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Dantesco

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Dante describe en La Divina Comedia el camino al infierno, de ahí que a los escenarios donde se desata el horror se les llame dantescos. En las puertas del infierno Dante pregunta dónde se encuentra, la respuesta de Virgilio es magistral: “Es el sitio de que hice ya advertencia, donde verás las gentes dolorosas que perdieron el don de la inteligencia” . 

La obra es una alegoría sobre la condición humana. Dante representa a toda la humanidad, no en vano, el viaje al infierno es un recorrido de nueve paradas por los pecados capitales. Virgilio, el poeta, representa la razón. La enseñanza de la obra literaria es clara; somos nosotros los que construimos nuestro propio infierno.

Dantesco fue el escenario de la DANA de Valencia, de la que se cumple el segundo aniversario en estos días. Dantesco es el paisaje que queda tras un incendio como los que arrasan nuestros bosques. Dantesco ha sido el adjetivo utilizado por los testigos directos y por los supervivientes de los accidentes ferroviarios acontecidos en España. Dantescas son las imágenes del planeta revelándose contra la acción del ser humano.

Advertidos estamos de la cercanía del infierno, pero, como describe Dante, la debilidad del hombre arrasa con cualquier posibilidad de tomar decisiones encaminadas a evitar los escenarios dantescos que estamos viviendo y viviremos. 

La ciencia nos ha advertido con suficiente contundencia y claridad sobre las consecuencias de esta vorágine destructiva que nos arrastra al averno. No hay fallo en el discurso, ni quiebra en el conocimiento. Hay certezas y probidad. El sistema se está devorando a sí mismo.

Conscientes de la insignificancia de nuestra existencia individual nos aferramos a la pretenciosa eternidad de dejar huella en la historia. Desde la pandemia la vida es una huida hacia la nada en un tren de alta velocidad. La felicidad del clic de la tarjeta bancaria. La vacuidad en las relaciones, la frivolidad como norma del comportamiento. ¡Cuán miserable hace de la vida la vanidad humana!

De la mano de la codicia arrasamos un planeta finito, sufrimos ya el calor del infierno, pero no queremos renunciar a la riqueza que alimenta la avaricia de una pequeña parte de la humanidad. 

Genocidios ideológicos y religiosos a cambio de resort turísticos. Bestias liderando el imperio, desahuciados alimentando buitres, aspirantes a don nadie liderando audiencias La crueldad como reclamo, la ignorancia como guía. 

En el infierno del odio no hay atisbo de conocimiento en las cátedras, ni compasión en el poder, ni producción en la riqueza, ni comunidad en el ágora, ni acogimiento en el Oikos, ni verdad en el discurso. No hay política en las polis. No hay economía en el fraude. 

No hay siglos de distancia entre el infierno de Dante y el de nuestros días. No se distinguen las diferencias entre las escenas dantescas de la Divina Comedia de las consecuencias de este sistema de vida occidental que, bajo el motor de un capitalismo suicida, es la causa directa del infierno en que se está convirtiendo la vida en el planeta. 

Nuestros privilegios son la lujuria que adormece la conciencia y alimenta la vanidad. Sometidos a la cultura de una individualidad tóxica que promociona la arrogancia, hace mucho tiempo que no nos miramos en el espejo de la humildad pues su reflejo resultaría horrendo. No somos la sociedad que creemos ser. Somos el producto de un sistema fallido que produce escenarios dantescos. 

Hay mucho que hacer para enfrentar el infierno. La impotencia es el eslogan de la ultraderecha. Debemos parar. Dejar de huir y dedicar tiempo a observar, pensar, razonar, entender y actuar. Hacer examen de conciencia. Rechazar el patriotismo de la traición y la cobardía.

Debemos recuperar el camino de la virtud y del conocimiento. La vía no es la de la brutalidad sino la ética de la razón. Los valores que hicieron grande a la humanidad no se compaginan con los que destruyen la vida. Priorizar la economía frente a la supervivencia del planeta es construir el infierno para la humanidad. 

No hay atajos ni soluciones mágicas. No habrá tecnología, ni conejos que salgan de la chistera, ni súper héroes con capa que vuelen para venir a salvarnos. Si somos nosotros los creadores del infierno, somos nosotros los llamados a combatirlo. La capacidad de razonar está al alcance de todos y cada uno de nosotros. 

Un sistema que es violento con el planeta y con las personas no ofrece refugio ni paz. Las calles arden y seguirán ardiendo. Es la ausencia de futuro.

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