Cientos de personas se reúnen en la Universidad de Navarra para mostrar su repulsa al atentado
El silencio que ha rasgado el aire a las 12.00 de la mañana de este viernes en la Universidad de Navarra ha sido sobrecogedor. A esa hora, una multitud de estudiantes, profesores y trabajadores de la institución se han reunido bajo un cielo lluvioso para escuchar las gotas de agua al caer sobre sus paraguas.
Han sido solo cinco minutos de protesta, de silenciosa lucha contra el ruido y la violencia de las bombas de la banda terrorista ETA. No hacía falta nada más porque así es como gritan los alumnos de esta Universidad, así es como le dicen a los terroristas que no tienen miedo ante las atrocidades que quieren cometer y que, en su sexto atentado desde 1979, aún no han logrado.
Joyce Baptista es alumna de 4º de Filosofía y ayer se encontraba presente en una de las clases más castigadas por la explosión del coche bomba, el aula 18. Para ella es un milagro que todos hayan salido con vida, y solo con pequeños cortes como el que lleva con orgullo en la mejilla derecha. Ante la concentración que hoy se ha vivido en repulsa del atentado opina que “ETA no siente ningún amor por este país ni por el País Vasco, porque saben que en nuestra Universidad también estudian personas de Bilbao, Vizcaya y todas la comunidades vascas”. Ante el sobrecogedor silencio que ha mantenido con el resto de compañeros de la Universidad solo puede afirmar que ahora “nuestra lucha es silenciosa, pero el día en que salgamos de aquí va a ser muy activa”.
Lidia Pastor, compañera de Joyce y estudiante de la misma carrera, ha sentido “rabia e impotencia”. Ayer le tuvieron que dar siete puntos de sutura en el muslo por un cristal que se le clavó en la explosión y esta mañana, más tranquila, ha visto como los estudiantes buscaban durante el silencio a compañeros y amigos de los que todavía no sabían nada para asegurarse de que estaban bien. Ayer por la tarde su plan era irse a Zaragoza, su ciudad natal, pero al enterarse de la concentración convocada por el Rector de la Universidad cambió de resolución: “Me tengo que quedar aquí”.
Un nuevo comienzo
Ahora la Universidad intenta volver a la normalidad. Esta mañana ya se habían cambiado multitud de ventanas y cristaleras. Los alumnos volvían a clase con normalidad, sin miedo y con la esperanza de continuar el curso sin ningún sobresalto más. Sin embargo, la peor parte se la ha llevado el ala este del edificio Central. El fuerte olor a humo que impregna el ambiente escuece hasta en los ojos y todo el pasillo contiguo a la pared en la que explotó la bomba ha quedado ennegrecido por el efecto de las llamas. Las habitaciones afectadas están completamente calcinadas y los bomberos, los GEO y la policía científica se afanan en buscar pruebas, limpiar los escombros y calibrar la peligrosidad del lugar.
Ramón Peró también se encontraba presente en el aula 18. Todas sus pertenencias se quedaron allí: el abrigo, el portátil, la carpeta y las llaves. Al ir a buscarlo hoy ha entrado de nuevo en la clase que le vio salir ileso tras la explosión. Es incapaz de reconocer la estancia. Afirma que todo ha quedado “destrozado, todo lo que queda son escombros”. Y es incapaz de entender cómo “después de lo ocurrido alguien haya podido sobrevivir a semejante destrozo. Eso no era una habitación, era un desastre”.