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Unos rostros bellos, gigantes y serenos vigilan desde la pared los ataques a Beirut

Obra de Paola Delfín en Jounieh, Líbano

Guillermo Martínez

2 de agosto de 2026 23:18 h

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Paola Delfín lleva década y media llevando su arte a cuestas por los cinco continentes del planeta. A través de sus murales, alguno de más de 1.000 metros cuadrados, inmortaliza la cultura del lugar, sus gentes y tradiciones, su pasado y porvenir, la comunidad que les da vida.

Esta mexicana de 37 años, en estos momentos asentada en Beirut (Líbano), es consciente del bagaje muralista que le precede, aunque se decanta por un estilo personalísimo y repleto de grises. “No utilizo solo el arte para pintar, sino para explorar el significado de pertenencia”, adelanta antes de comenzar este relato internacional que comienza, precisamente, en España.

Estos últimos cuatro años de su carrera, admite Delfín, han sido en los que más tiempo ha dedicado a imbuirse en los lugares que después retrataría a través de sus líneas en fachadas de edificios o paredes. De España dio el salto a Latinoamérica, de ahí pasó a Estados Unidos y más tarde llegó a Asia, desde donde comenzó a expandirse a otros horizontes, tal y como ella misma relata. Entre los más de 20 países en los que puede disfrutarse su obra están algunos tan dispares entre sí como Italia, Rumanía, Inglaterra, Turquía, Brasil, Colombia, El Salvador, China, Taiwán, India, Ucrania, Siria, Líbano y Benín.

Realizar murales sobre las ruinas, metáforas y literales, que asolan una ciudad empieza a ser una constante en la obra de Delfín. Visitó Ucrania en 2017, cuando el conflicto con Rusia no había estallado con tanta virulencia como lo hizo varios años después, “pero ya se notaban las tensiones”, apuntilla. Por eso, la obra que dejó inscrita en las paredes de Kiev “busca traer un mensaje de esperanza para la gente que vive allí, un mensaje de esperanza ante la guerra”.

Más tarde, en 2024, vivió medio año en Benín, un pequeño país en el África Occidental. “Dependiendo de donde se esté, puede haber conflicto o no. Yo fui al norte a pintar, donde hay conflictos latentes, siempre pendientes de un posible ataque por los grupos armados de la frontera con Burkina Faso”, comenta la artista sobre la capital en la que se hospedó, Cotonou.

Mural de Paola Delfín en Beirut, Líbano

“Tuve la suerte de convivir unos días con tres comunidades diferentes de allí y cada una me mostró un poco de ellos, de sus tradiciones e historia”, añade. Además, Delfín estuvo unas semanas en el Parque Nacional Pendjari, en la ciudad de Tanguiéta, a donde tendrá que volver para terminar su obra. “Cuando me llevaron, tuve que ir escoltada por militares”, recuerda.

La pertenencia como espina dorsal de su trabajo

Son siempre las comunidades que los circundan la inspiración que brota en Delfín y germina a través de sus manos en forma de trazos. Es lo que también ocurrió en Alepo, la capital de Siria, a donde se dirigió desde Beirut junto a la periodista Marta Maroto en febrero de este año. A lo largo de las dos semanas de estadía, mientras una realizaba sus entrevistas, la otra se sentaba al lado a escuchar a los entrevistados. “El señor con el que nos hospedábamos nos llevó a su aldea y conocí a su familia. Decidí pintar a sus nietos como modelos”, reconoce.

Su dibujo se convirtió así en una suerte de mensaje en la pared que remite a un concepto que acompaña a Delfín desde hace un tiempo. Se trata de “pertenecer”, en árabe “al-in-timā”. La artista relata que esto de la pertenencia “se repetía mucho en las pláticas que teníamos con la gente de Siria y quería explorar qué significa pertenecer a un lugar al que muchos de ellos llevaban años sin habitar”.

Realizar este trabajo en una callecita de la ciudad antigua de Alepo, en la pared que daba a una pequeña tienda de comestibles, tuvo su parte performativa. Así lo relata la muralista: “Para los niños y niñas fue algo insólito porque nunca habían visto algo igual. Sobre todo ellas, las niñas, se sorprendieron al ver a una mujer trabajando de esta manera. Marta me ayudaba a pintar mientras los pequeños venían todas las tardes a ver cómo lo hacíamos. Es algo muy bonito que he podido dejar en Siria, un mural pequeñito pero que significó mucho para mí y creo que para ellos también”.

