El móvil del crimen
Los primeros móviles eran una especie de teléfono ambulante, poco más. Tuve uno de esos ya pequeños a mediados de los noventa, nos los regaló nuestro primer mánager. Luego la evolución fue rápida, un crimen contra la intimidad perpetrado con premeditación y alevosía. Las cifras de móviles en el mundo oscilan entre los que hablan de más de ocho mil millones hasta los que hablan del doble. Yo si fuera buen dibujante lo representaría como un lorito parlanchín dentro de una jaula pequeñita, y ya sabemos que, como dice el corrido, aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión. Bueno, ya sabemos que un simple Smartphone de hoy puede contener más información y más conocimiento que miles de millones de bibliotecas de Alejandría, la más grande de la antigüedad. Eso convierte al pérfido alcahuete en un instrumento cultural jamás soñado. Sabemos de la tendencia actual en controlar el bicho sobre todo para menores. El problema siempre es el cómo. Prohibir algo también es un modo de estimular su uso. Cuidadín. Sabemos de aquel rey francés que en épocas de hambruna quiso introducir el cultivo de la patata en Francia y no lo consiguió hasta que lo prohibió. A partir de eso momento todo el mundo se interesó por el tubérculo. La famosa Ley Seca americana creo más alcohólicos en los Estados Unidos que barra libre para todos. Y, por cierto, cada vez que históricamente se han prohibido determinados libros estos se han convertido en los más leídos. Tal vez lo que debería hacerse es prohibir la lectura y ya verían ustedes que cantidad de lectores aparecen por todas partes. Tengo que dejarlos, me están entrando guasaps, ejem, sorry.