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Dios está dejado de su propia mano

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Se están juntando demasiadas dificultades de distinto orden para ser obediente de Roma. En primer lugar, en todo lo relacionado con la moral sexual, el cumplimiento de los mandatos se está poniendo muy complicado. Hay algunas evidencias recientes -incluso en obispos que dejaron de serlo- de esa dificultad cuando aparecen hijos que terminan por ser reconocidos, lo que no está mal. Ocurre con los numerosos casos de pederastia y abuso de menores que han ocurrido en distintas diócesis eclesiásticas con casos de hipocresía tan obscenos como el del fundador de los Legionarios de Cristo, cuyo nombre no recuerdo ni falta que hace.

Pero el celibato y la abstinencia sexual que predica la Iglesia para sus sacerdotes y religiosas, por decirlo en términos coloquiales, es un problema de sus socios más profundos. Pero el reciente viaje del Papa a África y su colisión con la ciencia en materia de contagio de sida, es lacerante, acientífico, irresponsable e insostenible.

Lo peor de la religión católica es la falta de confianza en sus feligreses: no les basta con unos códigos de conducta morales sino que quieren que tengan una aflicción civil y penal para que realmente haga más coercitiva el cumplimiento de lo imposible. No se fían del infierno: prefieren la cárcel.

Pero además hay una contradicción teológica de fondo: si los obispos piden una ley que pueda mandar a la cárcel a una mujer que aborte y al médico que le auxilie, ¿cómo pueden explicar que por el mecanismo de la confesión absuelve y deja al católico en limpieza total y sin embargo quieren mandar en la sociedad civil para prohibir las conductas que ellos perdonan con una cruz formulada en rezos latinos?

El problema es aún más grave si se compara la crítica que hacemos de los países musulmanes que permiten que la Iglesia legisle el poder civil. El recuerdo de lo que le ocurrió a Miguel Server y a Galileo Galilei debiera convocar a la prudencia de la Iglesia y sin embargo no ocurre. Y como ellos no se quieren controlar, no nos queda más remedio que hacerlo nosotros.

Aprovechemos que Federico se rebela contra Roma para explicar que tampoco es una tragedia esa rebeldía. Quizá, sin ánimo de faltar al respeto a nadie, da la sensación de que Dios se está dejando de su propia mano.

*Periodista y analista político en elplural.com

Carlos Carnicero*

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