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El Ghalli y Elhabib, la cara y la cruz de la patera de Lanzarote

HABLAN LAS FAMILIAS DE DOS DE LOS NÁUFRAGOS, UNO DE ELLOS AÚN VIVO

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A Mbarka Aballat no le quedan lágrimas. Ha llorado tanto en las últimas semanas que se le han secado los ojos. Sentada en el suelo del salón marroquí de su casa, tapada casi por completo con su melfa, nos habla de su hijo, El Ghalli Echine, una de las víctimas de la patera que naufragó este domingo en Lanzarote y que dejó tras de sí 25 muertos, un desaparecido y seis supervivientes.

El Ghalli vivía hasta hace pocos días en Assa, una localidad marroquí situada a 300 kilómetros de Agadir y a unos 400 de Tarfaya, de donde salió la patera de la muerte. No hay que olvidar que es este punto de la costa africana el más cercano a las Islas. De nada les valió. A pocos metros de su meta, les esperaba un golpe de mala suerte.

De Assa salieron también cargados de esperanzas para toda su familia Bojmaa Akhalan y Elhabib Nassiri, de 17 y 16 años. Los tres eran amigos y estudiantes. Buenos chicos, repiten incasables sus familias. Akhalan y El Ghalli no han podido contar la aventura. Ellos son la cara de una historia, su compañero Elhabib es la cruz. Sobrevivió. Y, por su condición de menor, podrá permanecer en un centro en Canarias hasta su mayoría de edad.

"Gracias a Alá, nuestro hijo está vivo, y si Dios quiere en un futuro podrá trabajar y ayudarnos; pero lo que ha hecho es un auténtico suicidio, ahora mismo es como si hubiera vuelto a nacer". Habla el padre de Elhabib, Mouloud Nassiri. Era el único en la casa que no conocía las intenciones del joven. Su madre y su tía fueron las que le ayudaron a preparar el viaje.

"Le grabamos el teléfono en el brazo"

"No las teníamos todas con nosotros, y por si había algún problema le grabé en el brazo nuestros datos, con el teléfono", cuenta orgullosa de su idea la tía, Najat Nassiri. A su lado, los tres hermanos de Elhabib ?dos niños de cuatro y 11 años y una chica de 14- siguen la conversación cabizbajos. Yassine, el de 11, sostiene tembloroso una foto de su hermano y no puede evitar derrumbarse y llorar a lágrima viva. Echa de menos a Elhabib, dice su madre al tiempo que explica que ya han podido hablar con él por teléfono y saben que está bien.

A pocos metros de esta casa, la familia de El Ghalli sufre en silencio. El hijo pequeño, de unos 14 años, Rachid, es duro cuando le preguntan por el viaje de su hermano. Él no estaba de acuerdo. Pero sí sus padres. "Mi marido le daba 35 euros al mes todos los meses para que pudiera ahorrar y coger algún día una patera; mi esposo murió hace dos semanas, y entonces fue cuando decidió que había llegado el momento", relata Mbarka, que dice no tener ni idea de cómo organizó su hijo el viaje o con quién contactó para encontrar un hueco en la patera.

"Encendí la tele y lo supe todo por Al Jazzera". Así se enteró Mbarka de la muerte de su hijo. "Necesitábamos a El Ghalli, era nuestra esperanza". Esta mujer de 49 años asegura con seriedad que nunca permitiría que sus dos hijos pequeños emigraran a España clandestinamente. "Ya llevo en mis espaldas demasiado drama, no podríamos soportarlo". Pero sí que ayudó a El Ghalli.

En Assa, y en muchas otras poblaciones pobres y deprimidas de Marruecos, son los padres los que impulsan a sus hijos a jugarse la vida con la ilusión de conseguir un trabajo, un salario, una fuente de ingresos para sus familias, apunta Mbark Boujdid, de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) en Assa. "Saben que los niños van a centros de menores y no son repatriados, y aquí no hay nada, no hay trabajo, no ven otra salida", insiste.

150 euros para 15 personas

En Assa viven cerca de 14.000 personas y la tasa de paro es el del 70%. No hay agricultura, ni ganadería, ni tampoco turismo o industrias. El padre de Elhabib tiene suerte, es funcionario en la ciudad. Tiene suerte porque tiene trabajo, pero no por lo que cobra: 150 euros, con los que alimenta a 15 personas entre hijos, tías y sobrinas. La madre de El Ghalli pide a las autoridades marroquíes más inversiones en la región y a las españolas que favorezcan la inmigración regular, "como con las freseras que van a Huelva".

Pero, ahora, en la casa de El Ghalli y de Akhalan, lo único que se preguntan es cuándo les devolverán a sus hijos. Cuándo podrán velarlos y enterrarlos en la misma tierra que les vio nacer y de la que partieron con una meta: sacar de la pobreza a sus familias. "Espero que alguien nos ayude, nos han dicho que podría costarnos hasta 3.000 euros, yo nunca he visto tanto dinero junto, está totalmente fuera de nuestras posibilidades".

A falta de identificar a todos los cadáveres, todo apunta a que muchos de los ocupantes de la patera eran de la misma zona. Por el momento, se sabe que otro de los jóvenes era de Guelmin, a sólo dos horas en coche de Assa, y que también había algún miembro de la expedición de El Aaiún. El camino que queda por delante es largo, pero todos esperan que regresen sus héroes para rendirles honores. "Son nuestros ídolos, pequeños, pero nuestros", suspira Mbarka.

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