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El valor de las fronteras

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El ser humano se atrevió a bajar de los árboles cuando descubrió el poder de las armas y del fuego. De esa manera podía subyugar a las bestias que lo devoraban cuando intentaba desplazarse en la búsqueda de alimentos. Pero aún lo hacía a cuatro patas. Una vez se irguió, comenzó a desplazarse hacia aquellas zonas en que la abundancia primaba sobre la escasez. Apareció, por primera vez, el sentimiento de la acumulación junto a la necesidad de la custodia continua.

Según iban creciendo las tribus, la movilidad de estas se complicaba. Por ello la actitud nómada fue dando paso al sedentarismo. Se domesticó la tierra. Fue causa de conflicto la fertilidad de esta cuando se competía por el territorio. Es ahí donde aparecieron las fronteras. Líneas imaginarias que delimitarían el radio de actuación de cada comunidad y que fomentarían el enfrentamiento más o menos belicoso con el propósito de conservar la propiedad. Cada comunidad desarrollaría su forma de comunicación generando, por lo tanto, el aislamiento del resto. Pero, claro está, la especialización daría paso al fomento del intercambio, tanto desde la perspectiva de las mercancías como de las personas.

Trasladándonos a la historia más reciente, en Europa, en 1951, fue suscrito el Tratado de París, que creó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) con el objeto de poner las producciones de carbón y de acero bajo una autoridad común. En 1957, se firmaron los Tratados de Roma, por los que se constituyeron la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (CEEA o Euratom).

Para avanzar hacia una mayor integración, en 1986, se firmó el Acta Única Europea (AUE), en vigor desde 1987 y que genera una reforma institucional en aras de la eficacia junto al establecimiento de los mecanismos necesarios para hacer realidad el objetivo de un mercado único, fijando como fecha límite el 31 de diciembre de 1992. Los principales pilares eran los siguientes: la unión económica y monetaria (UEM), la política exterior y de seguridad común, la cooperación en materia de política interior y justicia, y la ciudadanía europea. En 1997 se firmó el Tratado de Ámsterdam, que reforzó el papel y las competencias del Parlamento, y entró en vigor en 1999. El 1 de enero de 1999 nació el euro. Dos años después se convirtió en la moneda de uso legal.

La idea primigenia de la Unión Europea era el establecimiento de una unión aduanera que garantizase la libre circulación de mercancías, personas, servicios y capitales. Pero el papel de la inmigración siempre se ha analizado desde la perspectiva de los costes. Nunca de los ingresos.

En los países y regiones desarrolladas (desde la perspectiva económica, única y exclusivamente), la inmigración ha logrado que los cotizantes otorguen solvencia a los perceptores. Realmente se cierran las fronteras a la pobreza, no a las personas. Cuando la financiación es abundante, da igual donde se haya nacido. A la necesidad sí se le cuestiona su lugar de origen. Es probable que el próximo paso que se desee dar sea el de exterminar nuestra propia pobreza, pero no ofreciéndoles oportunidades, sino alejamiento y ocultación. De casos así, la historia está llena.

*José Miguel González Hernández es economista

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