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La nieve como sacramento de las Montañas Sagradas

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Una de las pocas personas que acumulan la mayor cantidad de nevadas en Gran Canaria fue Jaime O’Shanahan, hijo del doctor Rafael O’Shanahan quien destacaría por sus diagnósticos sobre la obra de diversos artistas isleños en sus incipientes carreras, como Oramas, Manolo o Jane Millares. La coincidencia de la procedencia irlandesa del apellido con los Sall, cimentó un afecto mutuo entre mi familia y el médico que se especializó en psiquiatría. Esa amistad continuaría con sus hijos.

Estrechamente vinculado a la vida intelectual grancanaria, colabora en la prensa y con El Museo Canario, sociedad de la que fue presidente y miembro de su junta directiva. Director de Hospital Psiquiátrico, sus aficiones artísticas le llevarían a propiciar el rescate de la Escuela Luján Pérez desde El Museo; propició la creación del Teatro Insular de Cámara y las actividades de las Juventudes Musicales. En cuanto a la literatura, promovió visitas de escritores como Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso o Camilo José Cela, junto a escritores insulares; y los estudios sobre la población aborigen del Archipiélago.

Volviendo a la Cumbre y sus nieves, nuestro personaje y autor de la imagen que ilustra el artículo (Jaime), fue perito agrícola, así como uno de los primeros ecologistas de la Isla y con vocación de fotógrafo. De ahí que fuera un asiduo visitante de la cumbre, desde sus primeros años de trabajo en el Cabildo con el cometido de desarrollar la política forestal de la isla, así como por su participación en la creación del Jardín Canario, junto a su amigo y casi pariente, Eric Sventenius.

El caso es que no pudo evitar emocionarse y atestiguar las nevadas que raramente (una vez por cada década, aproximadamente), cubrían nuestras cumbres. Como la que tuvo lugar en 1950, tal como recoge esta foto realizada por Jaime a su Land Rover y sus acompañantes en el punto donde se encuentra la Degollada de Becerra.

Aquel año, precisamente, dieron comienzo las repoblaciones forestales en la isla, por lo que la siguiente nevada sonada, que tuvo lugar en enero de 1965, nos descubrió a los pequeños que acudimos a ver por primera vez la nieve, aquellos incipientes bosques de pinos que hoy (75 años después) cubren lo que fue el gran páramo que dejó la sobreexplotación de los montes de la isla para la industria azucarera, la construcción, la industria naval (incluida la producción de pez) o para usos domésticos como el carbón de las antiguas cocinas de hierro.

Otro momento en que los registros de lluvia y nubosidad son históricos fue enero de 1994, cuando aquella huelga general contra la reforma laboral. Entonces Jaime ya estaba jubilado, pero su inquietud le llevó a visitar nuevamente aquellos espacios en los que ya los pinos habían reverdecido el paisaje. Ya no se veían lomas de roca cubiertas por la nieve como un páramo mesetario, sino que estaban salpicadas por millares de pinos que había colocado el Cabildo con un esfuerzo descomunal, así como muchos pinos que son parte del recuerdo de miles de isleños acudiendo a la Fiesta del Día del Árbol, impulsada por el Grupo Universitario de Montaña y la asociación ecologista Ascan.

Hoy la cumbre es conocida mundialmente como las Montañas Sagradas de la Unesco, y nosotros la cantamos como el «Altar de mi tierra amada», donde Jaime oficiaba el sacramento de la nieve.