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El federalismo que no llega

La convocatoria de las elecciones del 10N revela impotencia política para poner en piedras de ocho un Estado moderno, además de escasa consideración con los españoles

Se ha perdido el espíritu que inspiró la transacción a que llegaron los “padres” de la Constitución de 1978

El cerrilismo de las peleas políticas “cortesanas” provoca un efecto mariposa paralizante

El PSOE debería acordarse del federalismo del que suele presumir

Casado, Sánchez, Rivera e Iglesias, en el debate de TVE

Casado, Sánchez, Rivera e Iglesias, en el debate de TVE

Solo entro en los asuntos de las personas mayores cuando me llenan la cachimba y ocurre que la rebosó el fracaso del intento de formar Gobierno y la convocatoria de elecciones, lo que evidencia falta de generosidad y de consideración con los españoles Y la cerril incapacidad para poner en piedras de ocho un Estado moderno, federal a mi entender.

Algo de eso debieron barruntar los “padres” de la Constitución de 1978 al articular un sistema autonómico de querencias federalizantes sin desterrar la centralización: el socorrido recurso de ponerle una vela a Dios y otra al Diablo y a ver qué pasa. Justo lo que obliga a los observadores a permanecer atentos hasta que se producen situaciones como las que viven ahora mismo los catalanes, de las que sabes el origen pero se te escapan sus consecuencias últimas.

Sin embargo, mirando hacia atrás sin calenturas es evidente que los “padres”, tanto los “hunos” como los otros, llegaron a una transacción tenida por imposible pero impuesta por la realidad de que el franquismo no fue derrotado, que murió en la cama tras recibir los santos sacramentos y la bendición apostólica que no evitaron, por cierto, las últimas cinco ejecuciones, marca de la casa, a menos de dos meses del paso a mejor vida del dictador que debió quedarse maguado pues su ectoplasma, mi general, anda por ahí con el que si tutú que si tatá de a dónde llevarán sus restos.

Y vuelvo a aquellos días de elaboración de la ley de leyes. Imagino que al sentarse a la mesa de negociar ya habían descubierto y asumido los franquistas que “no todo estaba atado y bien atado”, como les aseguró su Caudillo; enfrente, los demócratas procuraban no decir nada que pudiera despertar a la bestia. Y acabaron, “hunos” y otros, transando el texto de concordia que los dejaba más limpitos que un San Luis mientras el país se llenaba a ojos vista de demócratas de toda la vida, de liberales reprimidos y de multitud de apolíticos de cuando pintaban bastos. Amigos para siempre, vaya.

La Transición, ya saben, fue el siguiente capítulo y acabó sobrevalorada por los políticos con echadero y aspirantes y denostada por la población de “eternos descontentos”, que decían los franquistas de sus críticos. Una Transición que ha de considerarse ejemplar comparada con el “cariño” que se tienen los actuales líderes que han metido en el armario del sótano las urgencias del respetable. La crisis climática; la turística; la ralentización económica que ya es retroceso, el entrevisto rabo del Brexit, la quiebra de Thomas Cook y un largo etcétera al que Pepe, el de Azuaje, etiquetaría como “la fin del mundo”, no han sido suficientes para que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias decidieran hacer algo, aunque fuera con cara de circunstancias; o para que Casado y Rivera aflojaran sus graves insultos a Pedro Sánchez al que calificaron de facineroso jefe de una banda de expoliadores y conchabo de los terroristas que quieren romper España, como ya hicieran en la era Rajoy cuando acusaron a Zapatero de asociarse con ETA para cometer atentados. Lo que sea para impedir prosperar al rival no vaya a ser que haga bien su trabajo y se meta en el bolsillo al electorado. Por no hablar de la estupidez atribuir al presidente en funciones una ambición que, por supuesto, ellos no padecen porque están en política para pagar una promesa y vayan ustedes a saber a qué santo cogieron en la hora boba.

