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Los científicos que investigan el secreto de los 'supercentenarios': “Tener una actitud positiva es mucho más importante de lo que creemos”

Sandra Vicente

Barcelona —
9 de octubre de 2026 22:40 h

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Cuando Maria Branyas era una niña, los yogures eran considerados un medicamento. Se vendían en la farmacia como un remedio intestinal, no como alimento. Esta mujer consumió muchísimos y, hasta que murió, conservó la costumbre que le inculcó su madre de comer tres al día. Y, según ella, fueron la razón por la cual llegó a vivir 117.

Maria, que durante casi un lustro fue la mujer viva más longeva del mundo, era ‘supercentenaria’. Nació en 1907, justo un año antes de que Iliá Méchnikov ganara el premio Nobel por una investigación que relacionaba la longevidad en Bulgaria con el consumo de lácteos fermentados. Fue él quien descubrió el Lactobacillus bulgaricus, que ayuda a mejorar la microbiota y, con ella, el sistema inmunológico y digestivo.

En ese momento, el consumo de yogures en el mundo se disparó. Igual que cuando Maria Branyas dijo en una entrevista poco antes de morir que su secreto para una vida larga era comer muchos lácteos. Sus palabras provocaron un gran revuelo, tanto que La Fageda, la marca que consumía, llegó a aumentar un 5% sus ventas en los meses posteriores. ¿Quién no querría vivir 117 años?.

Al recordar ese episodio, el doctor Manel Esteller, catedrático en Genética y director del Grupo de Epigenética del Hospital Sant Pau, no puede evitar reírse. “Las respuestas nunca son tan sencillas, por mucho que así nos gustaría que fuese”. Él conoce bien los motivos tras la longevidad de Maria, porque estuvo dos años estudiando su genoma junto al investigador Eloy Santos.

Extrajeron muestras, la observaron por dentro y por fuera para intentar desentrañar los secretos, si no de la vida eterna, de una muy larga. Los resultados se publicaron en un estudio en 2025 y ahora han tomado forma de libro. Historia de una supercentenaria (RBA, 2026) es la traducción a un lenguaje accesible de esa investigación, publicada en la revista Cell Reports Medicine.

“Estos conocimientos no se podían quedar sólo en el campo científico, explica Santos, que destaca este como uno de los trabajos ”más personales“ que ha hecho jamás. El equipo estuvo más de dos años acompañando a Maria, recogiendo muestras de saliva –y de todos sus demás fluidos–, así como haciéndole entrevistas, observando su entorno y conversando con ella. ”Normalmente, analizamos grandes volúmenes de datos, pero no conocemos a la persona. Y eso no sólo es bonito sino necesario, porque nos recuerda para quién trabajamos“, sostiene Santos.

Una centenaria superviviente al Covid

Maria Branyas llegó a formar parte del 0,04% de la población que recibe el título de 'supercentenaria', manera en cómo se conoce a quienes viven más de 110 años. Y a ella no le tocaron unos fáciles: nació en San Francisco (Estados Unidos) aunque al poco tiempo su familia regresó a Olot (Girona). El viaje de vuelta fue una serie de calamidades: su padre murió de tuberculosis, mientras que ella quedó sorda de un oído tras caer por la cubierta del barco.

De vuelta a Catalunya, sobrevivió a la guerra, pero también a la gripe española y, más de un siglo después, al Covid-19, del que llegó a contagiarse cuando ya había superado los 110 años. ¿Cuál fue el secreto de Maria para vivir tanto y tan bien? Porque además, la muerte la halló en paz en su cama, conservando sus capacidades cognitivas y sin ninguna enfermedad grave.

Esteller y Santos la definen como “superúnica”. Murió con 117 años, pero su edad biológica era de 97. Es decir, que su cuerpo el de una persona 20 años más joven. Sus células no habían envejecido como lo hacen las de alguien normal y su función cerebral, cardíaca y su metabolismo se habían mantenido inusualmente en buen estado.

