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Hay quien asegura que, salvo los autores de éxito y de best seller, las ventajas que se obtienen con la publicación de una novela de ficción son escasas. Entre las satisfacciones que podrían compensar el enorme esfuerzo que, en ocasiones, supone escribir un libro se han incluido la del orgullo de dejar algo perdurable, el placer de crear del propio autor mientras está componiéndolo, así como el poder culminar esa agobiante necesidad de sacar eso de ahí dentro, ese algo, que nos ha venido carcomiendo desde siempre las entrañas; incluso, otra ventaja adicional sería conseguir una de esas tres o cuatro cosas obligatorias que, según se afirma, debe realizar todo individuo en su paso por esta vida mortal y de pecado (plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro, montar en globo y no sé si algo más). Yo voy a añadir un aliciente más a todos estos indudables beneficios y compensaciones íntimas que aporta la dedicación a la literatura: el acto en sí de la presentación del libro en cuestión, la ceremonia, el rito de la firma de ejemplares por parte del autor y todo lo que lo rodea. (Qué desconcertante y qué vana vanidad experimenta el neófito firmante en ese instante glorioso). Ea.

Habitualmente, es la propia editorial o bien tus amigos en cualquier ciudad donde los tengas, los que te suelen proponer y se comprometen a organizar, en tal local o cualquier sociedad cultural, la presentación de la obra. Se eligen los ponentes, que harán una crítica ecuánime o bien una especie de loa del autor, y tu dices unas palabras de agradecimiento. Firmas y dedicas libros, cuantos más mejor y, finalizado el acto, se sirve un vino español con unos pinchos de tortilla y se recuerdan tiempos pasados. Al día siguiente, a casa. Siempre con déficit comercial. Pero, ¡Qué buenos momentos has pasado con tus viejos camaradas! Toda esta liturgia la he ido repitiendo en los últimos meses desde la publicación de mi novela Las Estelas Cantabras y el Mundo Invisible (Tantin, Ediciones, Santander). En el Colegio de Médicos de Alicante y Albacete, en el Real Casino de Murcia, en el Centro Cívico de Villacarriedo y el Ateneo de Santander, en el fabuloso Museo Gargallo de Zaragoza, la Feria del Libro de Madrid y, final de trayecto, en Santa Cruz de la Palma. En la Real Sociedad Cosmológica de La Palma. Lo de la Palma ha sido algo especial. Claro que aquí, por cuestión de distancias, he prolongado la estancia en la isla durante una semana. Pero qué recibimiento, qué de atenciones, qué gente he conocido. El marco de la presentación y los ponentes (capitaneados por Rosa, la vicepresidenta de la Sociedad Cosmológica de La Palma) extraordinarios. La audiencia, prudentísima y la organización postcongreso fenomenal. Me han llevado al Roque de Los Muchachos, al Grantecan, (el observatorio astrofísico mayor del mundo), al Instituto de las Culturas Prehistóricas Palmeras y al parque de los petroglifos neolíticos de la Fuente de La Zarza; hemos visitado Garafía (el malvasía, qué rico), Barlovento y el sorprendente Santuario de la Virgen de las Nieves, con su casa parroquial. Hemos comido en Casa Goyo, en Puerto Espíndola, en el elitista Club Náutico y en la Lonja del Paseo Marítimo de La Palma. Viejas, samas, alfonsiños, papas arrugás y mojo picón y, de postre, bienmesabe. Cada atardecer, después de nuestras exploraciones y aventuras, como fin de fiesta, nos reuníamos en el prodigioso local (Las Cosas Buenas de Miguel) del patriarca organizador: Don Miguel Jiménez Amaro, Chú Chú. Allá, entre esculturas mágicas, asombrosos grabados y las más extraordinarias delicatessen, se dan cita las gentes más diversas y los personajes más estrafalarios. Físicos, médicos, senadores, policías, guanches antiguos, ácratas, masones, filósofos y escultores (¡ay, mi amiga Brita!). Incluso ópticos.

Conforme avanza la jornada, con un cavita Llopart fresco y rosado, se discute de arte, de fisiología, de ciencias exactas y de cualquier otra trivialidad. Con qué facilidad descubríamos el barro en los pies de los héroes y con qué insultante aristocracia entendíamos las hazañas de los dioses. Y cómo ayudaba el fresco cavita Llopart en la elaboración de nuestras extraordinarias teorías. Qué vitalidad la de esta isla. Cuántos deseos de hacer cosas. Una de esas tardes comprendimos la necesidad de organizar en La Palma unas jornadas culturales donde poder dar salida a todas aquellas ansias nuestras, inquietudes nuevas y acaso durmientes. Tal vez para febrero del año que viene, para la cuaresma de 2016, para Los Indianos. Yo, por si acaso, ya me he puesto las pilas con un libro de haikus que tenía medio abandonado. Gracias La Palma.

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31 de julio de 2015 - 17:06 h

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