Capacidades expresivas de las palabras populares
Las diferencias que existen entre el habla popular y el habla culta están íntimamente relacionadas con las que existen entre lengua hablada y lengua escrita, que son dos formas distintas de usar el código de la lengua, o langue, como lo llama Saussure. La lengua hablada es lengua espontánea, apegada a los contextos inmediatos de la existencia, a las necesidades más primarias de la comunicación, donde el contexto aporta información que no es necesario expresar con palabras. Por el contrario, la lengua escrita es habla más formal; tan formal, que en ella casi todo tiene que expresarse verbalmente. Pero que lengua hablada y lengua escrita sean dos manifestaciones tan distintas del lenguaje no implica que sean incompatibles. Todo lo contrario: son complementarias. Sin lengua hablada, que es la lengua primaria o natural, acto efímero que se desvanece en el aire, palabra en el tiempo, como todo lo que tiene existencia real, la lengua escrita se reduciría a lengua muerta y enterrada en la tumba de papel, tablilla o piedra que la contiene. Las palabras del pueblo, como las de los poetas, son las que salvan a las lenguas de la muerte, del cementerio de las palabras, que es el diccionario, como se ha dicho en más de una ocasión. Sin lengua escrita, que es lengua secundaria, sustitutiva o artificial, técnica para fijar lo que se esfuma a medida que se hace, lengua fuera del tiempo y del espacio, del tiempo y del espacio en que nació, la lengua hablada degeneraría pronto en algarabía o ruido ininteligible. Por eso, toda palabra hablada aspira a convertirse en palabra escrita, que la libere de la angustia de la fugacidad de la vida; es decir, de la muerte. Como toda palabra muerta en los papeles aspira a que la resucite la voz cálida del hablante, aunque esta resurrección dure una exhalación. Cada cual anhela lo que no tiene.
No se trata de que la lengua escrita sea correcta y la lengua hablada incorrecta. Se trata más bien de que cada una de ellas desempeña función distinta en la vida de la lengua. Toda palabra es en principio palabra hablada, palabra efímera, que se desvanece en el aire al volar de la boca del hablante al oído del oyente. Pero las palabras fugaces o efímeras pueden alcanzar el privilegio de la eternidad (si de “eternidad” puede hablarse cuando hablamos de cosas humanas) al quedar fijadas por la mano del escribano, escribiente, escribidor o escritor en el material más o menos perenne de la piedra, el metal, la madera, la tablilla de barro o el papel que la alberga. Por eso, la palabra fugaz o efímera, que, cuando no es un secreto o un desahogo momentáneo, de lo que no es ni decente ni conveniente dejar constancia, tiene ansias de eternidad, aspira a convertirse en palabra escrita; como la palabra subjetiva, que es en principio sólo metáfora o metonimia del que la creó, aspira a convertirse en palabra objetiva, a encarnar enteramente en la cosa que designa (a lexicalizarse, como dicen los profesionales de la lingüística) y convertirse en palabra de todos.
Como advierte Stephen Hawking, la lengua escrita es el ADN de la cultura porque es quien transmite información de generación en generación. En efecto, así es. Sin la lengua escrita no habría perpetuación de la cultura ni de la lengua, porque sólo la escritura da estabilidad a las palabras y a los textos y nos hace tomar conciencia de ellos. “La literatura -escribe Unamuno- viene a ser respecto a la lengua hablada en el espíritu de los pueblos lo que la conciencia al fondo subconsciente en el espíritu individual humano. Por la literatura llegan los pueblos a ser conscientes de su propia lengua: la lengua literaria ha sido la principal base de los estudios lingüísticos reflexivos y de la preceptiva gramatical, así como casi toda la sicología tradicional se fundamenta en la introspección consciente. Y, sin embargo, lo mismo que bajo la conciencia el riquísimo fondo subconsciente que la sustenta, vivifica y da contenido, siendo uno con ella en perfecta unidad, así bajo la lengua literaria palpita el riquísimo fondo popular, manantial de que aquella se surte. Y así como se da el caso de que una representación percibida en la conciencia y olvidada luego, es decir, caída en el fondo subconsciente, reaparece, así voces como allaudere se nos muestran en Plauto y desaparecen, luego resurgen en el romance alabar”.
Por eso es tan importante promocionar la lectura de las grandes obras de la literatura; las obras donde lo que se dice no puede decirse de otra manera (porque es literal, como el propio nombre de “literatura” indica), que contienen lo esencial de la palabra y abren nuevas perspectivas a la humanidad. Sólo perpetuando y promocionando las manifestaciones elevadas de la civilización, que son sus obras de arte, es posible el progreso humano. Ya había escrito Lévi-Strauss que “la posesión de la escritura multiplica prodigiosamente la aptitud de los hombres para preservar el conocimiento”. Únicamente a través de la letra impresa en las tablillas de barro o en la piedra hemos logrado saber algo de la historia de pueblos tan antiguos como los mesopotámicos o Egipto. Pero, para llegar al fondo de la lengua escrita, la lengua de la literalidad, es necesario no perder de vista la lengua hablada del pueblo, que es la lengua de la vida.