El “efecto mariposa”

Preocupa que si tras las elecciones del 10-N hay, por fin, Gobierno, el que sea, hemos de esperar al 2020 para que comience a funcionar a tope. Y resulta irritante que los llamados líderes nacionales se fajen en Madrid de mala manera y dejen a las comunidades autónomas con los glúteos al aire, los presupuestos en el alero y al país con una considerable pérdida de peso en la UE. Llama la atención que los gobiernos autonómicos, sus instituciones y corporaciones fueran capaces de constituirse con más o menos tino para estrellarse por falta de un Gobierno que les diga que sí, que no, que caiga un chaparrón. En el caso de Canarias ya saben lo que dan de sí las idas a Madrid de donde regresan los prebostes con la noticia de que todo está arreglado y si quieres arroz. Así hemos perdido otro año pues no habrá un Gobierno como Dios manda, que manda poco, hasta diciembre, por lo menos y con el embullito de las Navidades, los Carnavales, etcétera, se nos sigue yendo la vida tan volando y sin saber de donde coño va a sacar el alcalde, Augusto Hidalgo, las bicicletas para tanto carril que unido al espacio que ocupa la Metroguagua puede obligar a la gente a caminar de medio lado, oye.

Y vuelvo a la forma en que se fajan en Madrid los números uno de los partidos, cortesanos como ellos solos, con el apoyo de sus entenados y personas piadosas. No advierten de que sus salpafuera pueden provocar algo similar al “efecto mariposa” en estas Islas que son hoy el AOE del otrora imperio, siendo AOE “Africa Occidental Española”, mismamente.

Un territorio de muchos territorios

No hace mucho me reprochó un lector el batiburrillo que apreció en una de estas columnas. Tenía razón seguramente porque no me preocupé de marcar las interrelaciones entre los distintos asuntos que embuché en el texto. Así que echaré por delante, en el origen de nuestros males territoriales, a la 3 derecha que ha controlado desde siempre el Gobierno del Estado con la colaboración inconsciente de la izquierda por el síndrome Brian, según los Monty Pitón. Y vaya por delante que si digo “Madrid” para ahorrar palabras, no me refiero al Madrid de los madrileños sino al de los círculos de poder político, económico y socio-profesional, los que se juntan cada año el día de la Fiesta Nacional para el besamanos berlangiano del Palacio Real.

Dicho lo anterior, tiro de Carles Gispert y Josep M. Prats autores de un libro al que he recurrido tantas veces desde su primera edición en 1978 que lo mandé a encuadernar porque merecía la pena tener a mano su descripción del relieve español dominado por la elevada Meseta Central, que ocupa más de la tercera parte del suelo ibérico y a la que circundan grandes cadenas montañosa a modo de almenas de un gran castillo asomado a otra cordilleras no menos importante en la periferia. La Meseta, en fin, solo queda abierta al oeste, justo por donde se extiende el territorio portugués. Fuera de este ámbito central continúan desplegándose espacios abruptamente delimitados por rotundas montañas o sistemas montañosos. Así, “extramuros” de la Meseta están el macizo galaico, los montes de León, la cordillera Cantábrica, los montes vascos, los Pirineos, las montañas catalanas, etcétera. Sin olvidar que la propia Meseta la atraviesan dos alineaciones orográficas: el sistema Central y los montes de Toledo. Esta extremada compartimentación ha facilitado la pervivencia y el desarrollo autónomo de formas de vida locales con sus implicaciones psíquicoculturales, económicas, organizativas y demás, etcétera. Por último, añaden Gispert y Prats que “en los últimos siglos, un exacerbado centralismo a nivel de Estado ha intentado imponer la unificación, pero el esfuerzo –a veces sangriento- ha resultado inútil” porque “en España no se puede hablar de un pueblo, sino de pueblos, ni de un país sino de un conjunto de países y naciones netamente diferenciados”. Una realidad que no se asume dotando al país de un régimen político-administrativo ajustado a su variedad. Antes al contrario, la historia oficial de España ha ignorado el escenario en que se ha desenvuelto, falseándolo y no gratuitamente.

Para empezar, España no es la Nación más antigua de Europa, que dijo Rajoy y fin de la cita. Tampoco existe una “raza española”, idea que desprecia la enorme riqueza cultural generada por el mestizaje. Además se ignora que el Estado español se constituyó a principios del siglo XVIII con Felipe V, el primer Borbón. Y que los Reyes Católicos no hicieron la unidad de España porque su logro no fue fusión de reinos sino confederación, la que no fue, por cierto, poca cosa en sus tiempos al punto de que bastan para justificar la importancia histórica de aquel reinado clave. En cuanto al llamado “Imperio español”, asegura el hispanista Josep Pérez y no solo él que fue, más bien, el imperio familiar de los Austria españoles que utilizaron las posesiones ibéricas, en particular Castilla, para sus empresas sin que ello modifique para nada el papel de los españoles en lo bueno y en lo malo tanto en las hazañas como en la explotación abusiva y con frecuencia criminal de gentes y territorios. La doble cara de este tipo de empresas.

