Holanda, Alemania o Japón: ¿por qué hay selecciones que visten de un color que no aparece en su bandera?

En el fútbol de selecciones, los colores de las camisetas no siempre van de la mano de las bandera, y en este Mundial 2026 lo estamos viendo. Holanda viste de naranja teniendo una bandera roja, blanca y azul. Alemania juega de blanco defendiendo una bandera negra, roja y amarilla. Japón es azul cuando su bandera es blanca con un círculo rojo. Y Australia viste de amarillo y verde teniendo una bandera que todavía lleva la Union Jack británica. Detrás de cada uno de ellos hay una historia, casi siempre política, casi siempre centenaria, que sobrevivió mucho más tiempo que la propia bandera que debería representar.

El caso holandés es el más conocido. El naranja se debe a la dinastía de Guillermo de Orange-Nassau, figura clave en la independencia de las Provincias Unidas frente al dominio español en el siglo XVI. La primera bandera neerlandesa, la Prinsenvlag, era precisamente naranja, blanca y azul. El rojo sustituyó gradualmente al naranja entre 1630 y 1660, simplemente porque las tinturas naranjas de la época se desteñían con facilidad y acababan tomando un tono rojizo. El color desapareció de la bandera pero nunca de la identidad nacional: sigue presente en el Día del Rey y, desde la década de 1930, en la selección de fútbol, a la que se concoe popularmente como la Naranja Mecánica.

Alemania tiene una explicación parecida pero de origen distinto. Su bandera es negra, roja y amarilla, pero la selección viste de blanco. La razón está en el Reino de Prusia, que gobernó parte del territorio alemán hasta 1918 y cuya bandera era blanca y negra. La Federación Alemana de Fútbol se fundó en 1900, cuando esos colores prusianos todavía representaban a buena parte del país, y se quedaron ya por tradición. Ni siquiera cambiaron cuando Alemania quedó dividida tras la Segunda Guerra Mundial en distintos estados y selecciones.

Italia, España y la herencia de las casas reales

Italia viste de azul en honor a la Casa de Saboya, la dinastía que unificó el país en 1861, en lugar del rojo, blanco y verde de su bandera. Algo parecido le ocurre a España: con camiseta roja, lo lógico sería un pantalón amarillo, pero en su lugar usa uno azul basado en la bandera de la Casa Real española. El dato curioso es que, al terminar la Guerra Civil, España pasó a vestir de azul marino por completo y mantuvo esa equipación hasta 1947, porque el rojo se asociaba entonces con el bando republicano.

El caso de Japón es el más enrevesado de todos. Cuando se formó la primera selección nacional en 1930, la mayoría de sus jugadores procedían de la Universidad Imperial de Tokio, que vestía de azul claro. Tras ganar con esa camiseta en los Juegos del Lejano Oriente de aquel año, el color quedó asociado a la buena suerte. Japón probó después el rojo y blanco, los colores reales de su bandera, durante buena parte del siglo XX, pero los resultados deportivos no acompañaron, lo que acabó instaurando la creencia de que el azul era el único camino al éxito. En 1992 la federación decidió fijarlo de forma definitiva.

De Australia a Austria: identidad propia y rivalidades resueltas

Australia es uno de los ejemplos más claros de todos. Su bandera lleva la Union Jack británica, pero la selección viste de amarillo y verde, colores inspirados en la acacia dorada, la flor nacional del país. Esos colores son oficiales desde 1984 y se usan también en rugby, cricket, baloncesto y atletismo, en un gesto que muchos australianos interpretan como un rechazo simbólico al pasado colonial.

El caso de Austria tiene una explicación un poco cómica. Durante todo el siglo XX usó una camiseta blanca con pantalón y medias negras, prácticamente igual a la alemana. No fue hasta 2004 cuando el entrenador Hans Krankl decidió invertir los papeles y convertir en titular el kit rojo-blanco-rojo, el de su propia bandera, dejando el negro como alternativo.

Hay otro caso curioso que tiene mucho que ver con un tema logístico. Venezuela, la Vinotinto, lleva ese color borgoña desde los Juegos Bolivarianos de 1938, cuando la Guardia Nacional le cedió sus uniformes de ese color porque la federación no disponía de equipación propia. Aquí no hay simbolismo posible, simplemente una anécdota de vestuario que noventa años después sigue siendo la seña de identidad de toda una selección.