“No es que le tocara el gordo de la lotería, cosa que es muy difícil. A María le tocaron muchos premios menores”, explican los investigadores. La clave de su longevidad se encuentra en una mezcla de buenos genes, un metabolismo más adaptativo y un perfil inmunológico preparado para lo que viniera y para prevenir el desarrollo de enfermedades autoinmunes.

Eso explica que superara la gripe española de niña y la Covid siendo ya muy anciana. De hecho, los investigadores apuntan a que sus células seguramente se enfrentaron a muchas otras enfermedades que no llegaron a presentar síntomas porque sus células las reconocieron y combatieron con mucha premura, otorgándole anticuerpos que la mantuvieron muy protegida.

Cuando se avanza en edad, el sistema inmunológico “se vuelve un poco tonto y empieza a atacarnos aleatoriamente, pero el de Maria, no”, cuenta Santos. El suyo, por contra, tenía “memoria” de otras infecciones previas superadas. Además de eso, contaba con una microbiota “envidiable”. Las bacterias de su estómago eran “privilegiadas”, lo que le llevó a tener un buen sistema antiinflamatorio.

Ahí toman importancia los famosos yogures que consumía. “Comer muchos lácteos no te hacen inmortal, pero es algo que ayuda”, apunta Esteller. Estos alimentos contienen bacterias y sustratos que amplían la flora digestiva. “En el estómago se entrena el sistema inmunológico”, sostiene.

Los investigadores apuntan a que “tener mucha suerte genética es difícil”, por eso lo que haga cada quien con su vida y su cuerpo, cuenta. “Tus hábitos pesan un 50% en esta apuesta”, sostiene Esteller. Maria comía bien, hizo ejercicio y salió a caminar hasta poco antes de morir y, además, mantuvo una vida social activa, siempre rodeada de su familia. “El simple hecho de socializar y tener una actitud positiva es mucho más importante de lo que creemos”.

A esta ruleta, además de las cartas genéticas y las de los hábitos, hay que sumar el contexto ambiental. Por mucho que nos cuidemos y que tengamos un organismo privilegiado, si vivimos en un lugar con temperaturas extremas o muy contaminado, nuestra esperanza de vida se verá reducida. “Son muchísimos factores difíciles de controlar”, sostiene Santos.

Además, a medida que van pasando los años, el riesgo aumenta. Tanto, que la misma Maria, de haber vivido un tiempo más, habría acabado desarrollando enfermedades graves. Así lo muestran los análisis genéticos que se le realizaron: “Tenía una variante genética clásicamente asociada a un mayor riesgo de demencia. Además, seguramente habría tenido leucemia de tipo B”, pronostican los investigadores.

La salud de hierro de Maria no era invencible porque, para desgracia de aquellos que aspiren a ser inmortales, “el cuerpo tiene un límite a nivel cromosómico. Ahora, está alrededor de los 120 años”, apunta Esteller. Son muchos, pero no infinitos y, definitivamente, no están al alcance de cualquiera. Por eso, la industria está estudiando cómo usar la información genética de estos ‘supercentenarios’ para prevenir enfermedades y el deterioro.

“La ciencia del envejecimiento es muy joven en comparación con la que estudia el cáncer o el alzheimer”, lamenta Santos. El motivo es que la legislación actual impide probar fármacos porque la vejez, como tal, no se considera una enfermedad y eso hace que no se puedan realizar ensayos clínicos. “No puedes administrar medicamentos a personas sanas”, resumen los investigadores.

Aun así, se trabaja para inventar terapias que imiten el trabajo que hacen los genes de personas como Maria para ralentizar el avance de ciertas patologías. “En el futuro, seguramente estemos todos secuenciados, sepamos cuántos años biológicos tenemos y a qué enfermedades debemos atenernos”, pronostican. Hasta entonces, la receta que aconsejan los investigadores es sencilla: “Cuidaos todo lo posible”.