El referente catalán

La no coincidencia de la realidad de España con su organización político-administrativa es causa principal, insisto, de las tensiones territoriales que han sacudido su historia. Ahora estamos ante una nueva entrega del 4 conflicto catalán tan antiguo y analizado que dudo de que su judicialización por el PP de Rajoy fuera un error, que nadie advirtiera que es asunto de naturaleza política dentro de la estrategia de restarle peso a Cataluña para engordar el de Madrid, es decir, el de los intereses allí residenciados y beneficiarios del centralismo. Una política que favorecen los catalanes demasiado inflamables. Cataluña, a mi entender, comienza a dejar de ser lo que siempre fue y que el PP y Ciudadanos insistan en más mano dura no permite barruntar bueno y sí cuasi identificar los intereses que defienden vinculados al centralismo. De por medio el interés de Madrid en que no acabe Barcelona forzando una suerte de bicapitalidad de la que ha llegado a hablarse. Una sería la capital político- administrativa y la otra la económica. Antecedentes hay de esa bicefalia, no se trata de herejía o despropósito y había que detener la pujanza barcelonesa para no correr riesgos sin que se notara demasiado la mala leche de fondo.

No viene mal recordar que el separatismo ha arrimado a los autonomistas catalanes que han desaparecido. Mala cosa. Ni rastro del espíritu de la clandestina Asamblea de Cataluña que, tras convencerse de que en su lucha contra la dictadura y el avance hacia la democracia necesitaba que el resto del país diera también pasos adelante. Y decidieron enviar gente que contactara con grupos antifranquistas de toda España a fin de coordinar actuaciones. A Canarias vinieron enviados del PSUC, nacionalistas, personajes de la burguesía catalana, etcétera, de los que recuerdo a Jordi Solé Tura, uno de los “padres” de la Constitución y ponente constitucional del PCE, y a Josep Andreu Abelló, jurista y político, colaborador de Indalecio Prieto en el exilio mexicano del que regresó en 1964, impulsor de la Asamblea que lo envió y uno de los fundadores de Esquerra Republicana. No sé si valoro demasiado aquella iniciativa catalana pero me da que algo hizo para que no cogiera a nadie de nuevas y se aceptara con normalidad la después llamada “España de las Autonomías” por la que un recién llegado como Albert Rivera quisiera calzar no sé si por esnobismo, mentecatez o por determinación de sus financiadores. Táchese lo que no corresponda. Quitar de en medio a los autonomistas y su templanza convenía a los separatistas y conviene al centralismo.

En cuanto al federalismo no ha tenido suerte en España porque el poder nunca ha estado por la labor y sí dominado por los intereses a los que le va mejor un espacio bien controlado desde el que mandar a través del BOE. No fueron muchas las intentonas federales. Una fue el proyecto de Constitución de 1873, inspirada por Pi i Margall contra el que pronunció Fernando de León y Castillo un tremendo pero muy brillante discurso en el Congreso el 11 de agosto de 1873. Como sería que para Ríos Rosas su intervención fue el epitafio del proyecto. Para que luego digan que los isleños somos cortitos de labia. Como sería la cosa que otro canario, Nicolás Estévanez, no dudó en acudir a felicitarlo a pesar de ser un republicano federal de aquí te espero. Cuenta el propio León y Castillo en “Mis tiempos” que cuando Ríos Rosas le encargó ser el primer orador del partido cuatro o cinco días antes de la sesión del Congreso, no tenía repajolera idea del asunto y que en su casa no encontró clavo del que agarrarse, salvo un texto nada menos que de Proudhon, uno de los inspiradores del anarquismo, compañero de Malatesta y Bakunin. León confiesa que construyó su discurso por el procedimiento de contradecir las tesis y opiniones del camarada Pedro José.

No hubo en España nuevo intento federal hasta la Constitución de la II República, “mal empleadita” que decía un viejo republicano de hablar bajito. 5 Canarias aparecía con la categoría orgánica de Región autónoma en la que cada Isla tendría su propio Cabildo como gestor de sus intereses “con funciones y facultades administrativas iguales a las que la ley asigne a las provincias”. Llama la atención, diré para terminar, que el PSOE, que presume de federal no haya movido un dedo para que al menos se sepa de qué va el federalismo. Quizá se deba a que ha cedido ante el que es como luce el poder, que dice cierto y muy escético amigo.

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