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Enterrado en los ojos que un día besó (22)

Billy tiró los dos cadáveres al Manzanares. El de la mexicana y el del palmero que fueron detenidos al mediodía en la estación de tren de Chamartín con propaganda de la CNT-AIT.

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Billy tiró los dos cadáveres al Manzanares. El de la mexicana y el del palmero que fueron detenidos al mediodía en la estación de tren de Chamartín con propaganda de la CNT-AIT. Su rabia quedó saciada. Se había liberado de aquella sensación de ridículo que se apoderó de él en La Carmencita, - después de pedirle los pasaportes a los mexicanos y ruandeses- , cuando lo llamó desde Interior, alguien muy por encima suyo, tras una llamada telefónica que un momento antes hizo El Charro, en un descuido de Billy, desde la cocina de La Carmencita, a no se sabe aún quién.

Había decidido partir a Portugal para no ser visto durante unas semanas, -escurrir el bulto-, a pasar el tiempo con algunos colegas, torturadores como él, de la PIDE, la temible policía política del dictador Salazar ¡Dios los cría y ellos se juntan! De camino a Chamartín quiso verle la faz a la calle Augusto Figueroa. Tal como le había dicho uno de sus confidentes, todas las placas de la calle estaban cubiertas por unos carteles de papel con la siguiente inscripción: Calle Sor Ácrata.

Billy vio una silueta conocida dentro de la cabina telefónica desde donde Hiperión llamaba todas las madrugadas a Diotima. Era la de Sor Ácrata, que después de planchar el vestido negro con el que inició a Fernando, -a la espera de ponérselo cuando muriese ese pobre chico-, hizo un cartel con el nombre de él, para pegarlo en aquella cabina, tan cargada de poesía de Hiperión, y en la que Fernando, a los pies de ella, tuvo la mala suerte de caer de cráneo contra la acera.

Billy miró su reloj de muñeca. “Si me paro pierdo el tren. Aunque tengo ganas de decirle dos cosas”. Vio que el cámara de Sor Ácrata le estaba sacando fotos mientras pegaba el cartel con el nombre de Fernando en una de las paredes de la cabina. Billy sonrió recordando la primera vez que interrogó a Sor Ácrata en su despacho de la DGS , cuando ella le preguntó si podía llamar por teléfono  a su fotógrafo. Volvió a mirar su reloj. “¡Que va!” “¡No me puedo detener y bajarme!”. Frenó el coche lo más cerca posible del fotógrafo, bajó el cristal: “¡Dile que lo de ser roja puede tener solución, pero que lo de ser vanidosa, eso no lo tiene!”.

En La Carmencita, Maguisa le preguntó cerca del oído a El Charro, si el mariachi conocía una determinada canción. Se empezó a escuchar la música y luego la voz angelical de Maguisa: Hoy todo me parece más bonito. Hoy canta más alegre el ruiseñor. Hoy siento la canción del arroyito. Y siento como brilla más el sol. ‘Toy’ contento. Yo no sé lo que siento. Voy cantando como el río, como el viento. Como el colibrí que besa la flor en la mañana. Como tarazara que deja su canto en la sabana. Toy contento. Yo no sé qué es lo que siento. Voy cantando como el río, como el viento. Me pongo a cantar, no puedo expresar qué es lo que siento. Pues reviento por las ganas de cantar. Me pongo a cantar, no puedo expresar qué es lo que siento. Pues reviento por las ganas de cantar”

Maguisa los contagió a todos de alegría con aquellas ganas de cantar. Hasta le hicieron el estribillo.   Amparo y  Paloma, (una preocupada por el parte médico de Fernando, y, la otra porque no sabía si Ernesto habría tenido un accidente esquiando en Las Alpujarras), que se habían quedado hablando a solas en la pequeña habitación pegada a la cocina, con una cama, una mesa y un aguamanil, se sintieron atraídas por aquella voz celestial de Maguisa, dejaron la conversación  y se acercaron a ella . Maguisa cantaba como los ángeles, y esa manera de cantar daba pie a pensar que estaba más cerca de ellos que de los humanos.

Carmencita le comentó a Paloma que le iba a traer una sopa de cebollas, que le sentaría muy bien, pues lo curaba todo, desde grandes resacas a cualquier problema, grande o pequeño, bajo estado de ánimo, mal carácter y personalidad difícil. Le preguntó a Amparo si quería seguir comiendo. Amparo le respondió: “¿Por qué no?” A los que  habían acabado el séptimo plato les dijo que el postre iba a tardar un poquito. Y a Constantine, Mikell Norell y Maguisa les comentó que enseguida les traería el quinto plato, el quinto toro de la tarde, rabo de toro.

Maguisa les pidió a Amparo y a Paloma que se sentaran al lado de ella. Les cogió las manos y se las besó. Las miró a los ojos, y pensó bien lo que les iba a decir dentro de un momento. Aunque más bien, aquellas palabras iban a salir casi por si solas, casi sin pensarlo.  Algo que muchas veces parece incomprensible, pero que es totalmente cierto. Maguisa, nacida en un barrio pobre, de una familia pobre, que no pudo ir a la escuela porque tenía que trabajar en su casa, y más tarde en otras casas para ayudar económicamente a los suyos; que era ninfómana, para alivio de muchos, y que un día en Roma, -pienso que solo le podía ocurrir fuera de La Palma- , se le agrandó el corazón tanto o más que su voracidad sexual; que su corazón le hacía  enviar a su familia gran parte del dinero que ganaba en el cine. Este, su corazón, acabó ganándole la partida. Dejó de ser esclava de su furor uterino. Su sexualidad, ayudada por las iniciaciones tántricas con Ninnette, Lissete y El Chivato Tántrico, la puso en Roma al servicio de quien quisiera evolucionar espiritualmente, no del que solo quisiera goce físico.

Maguisa, con la misma voz de ángel que con la que cantó toy contento sembró las siguientes palabras: “Cuando se encuentren en su camino con el dolor, con la adversidad, - aunque ahora mismo les parezca una locura lo que les voy a decir- , no se masturben con él, no lo conviertan en sufrimiento, convertirlo en alegría. Y empezarán  a notar muy pronto la sabiduría que encierran estas palabras. Las semillas que encierran estas palabras empezarán a germinar en el estado de ánimo,  luego se harán flor en el carácter, y más tarde fructificarán en la personalidad. Tómense la vida entera, la dicha y la desdicha, con la misma alegría que la canción que les acabo de cantar, toy contento”.

Se volvió a escuchar la voz de Hiperión: “¡Qué pena haber caído en el tantra negro de Sor Ácrata!  ¡Ninnette, Lissette y El Chivato Tántrico, nos lo advirtieron! ¡Qué ganas tengo de llegar a Tübingen! ¡De que esparzan mis cenizas sobre la tumba de Hölderlin y convertirme ya en un ángel! ¡No soporto más la  existencia! ¡Quiero liberarme de ella! ¡Estar contentos vosotros! ¡Yo no puedo estar contento entre dos dimensiones!”

En Alemania, alguien que había pasado unos años de su vida en La Palma, que había muerto, el mismo día y a la misma hora que Hiperión. Alguien, vuelta cenizas como él, que esperaba que las esparcieran el mismo día y a la misma hora que  las de Hiperión sobre la tumba de Hölderlin, les decía lo mismo a sus familiares y amigos, ese alguien era Sigrid el Ángel Pelirrojo  .

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