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Miguel y José Manuel

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Y parecía cierto. Ellos eran algo así como el Club Billdeberg canario. Si la formidable organización que según algunos expertos en lobbys ordena el mundo desde la sombra invitara a sus inquietantes reuniones anuales a alguien con el suficiente pedigrí local para inversiones multimillonarias en el Archipiélago, sin duda Miguel y José Manuel hubiesen estado al lado de Rockefeller velando por el Nuevo Orden Mundial. Y los demás también lo vieron. Fue una alucinación colectiva y fue esa ansia de correr tan de nuestros empresarios que enseguida, cuando el viento anuncia un cambio de rumbo y un reinado concentrado en muy pocos, se lanzan a halagar la vanidad de los monarcables, embriagadora vanidad que, como todos sabemos, es una de las armas defensivas más terribles que se conocen. Hoy esos mismos empresarios se alejan a galope tendido, no sea que les alcance un tiro en la balacera. De los dos, José Manuel necesita del elogio y el vasallaje mucho más que Miguel, que no le importa vestir con vaqueros, mostrar cierto desaliño en el aspecto, y rodearse de gorrones que no paran de darle consejos sobre esto y aquello, y así hasta las tantas de la madrugada. José Manuel se muestra con trono incluido. Al sentarse hay un trono preparado para él, y si no lo hay él transforma su cuerpo en un hombre enhiesto y rígido dirigiendo el universo, Miguel busca el cariño en los demás, José Manuel la sumisión. Se nota que a Miguel le dieron besitos y afectos en la niñez, y a José Manuel no sé que le dieron. Vaya, a medida que escribo el artículo me percato de que sale mejor librado Miguel que José Manuel. Y es que Miguel parece humano y José Manuel una piedra. Mis enemigos dirán que siendo lo de Miguel tan grave o más que lo de José Manuel ni siquiera en esto soy imparcial. Ya me gustaría a mí ser imparcial, neutral, aséptico, con el corazón de una patata. También ciego y sordo para no ver ni escuchar nada ni de Miguel ni de José Manuel ni de nadie. Y, por lo tanto, quedarme quieto parado, con cara de alelado, mirando el firmamento y oliendo el invierno. Si el concurso eólico no lo hubiesen frenado los tribunales, ni Alberto Santana hubiera convocado aquella rueda de prensa donde explicó urbi et orbe que el juez Parramón había admitido a trámite su querella, tal vez hoy en Gran Canaria estaríamos hablando de que también cayó en las redes de la justicia un tiburón blanco. En cualquier caso Miguel y José Manuel, el Futuro, son casi casi el Pasado. Y sólo han pasado tres años de aquellos sus días de gloria y de autocolocarse Miguel presidente de Canarias en 2007, y autoproclamarse José Manuel presidente de Canarias en 2011. Por supuesto que lo iban a engañar como a un chino, como le ocurrió con la UPN, y los apartheids regalados, que tan bien le vinieron a ATI, de Guigou y Fernando Fernández, por eso insistí en lo de su macrovanidad y en lo que le encanta a José Manuel inflarse con el aire de la celebridad. Está empezando el strip-tease y Miguel y José Manuel sólo se han quitado la corbata, la americana, un zapato y un calcetín. Se querían y se buscaban para apoyarse mutuamente. Y hay que ver lo similares que son. Cuando les contemplemos desnudos, cada uno con lo que es y ninguno sin su trono o sus vaqueros, puede que no les distingamos.

Francisco J. Chavanel

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