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Algunos peajes

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Bailarina exótica y modelo de la revista Playboy, la vida de Anna Nicole Smith cambió por completo cuando en un club nocturno conoció en 1994 al millonario y magnate del petróleo J. Howard Marshall, de 89 años. Y se casaron. El matrimonio duró 14 meses, el tiempo que Marshall vivió. Y el hombre debió ser feliz con su rubia conejita, cuando le legó toda su fortuna, valorada en 1.600 millones de dólares. Tal decisión, claro está, despertó las iras del hijo del finado, que entabló con la modelo una batalla legal de ésas que hacen historia en Estados Unidos. Tanto es así, que diez años después, el destino de la herencia sigue sin aclararse. Durante estos diez años, la vida de la rubia admiradora de Marilyn Monroe ha pasado por todo tipo de avatares. Llegó a engordar más de 20 kilos, que después perdió para volver a exhibir su exuberancia en televisión. Tuvo amantes variopintos, y en 2006 se casó con su abogado. Hace cinco meses apareció su hijo, de veinte años, muerto (el joven murió de una sobredosis de metadona que tomaba para superar su adicción a la heroína), en la habitación del hospital donde ella descansaba, tras haber dado a luz a su segunda hija. Una niña que está sometida en estos momentos a pruebas de paternidad, para determinar si su padre es quien dice serlo, dado que, en última instancia ella heredaría la fortuna de su madre. Y es que el jueves por la noche, la propia Anna Nicole Smith apareció muerta en un hotel Hard Rock de Florida, según las primeras conclusiones, ''ahogada en su propio vómito''”. Estaba con su marido, pero el cadáver lo descubrió una camarera del hotel. Hay vidas que parecen marcadas por la mala fortuna, aunque no dudo que esta mujer trazó buena parte de su destino con sus propios andares. No obstante, a los que nos movemos en el grueso territorio de las no celebrities, nos queda el consuelo de que ni el dinero ni la fama constituyen garantía alguna de cierta paz en esta vida. Más bien al contrario. El precio que el balcón del papel couché y los focos de las televisiones pasan a la larga por su atención parece desmedido a todas luces, como hemos comprobado estos días con el fallecimiento de Érika Ortiz. Asistiendo a semejantes historias, la cotidianeidad anónima se torna un dulce refugio, donde uno puede llorar sus miserias, calibrar sus dudas y disfrutar alegrías, amores y pasiones con una libertad que en realidad es impagable. Porque las cosas irán bien o mal, no hay garantías, pero con público, lo cierto es que las malas son mucho peores y las buenas nuevas, a veces, llegan a estropearse cuando demasiados ojos las juzgan.

Esperanza Pamplona

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