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Intrigantes con ánimo de lucro

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No son mayoría, pero cunden mucho. Se encuentran en todos los ámbitos, profesionales o meramente vocacionales, donde para medrar es necesario hacer méritos que superen los del prójimo cercano, eventual adversario por motivos de confrontación de intereses.

Cuando la mediocridad individual limita la progresión hacia el éxito por falta de virtudes, se suple por otras facultades marginales que compensan deficiencias y complejos, negativas para la supuesta calidad humana del susodicho, pero con rentabilidad suficiente para trepar sin mirar dónde se pisotea. El interfecto sacrifica sus principios morales relacionados con el respeto, el compañerismo y la lealtad que recibe desde la buena fe de su entorno para corresponder con la traición subrepticia de la conspiración continua, como antiparadigma de la decencia y dignidad mínimas imprescindibles para configurar una entidad personal acorde con los valores que debieran injertarse en la inteligencia racional, como complemento de una conciencia sana, exenta de recovecos enfermizos.

Este nocivo proceso conductual se acumula por reiteración; pues el supuesto esfuerzo de dar los primeros pasos apisonadores se va suavizando con la práctica, y paulatinamente la costumbre de conspirar contra los amigos para sacar partido se convierte en hábito, y hasta camufla cualquier indicio de culpabilidad porque su objetivo final deja de tener relación con los medios perversos utilizados para trepar hasta la cima.

Este maquiavélico dictado tiene sus contraindicaciones, cual prospecto de cualquier medicamento. Si el inepto se toma las pastillas sin leerlo, errará en el conocimiento de la composición, en la posología, en las incompatibilidades con otros fármacos, en los posibles efectos adversos, en el tratamiento de posibles sobredosis y alteraciones de la atención que afecte a la conducción y al uso de máquinas… Cierto que si cada paciente leyera toda esa letra pequeña, nadie tomaría ni un inofensivo consulte con su farmacéutico. Pero si además se trata de una automedicación analfabeta, aunque los primeros síntomas parezcan positivos e ilusorios, el resultado final siempre será el fracaso de una patología crónica e irreversible.

Son pocos pero reseñables los afectados por ese virus mental, que se caracteriza por intentar el daño ajeno, aunque solo se consiga, a la larga, la propia frustración. Pero mientras se desarrolla el proceso y su incubación, el resto de la sociedad anexa, el grupo más próximo al afectado, tiene que sufrir la incomodidad de convivir con el perturbado moral y sus artificios histriónicos.

Aun sabiendo que los mediocres se caen solos, que no hace falta empujarlos, ese entorno afectado por una convivencia tóxica tiene derechos que defender y la obligación de protegerse de las asechanzas traicioneras del escalador de turno. La mejor táctica de defensa consiste en la elusión de situaciones comprometidas.

Evitar contactos innecesarios e ignorar con elegancia, desde arriba o desde abajo, cualquier gesto malintencionado o conato residual. Su desgaste terminará por rendirlo.

Todos nosotros tenemos algún referente al respecto para ponerle cara al análisis aquí planteado. Es fácil identificarlos, al leer la prensa, escuchar noticias, poner la radio y atender tertulias de políticos y/o periodistas para percatarse de quién es quién. Al lado del más abundante número de excelentes personajes, suele asomar una minoría desagradable para la vista, el oído y los sentimientos de aquellos que valoran, valoramos, la ética como peana para la mayoría.

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