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Telurio 'under the sea'

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Antes, cuando una tenía unos trece años y llegaba el profe de Química y decía: “Azufre, selenio y teluro son no metales y actúan con valencia dos, cuatro y seis”, una, que era muy obediente entonces, se aprendía de memoria estos y otros elementos religiosamente, aunque en realidad no sabía ni lo que eran, salvo el azufre, porque había visto que mi padre se lo echaba espolvoreado a las viñas con una caña larga en cuyo extremo había una bolsita de tela de saco que se llenaba una y otra vez de aquel polvo amarillento.

Aun así, dudabas de si el azufre ese del que hablaba don Luis el de Química, el que ponían los vecinos en la parte inferior de las paredes para ahuyentar a los perros aficionados a mearlas o el que mi padre le untaba en las orejas del Saturio, nuestro podenco, cuando las moscas lo picaban hasta dejarlo en carne viva, venían a ser el mismo azufre, porque era como si don Luis nos hablara de unos elementos fantasma que solo existían en nuestro cuaderno de hacer formulación, en los exámenes trimestrales y poco más. Y el resto de elementos de la tabla periódica eran unos desconocidos por el mismo estilo.

Desconocidos hasta hace un par de semanas, unos treinta y cinco años después por fin me enteré de que un poco más allá de la isla de El Hierro parece ser que han descubierto un yacimiento submarino de telurio, nombre más chic que recibe en la actualidad el teluro de nuestra adolescencia. Lo que había sido una absoluta incógnita para los chicos de mi generación se ha convertido en un auténtico bombardeo de información, ya que los expertos en estos días no han escatimado en ponernos al día de las propiedades, las características, las formas de extracción, la rentabilidad, los usos, etcétera, etcétera, etcétera, del dichoso telurio.

Nada más saberlo muchos nos frotamos las manos pensando en la diversificación de nuestra economía canaria, con una amplia dedicación a la minería submarina

También nada más saberlo, en los primeros momentos en los que todavía reinaba la ignorancia al respecto, muchos nos frotamos las manos pensando en la diversificación de nuestra economía canaria, con una amplia dedicación a la minería submarina.  Pero a medida que han ido pasando los días y creciendo nuestro conocimiento del codiciado no metal, vamos quedándonos con “nuestro gozo en un pozo”, pues parece ser que su ubicación corresponde a las aguas internacionales -y ahora me explico mejor que nunca las sempiternas batallas del compañero Paulino Rivero a cuenta del mar canario-. No somos quiénes para decidir sobre la extracción ni el destino del por un instante codiciado elemento, ni tenemos empresas ni personal preparado para llevar a cabo la cuestión, ni sabemos si es conveniente y rentable extraerlo o no porque a lo mejor se desfasan sus usos una vez realizada la operación… y encima, el impacto medioambiental que puede llegar a ser de cierta envergadura para nuestros ecosistemas.

Total, que somos ricos, que sabemos que nuestros mares están llenos de riquezas de mírame y no me toques, de las que no podemos disponer al menos inmediatamente. Y es como cuando recibes una herencia de una tía millonaria y no la puedes tocar hasta pasados veinte años, o como cuando ves que en tu nómina figura una cifra y el dinero líquido que llega a tus manos se merma considerablemente con las retenciones y demás impuestos que se queda Hacienda.

Y yo me pregunto: ¿y no hubiera sido mejor aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente”?

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