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La cumbre del G-8

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1.- A la cabeza de la Unión Europea, la propuesta de Alemania sobre cambio climático parte de una evidencia: la grave situación actual anunciada por los científicos convierte “no en una elección sino en un deber” la lucha contra el aumento de la temperatura media en este planeta. Ni en ese punto hubo consenso durante las discusiones previas a la cumbre. Estados Unidos rechazó incluso el término “preocupación”. Prefería otra formulación: “Tomamos nota de las valoraciones recientes sobre cambio climático y los peligros señalados por los expertos.” No hubo texto común, así que carezco del optimismo de algunos, a cuyo entender un arreglo positivo es posible. 2.- Vladimir Putin anunció que si Europa acepta la instalación del “escudo antimisiles”, compartido por la República Checa y Polonia, Rusia montará sus propios artefactos apuntando hacia el Oeste. Vaya por delante que el famoso “escudo” suena a defenderse de un posible ataque, interceptando misiles iraníes (ausentes todavía), pero semejante sonido induce a error. Se trata de un arma de ataque, no de defensa. Una vez instalado el tal escudo, los gringos estarán en disposición de atacar cuando quieran y a quien estimen conveniente, Rusia incluida. Lejos de proteger a Estados Unidos, constituye un instrumento de dominación global. Que George Walker Bush visite a polacos y checos durante este viaje a la cumbre de G-8 (además de pasar por Albania, un aspirante más a ingresar en la decadente OTAN), constituye una provocación para Rusia y un desafío peligroso para la Unión Europea. Este viejo continente parece tan incapaz de mostrar una posición común ante los peligros de otra carrera armamentista por iniciativa estadounidense, como de obligar a Polonia y a la República Checa a dar marcha atrás en una decisión tomada a espaldas de Europa pero que afecta a todos. 3.- Un detalle compasivo debía acompañar a la cumbre. África, otra vez objeto de demagogia. El economista estadounidense Jeffrey Sachs acaba de denunciar a los miembros del G-8 por incumplir su parte prometida para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Estas metas se fijaron colectivamente en 2000 con un plazo hasta 2015, acordándose la aportación de recursos para luchar contra la pobreza, el hambre y las enfermedades. El Banco Mundial reconoce que las inversiones quedaron en nada. El crecimiento de las ayudas totales para el continente africano alcanzó un miserable 2%. La ayuda oficial al desarrollo bajó un 2%. Escribe Jeffrey Sachs en “Deutsche Welle”: “El G-8 prometió aumentar las ayudas para África de 25.000 millones de dólares en el 2004 a 50.000 en el 2010. Esos 25.000 millones de diferencia constituyen menos del 1 por mil de los ingresos de los países donantes. Si se quiere mirar desde otra perspectiva, la cantidad total de gastos por Navidad en Wall Street el año pasado ascendió a 24.000 millones de dólares. La intervención en la Guerra de Irak ascendió a 100.000 millones en el mismo año.” Y aún falta la concreción de aquella miserable ayuda prometida. Sobre África no lloverá café desde la cumbre alemana del G-8.

Rafael Morales

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