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Esa mujer que posa en silencio

Silenciosa y ausente desde la muerte de su esposo, José María Quero, mira el mar y lo que el mar le arrebató. Lo que la isla le arrebató.

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El texto que reproducimos a continuación es el prólogo de la escritora Elsa López al libro ‘El olivo y la flor del ciruelo’, del investigador y cronista oficial de Santa Cruz de La Palma Manuel Poggio Capote, editado por la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico del Cabildo de La Palma. Esta obra es el segundo número de ‘Legajos del Concejo’, una colección que pretende dar a conocer nuevas investigaciones y aportaciones sobre la cultura y el patrimonio de La Palma. 

 

‘Esa mujer que posa en silencio’

 

Esa mujer que posa en silencio en la vieja fotografía color sepia, la cabeza inclinada sobre el hombro derecho, el pelo recogido en una coleta y las manos juntas en el hueco de la falda estampada de flores, es San Mao. Esa mujer de ojos tristes sentada al borde de un barranco que mira el mar desde lo alto de un acantilado al norte de una pequeña isla en medio del Océano Atlántico; que va colocando unas piedras blancas y redondas, unas al lado de las otras, formando caminos que no van a ninguna parte y nadie caminará nunca; que levanta montañas que luego ella misma deshace al tiempo que escribe palabras en cada una de las piedras y las va arrojando al agua, una detrás de otra, esa mujer es San Mao.

Esa mujer que mira a lo lejos y sonríe recordando los días en que aún compartía la vida y los sueños junto al hombre que amaba, es San Mao. Silenciosa y ausente desde la muerte de su esposo, José María Quero, mira el mar y lo que el mar le arrebató. Lo que la isla le arrebató. Y, sin embargo, no puede dejar de sentirse unida a esa isla y a la gente de una ciudad, Santa Cruz de La Palma, que la había acogido con tanto afecto y donde vivió una de las etapas más felices de su vida.

Esa mujer es, era, San Mao. Ella es en nuestro imaginario como esas veladuras que nos permiten intuir, más que saber, lo que es real. Delicada, extraña, distinta a otras mujeres de su tiempo y de su cultura, su nombre, su figura y su historia se nos acercan en esta recuperación de datos, pasajes de su vida, cartas que ella escribió o le escribieron, documentos y citas. Se nos pone delante de los ojos como una fotografía sin tiempo, sin colores brillantes, sin la nitidez de otras escritoras que hemos tenido la suerte de tener más a mano, pero con la exactitud y la medida necesarias para que podamos indagar sobre ella, intentar encontrarla, leerla, seguir sus pasos hasta el lugar donde perdimos su rastro definitivamente.

Elsa López (derecha) el día de la presentación del libro en la Casa Salazar.

Elsa López (izquierda) y Manuel Poggio el día de la presentación del libro en la Casa Salazar.

San Mao nos llega así, quedamente, sin estridencias, como dispuesta a sorprendernos una vez más para que podamos tenerla presente, conocerla y comprender lo que su nombre representa en el mundo de la literatura. Su trayectoria como persona y como escritora es un paso adelante en su país y en el contexto en que se movió, y su valentía y su independencia son las claves para entender su obra no solo en la China sino en el resto del mundo.

San Mao, nacida Chen Ping en 1943 en la China continental y reconocida escritora en Taiwán donde vivió, estudió, y donde llegó a convertirse en una imagen de la nueva mujer china, regresa ahora a nosotros de la mano de Manuel Poggio Capote, un investigador meticuloso que rescata su imagen y su historia para enseñarnos quién fue y qué sucesos la llevaron a La Palma donde transcurrieron muchos días felices y el más triste de su vida: la muerte de quien fue su gran amor ahogado en una playa del norte de la isla. Pasajes de su vida en Madrid, su estancia en el Aaiún en el Sáhara Occidental poco antes de la descolonización española, y su paso por  las islas Canarias, concretamente por la isla de La Palma, son solo unas pequeñas pinceladas de una vida marcada por la alegría y la tragedia.

El amor es el motor fundamental en la vida de San Mao. Sus poemas destilan esa magia y esa fuerza que solo los sentimientos desbordados y la pasión por la vida pueden otorgar a quienes lo padecen. Ella los padeció. Amó y sufrió la pérdida de ese amor casi por igual, y por esa razón nos dejó memoria de lo que esos sentimientos significaron en su obra y en su vida. El José de sus cuentos y poemas y que muchos lectores de la escritora daban por personaje de ficción, quedó enterrado en un cementerio de la isla de La Palma en lo alto de una colina de la ciudad donde vivió el matrimonio. Había muerto ahogado mientras buceaba pescando en una de las playas del norte de la isla. Y uno no puede dejar de imaginar a ese muchacho buceando mientras trabaja en el muelle; buceando por las costas de la isla mientras se ríe y pasa las mañanas libres pescando con los amigos; imaginarlo asomado al balcón de su apartamento, a la salida de la ciudad, mirando el mar, fascinado por el mar y la fuerza que las olas tienen en esa parte de la costa. ¡Qué extraña fascinación la de José María Quero por el mar desde niño! ¡Qué misteriosa atracción que lo llevaría a trabajar debajo del agua durante años y quedarse allí debajo un día ya para siempre!

De la felicidad a la muerte hay solo un recorrido de dieciocho años. Cuando Echo se suicida el 4 de enero de 1991, tiene 48 años. Probablemente había muerto mucho antes ese 30 de septiembre de 1979 cuando José María Quero se sumerge en el mar para no volver jamás. Ella recorrió ese camino con la pesadumbre que nos muestra en sus escritos. El amor y la muerte están en ellos y con ellos nos hemos quedado ya para siempre.

“Tengo a José María. Todavía lo tengo”. Escribe en una de sus últimas cartas. 

Nosotros los tenemos a ellos mucho más cerca de lo que hubiéramos imaginado jamás.

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