Enajenaciones veraniegas

21 de agosto de 2026 12:08 h

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Hace dieciocho veranos, siendo becario en la redacción de un periódico regional, recibí el encargo de escribir una contraportada sobre la visita de un consejero del Gobierno riojano a los jóvenes que participaban en un campamento de verano en Castellón. Si la memoria no me falla, hablé por teléfono con el consejero en cuestión durante su visita, y él mismo me pasó con uno de los chavales para facilitarme un testimonio directo con el que completar la noticia.

Pero el recuerdo que mejor conservo de aquel encargo es el síndrome de la página en blanco que sufrí al escribir el artículo: aunque tenía varias declaraciones y algunos datos generales sobre el programa de campamentos del Gobierno, no conseguía encontrar un ángulo noticiable que diera a la contraportada más interés que la anecdótica visita. Después de varios intentos, y urgido por la necesidad de cerrar la página en hora, llegué a la conclusión de que mi bloqueo mental estaba relacionado con la responsabilidad que implica la autoría y pensé que, si tomaba distancia del texto y dejaba de sentirme su autor, sería más sencillo escribirlo.

El resultado fue un artículo titulado “Vacaciones para recordar” que arrancaba calificando la visita del consejero como “muy especial” y que apareció publicado sin firma, no como muestra de protesta, sino como técnica psicológica para superar el bloqueo de la página en blanco. No sé si aquellos jóvenes recordarán todavía sus vacaciones de 2008 en Castellón, como prometía el título, ni si la visita del político regional les pareció especial o más bien anodina, pero lo bueno de enajenarse como autor es que, al fin y al cabo, ¿a quién le importa?

El caso es que hoy en día, gracias a la inteligencia artificial, esa técnica de sustraerse como autor se ha perfeccionado sustancialmente: ahora es posible no solo aligerar el peso de la responsabilidad sino también eludir la tarea engorrosa de tener que escribir como si fueras otro o nadie. Una escritura despersonalizada, requerida en muchos casos por obligaciones laborales, que ni es nueva ni ha aparecido repentinamente con la IA. Y, sin embargo, muchas reflexiones sobre los riesgos de la inteligencia artificial —que ciertamente son numerosos e inquietantes— parecen asumir un pasado idealizado en el que la escritura ha sido siempre un ejercicio personal y humanizante. Cuando el filósofo francés Éric Sadin advierte que el uso de sistemas de inteligencia artificial para escribir discursos políticos acarrea “el riesgo de desnaturalizar el espíritu en sí de lo político”, no puedo evitar pensar también en el alivio para esos escribientes en la sombra obligados durante años a producir manualmente discursos y discursos llenos de palabras vacías.

Pero volviendo a mi propia enajenación de hace dieciocho veranos, el omnipresente consejero que protagonizó aquella contraportada, en la que aparecía sonriente mientras una joven le pintaba la cara en el campamento (la foto era lo más atractivo de la página), ha dado el salto a las contraportadas de los periódicos nacionales como divulgador de la cultura clásica y experto en oratoria. Una progresión vital digna de un artículo con gancho asegurado sin necesidad de enajenarse como autor ni de buscar ayuda en la inteligencia artificial.