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Cállese, cristiano

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Esa autodenominada Asociación de Abogados Cristianos ha vuelto a amenazar al drag-queen ganador del año pasado con una querella por mofa de los valores religiosos por representar la última cena. Estos abogados cristianos son unos auténticos pesados.

Ya en 2017 demandaron al drag Sethlas por ofensas contra el catolicismo, pero afortunadamente los jueces no vieron nada punible. Este año, Sethlas se despidió igual que cuando se presentó: provocando. Porque al fin y al cabo esa es la razón del Carnaval: la provocación y la transgresión. Estos abogados pazguatos pretenden que se castigue y condene a un carnavalero por el hecho de serlo. La cuadratura del círculo.

Provocar es lo que ha hecho hace unos días Irene Montero, la portavoz parlamentaria de Podemos, cuando sacó a relucir el término portavoza, enfrentándolo al portavoz neutro de toda la vida.

La mayoría, sobre todo el sector más machista y misógino de la población, se ha lanzado a degüello contra Montero, tomándola como una vil ignorante, como ocurrió con la exministra Bibiana Aido cuando dijo aquello tan malsonante de miembros y miembras. Lo que hoy suena mal, mañana suena bien, o al menos no produce estridencias. Antes nadie decía jueza o concejala porque a ellas mismas les chirriaba, pero hoy casi todo el mundo lo ha asumido e incorporado.

Los más sorprendidos se han rasgado las vestiduras con la ocurrencia de Montero sin darse cuenta de que ella lo dijo adrede para provocar a inmovilistas y reaccionarios. Lo importante no era la palabra sino la provocación al debate público sobre la masculinización del lenguaje, donde todos incluye a ellos y a ellas, aunque ellas se sientan ninguneadas con toda razón.

Cuando una portavoz dice portavoza y la gente le afea sin más la expresión es porque muchos se quedan en las formas sin profundizar en el fondo. Es propio de aquellos que, cuando señalas la luna, se fijan en el dedo y no en el astro. Al fin y al cabo los que cambian el lenguaje son los hablantes activos y no los oyentes pasivos. La Real Academia Española de la Lengua ha incorporado anglicismos y palabras que hasta ayer nos sonaban a chino. Quizá ya sea hora de ser menos académicos y más callejeros.

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