectual, donde sabremos de muchas cosas, pero de forma superficial, mientras pensamos menos.