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Pelea de gallitos

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Canarias fue pionera en prohibir las corridas de toros hace 26 años, lo que nos hizo parecer ante España, Europa y el mundo como una comunidad sensible y civilizada. De todas formas, aquello tenía truco porque en realidad hacía tiempo que no se celebraba en las islas ninguna lidia debido a que la población pasaba de ella porque no había ninguna afición ni tradición considerables.

Por otro lado, a los empresarios taurinos les costaba un riñón y parte del otro traer a los animales a las escasas plazas canarias. Además, la mayoría de los toros llegaban mareados de la travesía del barco que los traía desde la Península. O sea, que tampoco debemos ponernos muchas medallas. Menos lobos (y menos toros), Caperucita.

Defender hoy día espectáculos sangrientos y salvajes con animales nos convierten aún en más salvajes y más animales. Ver una corrida de toros desde el tendido ocho, a pleno sol, acabado de comer, haciendo la digestión con unos carajillos y un puro habano de una cuarta, resulta hoy antediluviano, totalmente periclitado.

El político que defienda hoy esa barbaridad está condenado al desastre, no se come una rosca. Los potenciales votantes lo dejarían en la estacada. Igual que los que defienden las peleas de perros o las riñas de gallos, actividades en las que sin embargo sí hay tradición en algunos puntos de las islas.

El Gobierno canario se ha atrevido a coger el toro por los cuernos (o a los gallos por la cresta) y ha iniciado el trámite para modificar la ley de protección de animales e impedir los circos que se montan con ellos. Generalmente los políticos son cobardes, como el dinero, y solo toman decisiones peliagudas cuando están seguros que serán respaldadas por la mayoría de la sociedad.

Esta medida prohibitiva de peleas de gallos tenía que haberla tomado hace muchos años el Gobierno canario, al menos tantos como los 26 que hace que se rechazaron legalmente las corridas de toros. La única diferencia que hay entre ellas es que los toros no son tradición en Canarias y los gallos sí. Si hubiese sido al revés, tenga usted por seguro que hoy seguiríamos con las corridas y no con las riñas.

¿Qué se puede esperar de un ser humano al que le gusta que los gallos se picoteen hasta morir? ¿Qué se puede esperar de alguien que disfruta con peleas de perros que se matan a dentelladas? ¿Qué se puede esperar de un individuo que goza con la sangre de un toro lanceado y picado en una plaza medieval?

Desgraciadamente aún quedan personas así, pero el Gobierno por una vez hace bien en prohibir estos espectáculos tan crueles y dantescos. De todas formas, aunque acabemos con las riñas de gallos aún nos quedarán las peleas de gallitos entre los políticos de un bando contra los de otros para ver quién tiene la cresta más grande. Pero ese es otro cuento, otro circo, este sí aun permitido. O sea, la historia interminable.

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