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El paraíso

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Cada país tiene su propio paraíso. Me lo dijeron o lo intuí —ahora no lo recuerdo— cuando comencé mi carrera política como concejal de mi ciudad. Siempre tuve inquietudes por participar en la gestión de lo público, ganas de emprender tareas reconocibles y —¿por qué no decirlo?— de que mi persona adquiriese notoriedad y prestigio, al menos entre mis conciudadanos. La vehemencia y la coherencia                —reconozco que no exentas de cierta demagogia—, con las que suelo aderezar la exposición de mis argumentos, pronto me abrieron el camino hacia la asunción de más altas responsabilidades dentro del partido. Y, pasito a pasito, empujón a empujón y con las oportunas lisonjas a oídos dispuestos a recibirlas, he podido atesorar un brillante currículo, propio de alguien que sueña con ser admitido en el paraíso.

El portero del paraíso es muy exigente. Sí, ya sé que es un simple portero, pero es quien tiene más poder, y tendré que someterme a su evaluación. El portero tiene que ser rico desde la cuna, un rico genético, que no exterioriza su riqueza, generalmente de origen rentista. En fin, representa al verdadero poder: el económico. No suele mostrarse en la primera línea política, aunque sí maneja muchos de sus hilos. Él decide quién entra. Su decisión es inapelable. Es reacio al comportamiento ostentoso, tan habitual en el nuevo rico.

Es la tercera vez que lo intento y, como dice el dicho, espero que sea la vencida. No fue la imprudencia en mis comportamientos. Siempre he sabido enmascarar mi interés personal con el velo del servicio a la ciudadanía, lo que impidió mi ingreso en las ocasiones anteriores. Fue la escasa nómina de avalistas de prestigio con la que contaba por entonces. Pero, ahora, ya no soy un simple alcalde de una pequeña ciudad, ni un diputado de una comunidad autónoma, ni… Ahora tomo decisiones importantes con mayor libertad, lo cual me ha permitido ampliar considerablemente el abanico de amistades agradecidas, muchas de las cuales habitan en el paraíso. Ellas, sin duda, constituyen mi principal aval. A mi currículo y a ellas confío mi admisión.

El alto y grueso muro que rodea el paraíso no deja ver su interior. Solo podemos imaginarlo, pero, por la vida que llevan los que a él pertenecen, tiene que ser maravilloso. “Que Dios no me ofrezca la gloria, que yo me quedo en él”, me dijo uno de sus miembros el día en que, con generosidad, me agradeció el premio de una adjudicación.

La puerta de la antesala del paraíso se abre y una voz femenina me invita a pasar. No es la misma voz de las veces anteriores, que era masculina. Pronto caigo en la cuenta: es la hija del anterior portero. El cargo, si el poder económico se mantiene o se acrecienta, que es el caso, también se hereda.

Sin apenas preámbulos, me convida a que tome asiento junto a una sólida mesa torneada con primor, mientras ella hace lo propio en otra silla enfrente de mí. Sirve en sendas copas un excelente vino de Ribera del Duero, y retira una servilleta que deja ver una tabla de exquisito jamón ibérico. ¡Salud!

Pues, mire usted, estudié la carrera de Geografía e Historia con la sana intención de dedicarme a la enseñanza. Pronto me di cuenta de que la carrera docente tenía poco recorrido, así que me afilié al partido y, ese mismo año, formé parte de la candidatura que ganó las elecciones municipales. Gobernamos con un alcalde muy honesto, muy celoso de la legalidad y muy poco dado a la vanidad. Reconozco que tuvimos que confabularnos en su contra, cansarlo y apartarlo, para hacer posible que proyectos frenados por su celo jurídico pudieran salir adelante. El avance de la ciudad fue tan espectacular, en cuanto asumí la presidencia del grupo de gobierno, que, enseguida, me vi catapultado al desempeño de mayores responsabilidades en el partido.

Sí, el centro I. F. (Infancia Feliz) ya sé que no se usa. Pero el edificio está. Siempre he sido de la opinión de que la obra física permanece en el tiempo, mientras que toda obra intangible muere de manera inexorable. Lo hicimos con la donación de un mecenas —posiblemente usted lo sabe—, que legó su fortuna para instituir ayudas a los niños desfavorecidos de la ciudad. Sin embargo, entre la construcción de ese magnífico edificio —¡que no me dirá que no es precioso!— y los gastos de su inauguración, apenas sobró dinero, que destinamos a la asistencia de un par de casos. Pero, insisto, el edificio está, a la mejor memoria de quienes, con su generosa aportación y mi gestión política, lo hicimos posible.

