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La cantora de Benahoare

María Nieves Samblás Hernández fue lo que quiso ser hasta su muerte. La poetisa del don natural como la definiera nuestra querida profesora Maribel Arrocha.

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(…) Yo soy laurisilva, tierra roja, monte,/ niebla movediza, beso de las copas,/ corono mi frente con gajos de brezo /y cuelgan mis pulsos anillas de helechos. / Yo soy la paloma montesa / que trae la flor del tomillo prendida en la boca,/ aromo mis palmas con ramos de orégano,/ y salto las zarzas espesas del bosque./ Yo soy esa fuente que mira la estrella; / una Hespérides… con sangre de monte.

María Nieves Samblás Hernández fue lo que quiso ser hasta su muerte. La poetisa del don natural como la definiera nuestra querida profesora Maribel Arrocha, trasladó toda la energía que le dio la vida para proyectar su ilusión y su emoción a los demás, sin dejar de ser ella misma, sin arreglos, ni afeites canta al pueblo llano al que ella pertenece. Amante enamorada de su isla natal, le dedicó la mayor parte de su obra poética, por lo que su amigo, el artista e historiador Alberto José Fernández García la denominó  Cantora de Benahoare. Su culto a la naturaleza y a las arraigadas costumbres de nuestra tierra, la hicieron gravitar de forma espontánea y apasionada sobre cada poema, sin necesidad de esculpir o acomodar su cerebro a otra cosa que no fuera la sencillez de unas frases cálidas y amasadas de amor, muy lejos de la metáfora rebuscada. No obstante, la belleza nunca fue ajena a esa naturalidad que sorprende y maravilla en quien “realmente revive” sus recuerdos, seducida por La Palma, verso a verso, cual si dejara en cada vocablo la huella de sus pasos, la alegría de su voz con el regusto del regreso o la humedad de sus lágrimas ante la ausencia inevitable. (…) Eres tan diferente a todo lo que he visto…/que en instantes precisos, mi alma se regocija /convirtiéndose en brotes de versos infinitos… / espontáneos, sencillos como tú, isla bonita.

En palabras del filósofo Francisco Mora, la emoción es el fuego que enciende la razón y con ello elabora los más excelsos pensamientos. Si esto es así, la mente de María Nieves Samblás fue una auténtica llamarada y su poesía un mundo mágico en el que pudo recrear una parte importante de su vida. Miel y espuma / Flor de tiramasil , Pétalos de arena, Cantos a La Palma, La Enramada caricia, Cantos de Otoño… Son títulos que nos dejó la poetisa junto a otras colaboraciones en varias antologías de poetas canarios.

Dicen que el destino del hombre o de la mujer es como un libro por escribir con la idea, además real, de que suele ser un libro que se escribe a sí mismo. En Santa Cruz de La Palma recordamos a María Nieves Samblás como peluquera en sus años mozos, colaborando, eso sí, en múltiples actos artísticos y culturales. Luego, en edad madura, el destino le escribió otra página de su vida lejos de La Palma. Pero no sabemos qué fuerza existe en la tierra en que uno nace, pues si un día la dejamos nos puede la añoranza y soñamos siempre con volver a ella. Allí donde estemos aspiramos el aire y nos parece que (…) Huele a asado, a chicharrones… y que por Velhoco, se juró la pipa y corre el vino nuevo de boca en boca.

Además de escribir, María Nieves Samblás organizó recitales y actos culturales en las islas de Gran Canaria, Tenerife y La Palma. Perteneció a la Asociación de Poetas Uni-verso e intervino habitualmente en los programas de radio  San Borondón y  De Guatativoa realizados y dirigidos por el Centro de la Cultura Popular Canaria.

En el prólogo de uno de sus libros, el catedrático de la ULPGC Manuel Pérez Rodríguez, dijo de María Nieves:  “(…) La poetisa ha vencido al tiempo, recorriendo con sus versos una eterna juventud, con una didáctica plena de mujer madura y otoñal, que ha sabido guardar el equilibrio de los días en un crucial encuentro con el Amor y la Verdad”.

La idea de Dios es una idea que relaja. Es una idea que conforta… Quiero creer que en su último momento María Nieves Samblás, sensible y profunda, repasó todo lo vivido y, al hacerlo con su mirada ausente, confundió a La Palma con el Cielo (…) Por un camino de flores / frutales y caseríos, /hay un vergel que me espera, / una fuente, un surtidor, /y el agua que canta y ríe.

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