Guía para un fin de semana en Avignon: la ciudad monumental de la mano de los papas rebeldes

En plena Provenza francesa se encuentra la ciudad que se atrevió a desafiar a la mismísima Roma. No es una ciudad grande. Ni siquiera mediana. Pero sus viejas iglesias monumentales, sus palacios y sus casas de piedras pardas adornadas con ventanas pintadas de colores pastel nos ponen en la pista de viejos tiempos de gloria que coinciden con la edad en la que los hombres construían sus templos mirando hacia el cielo. Desde la orilla norte del famoso Ródano (es una muy buena idea iniciar la visita en el Chemin des Berges -Isla de  Barthelasse-), la ciudad es achaparrada y recogida (ver iconos azules en el mapa). Entre la masa de piedras pardas apuntan algunas agujas y grandes moles en forma de torres, muros y almenas que ponen de manifiesto la maestría de los canteros y el carácter de fortaleza de una plaza que vivió sus años de gloria amenazada por Roma y el Reino de Francia. Si una ciudad puede explicarse por su contexto, esta es Avignon.

Hasta el Puente de Avignon, un alarde de la ingeniería medieval truncado parece reforzar esa idea de ciudad amenazada y asediada. Pero la realidad es que el puente (que tiene hasta una canción popular muy famosa en el país -Sur le pont d'Avignon-) perdió 18 de sus 22 sus arcos en 1660 tras una crecida catastrófica del Ródano. Y cuando eso pasó, las aguas de la religión (que suelen ser mucho más violentas que las que lanzan los elementos) ya no estaban furiosas por culpa de Avignon (eran los tiempos de la Contrarreforma protestante). La tormenta que configuró los tiempos de gloria de Avignon se desencadenó en 1309 y culminó en 1417: en una primera fase se trató de una ‘mera mudanza’ pero a partir de 1378 la cosa se puso fea con un verdadero cisma en el que había dos papas que rivalizaban entre sí: el de Roma y el de la propia Avignon. Lo que viene a ser un quilombo.

Pero para la ciudad este fue un periodo de esplendor que dejó una huella en forma de obras de arte y grandes monumentos que aún hoy asombran. La ciudad creció en torno a la sede papal llenándose de palacios y casonas de relumbre con fachadas preciosas y patios divinos. Y el eje de toda esa gloria fue (y aún es) el Palacio Papal (Pl. du Palais), el edificio gótico civil más grande de Europa. Este enorme complejo palaciego se erigió entre 1335 y 1352 para servir de residencia del papa y se ha convertido en uno de los monumentos más visitados del país. Es un edificio imponente: contiene una veintena de grandes salas con pinturas murales de entre las que destacan El Gran Tinel (sala de banquetes) y la Sala del Gran Público. Los otros dos grandes espacios del palacio son la Gran Capilla Clementina y el Claustro de Benedicto XII. En este palacio residieron un total de cinco papas oficiales y todos los antipapas del cisma.

La Plaza del Palacio (Place du Palais) articula el gran centro monumental de la ciudad compartiendo espacio con el otro gran edificio que ejemplifica el pasado de Avignon como sede de la Iglesia Católica: Catedral de Notre Dame des Doms (Pl. du Palais). El edificio parece poca cosa si la comparas con la mole gótica del Palacio Papal, pero engaña muchísimo. Estamos ante una iglesia de origen románico, aunque con muchos añadidos: el más reciente la enorme efigie de la virgen de casi ocho metros de alto que deja ver su intenso brillo de plomo dorado desde media ciudad. Por dentro hay que destacar dos tumbas papales: la de Benedicto XII y el espléndido mausoleo gótico de Juan XII. No dejes de ver la Capilla de La Resurrección y recrearte con los detalles del coro de madera.

El entorno de la plaza aglutina otros puntos de interés que ponen de manifiesto la importancia del espacio durante la Edad Media. Más que recomendable es ascender por la callejuela de Pente Rapide (literalmente sube rápido) para explorar calles bonitas como La Balance o Grande Fusterie para terminar el vagabundeo en la Puerta du Rhone (Puerta del Ródano), una de las entradas de las potentes murallas medievales del burgo. Desde aquí (Rue Ferruce) puedes acceder al arranque del viejo Puente de Avignon y recorrer algunos metros hasta la Capilla de San Nicolás, una preciosa construcción románica del siglo XII que según la tradición está sobre la tumba de San Bénézet, un simple pastor que según la leyenda, inició las obras de construcción del puente por mandato divino.

El Petit Palais y el Jardin des Doms.- Para terminar esta primera jornada de paseo por la vieja Avignon volvemos al entorno de la Plaza del Palacio para visitar el contrapunto menor y renacentista a la gran sede de los papas. El Petit Palais -pequeño palacio- cierra la gran plaza por su extremo norte y conecta el área simbólica del poder papal con las callejuelas que conducen a la Puerta de Rocher, entrada principal de la ciudad desde los ‘quais del Ródano’. El palacio data de los momentos previos al Cisma de Occidente, pero las guerras lo dejaron muy mal trecho y lo que podemos ver hoy es una reconstrucción renacentista de principios del siglo XVI. El palacio es una maravilla y sirve de museo. Un museo imprescindible ya que no sólo posee una colección única de la llamada Escuela de Avignon (los artistas que se asentaron aquí buscando los parneses del papado) sino algunas obras maestras del renacimiento temprano italiano incluyendo una de sus grandes obras maestras: La Virgen y el Niño de Boticelli.

Junto al Petit Parlais se encuentran los Jardins de Doms, que ocupan una buena porción de las antiguas plataformas y huertos que se encontraban junto a las murallas. Este parque público diseñado a la inglesa tiene agradables paseos arbolados y hasta el único viñedo urbano de toda Francia. Acércate al Belvedere sobre el Ródano para ver unas buenas vistas sobre el propio río y, también, una panorámica general de las antiguas defensas medievales del burgo. Antes de bajar a los paseos que hay junto al Ródano (Quai Joël Bameule) date una vuelta por una de esas joyitas escondidas que tanto nos gustan.

La Capilla de los Penitentes Negros (Rue Banasterie, 57) una pequeña maravilla que servía de capilla a un convento desaparecido tras la Revolución Francesa (se convirtió en cárcel). Por fortuna, este pequeño templo construido en el interín entre el último Renacimiento y el primer Barroco se salvó y sigue siendo uno de los edificios más bellos e impresionantes de la ciudad: por fuera bonito, por dentro brillante.

Para terminar este primer paseo propuesto puedes callejear por los alrededores de la capilla y salir hacia el río por la Puerta de la Line o la de Saint Joseph. Si te quedan ganas de un poquito más de patrimonio religioso antes de abandonar las murallas puedes visitar el Claustro del Convento des Carmes (Plaza des Carmes, 14), que se encuentra en un entorno muy bonito de callejuelas presididas por la propia Plaza des Carmes.

Fotos bajo licencia CC: Dano; Patrick; Poom!; Shadowgate; François Schwarz; Pierre Doyen