Sí, claro, durante esa etapa mi patrimonio se incrementó. Lo normal: adquirí una finca, dos apartamentos en una zona turística y el chalé donde vivo. La finca y los apartamentos, como usted podrá suponer, no figuran a mi nombre, por supuesto. Eso lo tuve claro desde el principio. Creo, sin que parezca una petulancia, que ese instinto nos es innato, ¿no le parece?

Para una gestión de éxito, siempre me ha parecido que lo más adecuado es procurar el asesoramiento de técnicos de prestigio y hacerse rodear de un manipulable equipo de mediocres. Un equilibrio necesario. La mediocridad en nuestro ámbito es fácilmente manejable y agradecida.

Mi exitosa gestión como alcalde, durante dos legislaturas, fue premiada, como ya le dije, con la designación para puestos de mayor responsabilidad. Eso me permitió ampliar el abanico de contactos productivos, usted ya sabe. Reconozco que he sido recompensado con generosidad, pero también yo he sido desprendido. Justa compensación.

Creo que nuestro esfuerzo personal para gestionar este país nunca será lo suficientemente reconocido en su valor pecuniario. Por lo tanto, ningún escrúpulo de que, por nuestra dedicación, recibamos alguna compensación, cuya cuantía, como ocurre con las buenas obras de arte, es bastante subjetiva, y queda a criterio del adjudicado y del adjudicador.

Para su tranquilidad, sepa que estoy blindado, de forma adecuada, con testaferros de confianza. No encontrará mi nombre en ningún documento comprometedor, ni en nuestro país ni fuera de él, se lo aseguro. No como esos mediocres, que exteriorizan boato, y están poniendo en peligro el sistema que tanto esfuerzo ha costado. Aparentemente, solo soy propietario, en régimen de gananciales, del chalé que constituye mi residencia habitual.

Críticas de la oposición sí he recibido —muchas, como es normal— y denuncias también, pero ninguna prosperó. Siempre he procurado blindarme bien antes de tomar una decisión comprometida: juicio e inteligencia para sostener un discurso popular y mentir con la misma naturalidad que cuando se dice la verdad. Sé de la importancia de los gestos no verbales, a la hora de explicar o exponer los más diversos asuntos relacionados con el desempeño de mis diversas funciones políticas. Pronto aprendí que mis gestos habituales con la verdad deberían mantenerse en la mentira: cuestión de aprendizaje.

Si soy admitido, me comprometo a dejar de lado mi ideario y a hacer frente común con todos los miembros de este distinguido club, cada vez que la estabilidad del estado —¡perdón!, nuestro estatus, quiero decir— se ponga en peligro. Aquí convergemos todos, como lo evidencia el amplio grupo de respetables miembros que me avalan. Unos son de mi partido y otros no, pero todos conviven en el paraíso, faltaría más.

Usted sabe que, aunque mi disfraz ideológico me induzca a simular mis simpatías por los medios de comunicación que nos son afines, también apoyo a los que se alinean con la oposición. Bien sabe usted que, de no ser así, pondríamos en serio riesgo el paraíso. Cuente con mi decidida colaboración para desmantelar cualquier intento de desestabilización de nuestro sistema. Tenemos que ser implacables con los que pudieran ponerlo en peligro. Las balas mediáticas han de dispararse desde ambas trincheras apuntando al mismo objetivo.

Y este, grosso modo, es mi currículo: mis hechos y mis intenciones. Lo que tiene que ver con mis gustos y mis aficiones, ya lo irá conociendo en la medida en que se acreciente nuestra amistad, si tengo el honor de ser admitido, claro.

En principio me conformaría con solo pertenecer a un importante consejo de administración. Serviré de puente entre el poder económico, que, de manera tan digna, usted representa, y el político, mientras los de mi partido gobiernen, por supuesto. Entretenido en ese menester, quizás no me aburriré. 

—¡Coño!, ya el reloj se quedó sin pilas. Si quiero llegar a tiempo al instituto, no podré ducharme ni desayunar. Con la preparación del tema sobre la corrupción durante el absolutismo español y los dichosos papeles de Panamá, oníricamente me he desenvuelto con maestría entre los vericuetos de la mangancia política. ¡Mi madre!, por un momento, sin el menor pudor y sin un ápice de ética, me he visto convertido en un corrupto. Bueno, quizás me ayude todo ello a explicarles mejor a los alumnos en qué consiste este verdadero azote de nuestros días.

¡Ojalá que, al margen de cualquier ideología, los ciudadanos arrinconemos a los corruptos a la caverna del ostracismo!

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