México y Líbano se dan la mano

En marzo de 2025, Delfín fue a parar a Líbano por motivos personales, país en el que ha visto y escuchado las bombas por primera vez en su vida. El primer trabajo que realizó en la zona se encuentra en Trípoli, ciudad al norte de Beirut, la capital, donde visitó el campo de refugiados de Beddawi. Pintó el retrato de dos niñas asesinadas tras el único bombardeo que se ha dado tan al norte del país. A ello se sumó otro mural en el que realizó un homenaje a los trabajadores locales.

Un mural de Paola Delfín en el campo de refugiados El Bedawi, en Trípoli

Una colaboración con la embajada mexicana le llevó hasta la ciudad de Joünié. Delfín se dejó llevar por sus raíces y se decantó por realizar dos murales que, juntos, componen un tercero. La idea era celebrar los 80 años de las relaciones entre Líbano y México y homenajear a los migrantes en general y a los libaneses en concreto.

“Pinté a una amiga de Trípoli y otra de México, e hice un pequeño homenaje a Frida Kahlo, a la que vemos mucho como personaje, pero poco como artista”, comenta. Por eso, la muralista mexicana se inspiró en el cuadro de Las dos Fridas para luego añadir algunos elementos que remiten a México y Líbano que se entrelazan en el fondo.

Un mural para la sanación

Casi un año después de su llegada, comenzó con el gran mural que tiene ahora entre manos para el Instituto Cervantes en Beirut. Le ha llamado “Nabat”, una palabra que se podría traducir por “latidos”. Aun sin terminar, los simbolismos remiten a la sanación, la reconstrucción y la regeneración, además de la pertenencia, frente a la destrucción que el país sufre por el escarnio continuado por parte de Israel.

Ha decidido incluir a cuatro niños desplazados por el conflicto y una adulta. Al igual que en sus anteriores trabajos, son personas reales a quien Delfín conoce. La figura principal es Alice, artista que trabaja en la fundación Ahla Fawda, desde donde ha ayudado a las personas desplazadas por los ataques. Los dos niños y dos niñas que le acompañan proceden del sur del Líbano, de la ciudad de Balbeek y de la misma Beirut. “Hay un tatuaje en Alice que simboliza los cuatro puntos cardinales, como que todos vienen del mismo sitio, como esa parte de la pertenencia que va más allá de ideologías y división”, explica la artista.

Uno de los murales de Paola Delfín, en Cherai , India

La obra se completa con una casita libanesa que remite a la idea de hogar. Los niños, por su parte, sostienen elementos simbólicos como un astrolabio, un ramo hecho con libros y una flor típica que crece en los terrenos baldíos de Beirut. Además, el mural tiene retazos que dibuja Delfín pero que forman parte de otro proyecto realizado con muralistas de todo el mundo. “Así se fomenta la unión a través del arte”, recalca.

La calle como lienzo

Delfín entiende el arte como algo callejero, vivo, locuaz. Así lo expresa en un tono risueño en esta conversación con elDiario.es, en la que participa desde Beirut. “Este tipo de arte público causa un impacto visual inmediato. Es un medio que me permite poder llegar a la gente que me interesa, la gente de la calle, de manera mucho más inmediata e impactante”, asegura apenas minutos antes de volverse a subir a la grúa para seguir pergeñando el mural beirutí. “Mi manera de ser es poder estar fuera, en la calle, ver qué hace la gente. Eso es parte de quien soy”, subraya.

Mural de Paola Delfín, en Tlatelolco, Ciudad de México.

Su trazo y color tampoco pasan desapercibidos. Siempre en blanco y negro, el dibujo juega en las tonalidades de grises para conseguir el contorno, la sombra y distancias adecuadas. “Vengo de un país cuya fórmula predominante en los murales son los colores, pero no por ser mexicana tengo que hacer yo lo mismo. Me parece importante poder traer algo diferente que mostrar”, se defiende.

Sea como fuere, Delfín desea poder establecerse en Líbano y vivir en un puente continuo entre México y este país de Oriente Medio. Además, anhela poder ir al sur para también llevar allí su arte. Ojalá que los ataques de Israel cesen y lo consiga. Uno de sus murales en esa zona significaría que la vida y la esperanza se vuelven a abrir paso ante tanta barbarie y destrucción.

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