Saturnino Paz Rodríguez
No sabía cómo titular este artículo y después de barajar varías posibilidades decidí ponerle tu nombre. No sabía que foto adjuntar y decidí poner una en la que estás junto a mi hijo. Te fuiste en la misma semana que se fue Pablo con la diferencia de dos años; el universo en su silencio y en su eternidad sabrá los motivos.
En el rastro del recuerdo queda el brío y la fuerza con la que afrontaste todo quiebro y cada amanecer lleno de incertidumbre. Te definen esas ganas de hacer del campo y la tierra tu propia obra monumental, como el escultor que modela en el trozo de barro lo que ya descubrió antes que nadie o el pintor que advierte las líneas y las sombras en el paño en blanco antes de mezclar los colores.
En la locución de la memoria queda tu voz que siempre fue abrazo para el camino y un lugar al que regresar. La mesa se queda vacía de la ironía de la broma, de las historias de todos los años en que no estuvimos y en las que no recordamos haber estado, pero que siempre estuvieron ahí, guardados en tu memoria como fiel bibliotecario de las emociones, los sentimientos y las anécdotas, sacadas a relucir en cualquier momento como un majestuoso compositor que da calor y hace ameno y agradable el instante.
En la voz de los otros queda todo lo que ofreciste y diste sin pretender nada a cambio. En tu velatorio me recordaron muchas de esas historias y escuche otras que no sabía, tanto de aquí como de todos los años que estuviste en Venezuela; así como los eternos agradecimientos que te brindaron. En ocasiones certificamos lo especial que son las personas que amamos a través de la emoción y de las palabras de los otros.
La vida es un instante que siempre desaparece. No sabemos bien dónde va. Me gusta pensar que el universo en su eternidad y en su silencio guarda los instantes importantes, las vidas que en realidad valieron la pena y los momentos especiales de seres especiales; y lo hace en algún lugar del espacio tiempo de igual manera que los seres humanos guardamos en álbumes las fotos de los cumpleaños, de los viajes y las reuniones, o de los eventos familiares y de los amigos. A veces miro al cielo en la oscuridad de la noche y busco todo eso que a veces no recuerdo.
Muchas cosas que decir y tan poco papel. Como le dije a mi hijo, ‘Nos vemos al otro lado del sueño’. Y al igual que con mi hijo, elevaré la copa y brindaré en silencio por ti cada vez que abra una botella de vino.
Andrés Expósito