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Enterremos la triple paridad

La singularidad de la distribución territorial del poblamiento merece también un trato diferenciado en su representatividad

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Con las recientes elecciones autonómicas se ha reactivado el debate recurrente sobre la oportunidad de acometer la reforma electoral en Canarias acabando con la triple paridad.

Quiero aportar alguna opinión al respecto, pero antes de entrar en materia, permítanme subrayar un recordatorio: cuatro días ante de las votaciones el Círculo de Empresarios de Gran Canaria puso en marcha una campaña de propaganda urgente con evidente trasfondo político contra CC, que acabó demostrando (igual que en el caso de otra anterior sobre las prospecciones petrolíferas) que el servilismo circular hacia el PP y Soria está muy alejado de la ciudadanía y, visto el 24M, también de los votos. No vale la pena profundizar sobre el interés urbanístico y cementero que el Círculo encierra en su argumentación. Sí, señalar el peligro que para la identidad autonómica conlleva el insularismo burgués y pleitista que les activa… si algún día encontraran con quien entenderse más allá de Soria.

Sobre la reforma electoral, comparto la necesidad de rebajar o eliminar topes electorales para acceder al Parlamento de Canarias. No sé muy bien cuál sería el límite, si es que debe haber alguno, pero evidentemente puede y debe hacerse.

Estoy también de acuerdo en valorar la posibilidad de eliminar la triple paridad… en dos de sus condicionantes: los referidos a la necesaria igualdad en el Parlamento del número de diputados procedentes de las dos provincias; y también al requisito de equilibrio numérico en la Cámara ente diputados procedentes de las islas capitalinas. ¿Estamos todos de acuerdo? No hay ninguna justificación lógica para mantener la tensión del pleitismo capitalino en el Parlamento de Canarias. Ni si quiera para mantener la tirantez interprovincial burguesa del siglo pasado.

Ahora bien, los vecinos de las islas no capitalinas, que acumulamos experiencias transmitidas por nuestros mayores, sabemos bien lo que significa que podamos elegir el mismo número de representantes al Parlamento que las dos islas capitalinas. Es una conquista histórica que llegó con el Estatuto de Autonomía y con la Democracia, y a la que, por responsabilidad generacional no estamos autorizados a renunciar, ni tenemos intención de hacerlo. Al menos quien escribe

Ni aquí, ni en ningún sitio, los votos de distintos ámbitos territoriales tienen idéntico valor representativo. La razón es bien sencilla. La singularidad de la distribución territorial del poblamiento merece también un trato diferenciado en su representatividad.

¿O acaso es casualidad que las verdaderas inversiones en materia de aguas, infraestructuras, educación o sanidad comenzaran a llegaran a las islas no capitalinas tras la creación de la Comunidad Autónoma y el establecimiento de la paridad?

La defensa de la igualdad entre islas capitalinas/no capitalinas es irrenunciable como herramienta que, bien ponderada, permite que la voz y el peso de estas islas sea valorado. Y es además la garantía de que en el Parlamento Canario, y a través suyo ante el Gobierno de Canarias y el de Madrid, los vecinos de las islas no capitalinas podemos opinar e influenciar sobre asuntos que afectan a nuestra propia forma de vida, por encima de imposiciones ajenas.

Un ejemplo reciente lo tenemos en la disputa por la implantación del desarrollo petrolero en aguas de las islas. Con un gobierno central sometido a los intereses de una multinacional y con unas instituciones empresariales capitalinas empichadas, sin el peso parlamentario y sin la contundencia de las instituciones locales habría sido casi imposible posicionar con claridad al Parlamento.

Igual que hace más de un siglo Manuel Velázquez y su Plebiscito plantearon una reformulación revolucionaria de la representatividad de las islas, unidas, pero no sometidas a los intereses de los grupos de poder capitalinos, lo que no podemos permitir ahora es que este avance revolucionario de la paridad sea perseguido y eliminado para plantear una nueva estructura de representatividad en el Parlamento que, al fin y al cabo, conllevaría volver a lo de siempre: al centralismo capitalismo.

Contra el gigantismo del debate político y de las consignas que transmiten los círculos de poder capitalinos, debemos hacer valer más que nunca el localismo bien entendido como el derecho a opinar sobre nuestro entorno y nuestra forma de vida, y a que esa posición sea escuchada y atendida con el valor justo.

Y, sobre todo, lo que no podemos aplaudir son pasos atrás en la historia de estas islas como el que se plantea con el debate sobre la eliminación de la triple paridad. Si hay que eliminar paridades, que sean las que responden al arcaico equilibrio provincial y entre capitales alimentadas por un pleitismo burgués artificial, ideado y sostenido para desviar la atención social sobre los verdaderos problemas de Canarias.

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