¿Carece la palabra hablada del pueblo de capacidad para aparecer en el texto escrito, como suponen tantas personas? Dicho de otra manera: ¿carecen las palabras populares de capacidad poética, científica, religiosa, filosófica, etcétera? Para Ángel Rosenblat, por ejemplo, “no todo uso popular puede ascender hasta la lengua literaria. En el habla popular hay todo un aluvión de usos pasados que se mantienen por espíritu conservador. Si un campesino dice truje o mesmo, me siento conmovido, porque me recuerda a Cervantes, pero no lo admitiría en un alumno de escuela”. Creo, sin embargo, que, a pesar de las connotaciones terruñeras que arrastran, en teoría, por lo menos, las palabras populares tienen las mismas capacidades expresivas que las palabras cultas, porque, como ellas, cumplen con todos los requisitos de la ley de Dios de las palabras, que es tener significante y significado propios, un significado de capacidades designativas infinitas y un significante de capacidades rítmicas particulares. Lo que puede hacerse con unas no puede hacerse con las otras. No es, por tanto, sólo que las palabras populares den un sabor especial o típico a los textos escritos, como sostienen algunos. Es más bien que proporcionan al hablante o al escritor otras formas de significar, sentir y poner música a la realidad que quiere expresar. Cuando un canario dice que “se alongó por la ventana”, no es que diga con un verbo autóctono lo mismo que dice el castellano cuando dice que “se asomó por la ventana”. Es que dice (es decir, siente) una cosa distinta que aquel, porque su alongar significa algo diferente de lo que significa el español general asomar: como compuesto de longo (luengo) que es, alongar es algo así como ‘hacerse longo o largo’; y como compuesto de sumo que es, asomar es algo así como ‘aparecer por encima’. Y esto que comentamos es algo que ha descubierto lo literatura de la modernidad en todos los países de la Tierra, que se han reencontrado con el habla popular. La mirada hacia el pueblo no es una novelería o cursilería, como quieren algunos, sino una necesidad imperiosa, porque el pueblo no sólo agranda las palabras de los poetas al generalizarla en el uso, sino que también enriquece su expresión con nuevas voces.
Otra cosa distinta es el grado de desarrollo que esas esperanzas o expectativas semánticas y formales que son las palabras del pueblo hayan alcanzado en la realidad concreta de la comunicación o habla, para decirlo con denominación saussureana. Ejemplo muy elocuente de lo que decimos lo tenemos en la humilde palabra del pueblo llano andaluz juerga ‘diversión bulliciosa’ (de huelga, nominalización del verbo holgar), las voces originariamente canarias caldera ‘cráter apagado de un volcán’ y canario ‘cierta especie de pájaro’ y las voces originariamente venezolanas rastacuero ‘dicho de una persona, inculta, adinerada y jactanciosa’ y butaca ‘asiento con brazos y respaldo’, que, por lance de fortuna, se convirtieron en palabras escritas o cultas de todos los hispanohablantes, e, incluso, de los extranjeros. Toda palabra tiene vocación internacional, para agrandar su alma. Por eso, como los fugitivos del hambre o de la violencia de todos los tiempos, emigran para medrar en otros dialectos, en otras lenguas, en otras culturas, en otras naciones, en cuanto se les presenta la más mínima oportunidad para hacerlo, sin importarles fronteras políticas, sociales o culturales. Las palabras no son del pago; son del universo.
¿Por qué se les ha negado tradicionalmente y siguen negando algunos valor poético (es decir, creador) a las palabras del pueblo? Pues simplemente por el perverso prejuicio de que se trata de meras versiones formales o degeneraciones de las palabras verdaderas, que son las generales, como vimos antes; que su valor se reduce a la connotación de voz de la tierra; de voz que sólo sirve para la expresión familiar o para dar color local a los textos. Sin embargo, como señala Unamuno en el prólogo a su Cancionero, en realidad “no hay palabras puras e impuras, limpias y sucias, como no las hay nobles y plebeyas”. Nobles y plebeyos pueden ser los que las emplean, pero nunca las palabras.
Las palabras y los textos sólo se encuentran, pues, históricamente completos cuando se cifran en los signos de los abecedarios, silabarios o ideogramas, que les confiere un enorme prestigio. Recuerdo la profunda emoción que me embargó a mí cuando vi escrito por primera vez el nombre de mi isla natal de Fuerteventura. Con su fijación en el papel (que lo liberaba del fugaz pasar de su existencia) y su prestigio, la letra impresa le quitó humildad y la hizo más grande, más importante y más hermosa. La letra consagra el nombre. Es lógico, por tanto, que canarios, andaluces, extremeños, argentinos, mejicanos, cubanos, etc., aspiren a (y hasta exijan) que sus palabras habladas puedan llegar a la letra escrita, a la lengua que eterniza y dignifica, admítalas o no la Real Academia en su panteón. Para entrar en el paraíso de la lengua escrita, las palabras no necesitan pedigrí alguno. No tienen por qué venir avaladas por prestigio de clase, salvoconducto académico o respaldo de multitudes. Les basta con ser lo que son: palabras, criaturas divinas, porque son quienes crean el mundo. Escribo las humildes voces insulares guadrao, zálamo o tajorase en la pantalla del ordenador y ahí quedan, sin que el teclado se resista a escribirlas.
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