Padres ausentes: la carga invisible que sostenemos las madres
La figura del padre ausente es una realidad frecuente, aunque poco visibilizada. Y su impacto va más allá del ámbito familiar: condiciona la estabilidad emocional, económica y social de miles de madres que crían prácticamente solas.
La ausencia paterna no es siempre física. También existe cuando no hay implicación real en los cuidados, la educación, el acompañamiento emocional o la responsabilidad económica. Esta ausencia silenciosa genera un vacío que las madres deben llenar a costa de su propio bienestar.
Muchas mujeres asumimos solas todos los roles: cuidadoras, proveedoras, educadoras y sostén emocional. Esto provoca agotamiento, sobrecarga mental, estrés constante y dificultades para conciliar. A ello se suma la soledad de tomar decisiones importantes sin apoyo y sin descanso real. A menudo, a esto, se suma un sentimiento persistente de culpa: culpa por no poder hacerlo “todo bien”, culpa por sentir cansancio o frustración, culpa por no poder llenar cada vacío que deja la ausencia del padre… Un peso invisible, que, a veces, se siente aún más grande que las responsabilidades prácticas.
Mientras tanto, la sociedad tiende a normalizar la ausencia paterna y a exigir perfección a las madres. Si algo falla, la culpa suele recaer sobre nosotras. Esta doble vara de medir perpetúa una injusticia estructural profundamente arraigada.
Aun así, desarrollamos una fortaleza admirable. Nos reinventamos, construimos redes y sostenemos a nuestros hijos con una resiliencia que merece respeto, apoyo y reconocimiento.
Hablar de padres ausentes es hablar de corresponsabilidad, de justicia social y de cambio cultural. Criar no debería ser una tarea en solitario. Y ninguna madre debería cargar sola con todo y ningún niño debería crecer sintiendo que la responsabilidad afectiva es un privilegio y no un derecho.