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Globalización y lenguaje

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La inexorable globalización ha terminado por juntar personas, animales y cosas de las más diversas procedencias en los mismos lugares del planeta, alterando de forma radical la fisonomía y el paisaje de pueblos y ciudades, que, al contrario que antes, ya no pertenecen a sus antiguos moradores, en exclusiva, sino a todos los que los transitan, aunque sólo lo hagan de forma esporádica (como los omnipresentes turistas), tendiendo puentes entre todos ellos. Ha juntado la globalización en los distintos pueblos del mundo a gentes de todos los horizontes (europeos, asiáticos, africanos, americanos…), dando lugar a abigarradas sociedades de los más variopintos colores de piel. Ha juntado usos y costumbres (Papa Nöel o Santa Claus, Reyes Magos, Halloween, Santacruzan, el Año del Dragón, Día de Todos los Santos o de Finados…) de campo y ciudad, de Oriente y Occidente, de Norte y Sur, en convivencia más o menos pacífica. Ha juntado cocinas de los más variados sabores y texturas (china, india, japonesa, coreana, vietnamita, griega, italiana, belga, francesa, mejicana, peruana…), poniendo al alcance de los lugareños una oferta gastronómica hasta ahora desconocida. Ha juntado vestimentas y calzados (chilabas, babuchas, velos, saris, pantalones, tenis, sombreros o gorras) de los pueblos más exóticos del mundo. Ha juntado religiones y mitologías (islámicas, judías, hindúes, budistas, animistas, cristianas…) y templos (mezquitas, sinagogas, catedrales, iglesias, pagodas…) de los cultos y creencias más opuestos. Ha juntado éticas o formas de enjuiciar las cosas tan discrepantes, que hasta miedo da hoy hacer valoraciones absolutas en público. Ha juntado estéticas artísticas y literarias de las más diversas sensibilidades y tendencias. Y ha juntado lenguas de los más variados acentos en una especie de aparente babel, donde cada cual puede expresarse sin el más mínimo problema en su lengua materna o en la que mejor cuadre a sus intereses comunicativos.

Obviamente, confluencias idiomáticas tan intensas y permanentes no han podido menos que afectar ostensiblemente el paisaje lingüístico de las grandes urbes, tanto en el ámbito de los nombres comunes como en el de los nombres propios. Así, sin salir del mundo hispánico, en el terreno de los nombres comunes tenemos que palabras extranjeras como pendrive, playstation, software, heiter, your phone, heavy, fake, spoiler, corner, offside y timing conviven a diario a nuestro alrededor con las voces más castizas del vocabulario nacional o local, como soporte electrónico, consola, programa informático, odiador, tu teléfono, pesado, falso, destripe, saque de esquina, fuera de juego y tiempo sin aparentes problemas de compatibilidad.

Y, en el terreno de los nombres propios, la mezcla ha sido todavía mayor y más llamativa, por el soberano predominio que esta estirpe de palabras ejerce en el espacio público. Así, en el ámbito de los antropónimos, conviven los nombres de pila más ancestrales, como Carmen, Ana, Juan, Antonio, Ricardo, Candelaria, Soledad, José, Francisco, Magdalena o María, con nombres de pila de pueblos más o menos lejanos, como Audray, Evelyn, Giovanna, Connor, Ethan, Leila, Wendy, Killian, Shair, Macgyver, Mikel, Jeniffer, Frida o Ariel, que, por su exotismo, son los que gozan de mayor glamur, prestigio y gloria a los ojos de los locales.

Y en el ámbito de la toponimia urbana, sobre todo en lo referido a establecimientos comerciales, nos encontramos con que denominaciones como Ca cho Pancho Damián, Casa Micaela, Ca’ Ñoño, El Rincón del Mago, El Corte Inglés, Restaurante el Tonique, Galerías Preciados, Perfumería Pracan, Bar los Majoreros, Restaurante el Herreño, Ferretería los Venezolanos, Restaurante Guaydil o Restaurante Bejeque, por ejemplo, que han ostentado hasta aquí muchas de nuestras casas de comida, tiendas de ropa, ferreterías, mercerías o droguerías tradicionales, conviven con nombres internacionales (muchos de ellos marcas de franquicias) como McDonald's, Ikea, Sunset Bar, Leroy Merlín, Decathlon, Carrefour, Burger King o Ristorante Mangiaitaliana (que tanto han igualado a las diferentes ciudades del mundo), sin el más mínimo problema. Así se han convertido los distintos pueblos de la Tierra en espacios de convivencia y compartimiento de lo diverso y en escuela de nuevos conocimientos y aceptación y respeto de la siempre necesaria diversidad, que es la que garantiza la vida, fomentando así el sentido de la inclusión y la apertura al cambio, enseñando el respeto por lo ajeno y la valoración y relativización de lo propio y actuando como una especie de polinización cultural y artística (como dicen ciertos imaginativos) generadora de nuevos conocimientos y nuevos valores dentro de los códigos locales.

Y lo más importante del proceso que comentamos es que las gentes, las culturas y las lenguas que lo protagonizan no suelen vivir de forma autista, encerrados en su propia burbuja (aunque al principio suela ser necesariamente así), sino que tienden a fundirse o hibridarse en sistemas nuevos, dando lugar a razas, culturas y lenguas mestizas, con estructuras internas más o menos distintas de las originales. Es lo que se observa en el mundo de la gastronomía, con cocinas híbridas como la balti (fusión de la inglesa y la india), la criolla (fusión de la europea, la africana y la americana precolombina), la chifa (fusión de la china y la peruana), la Nikkei (fusión de la peruana y la japonesa) o la Tex-Mex (fusión de la tejana y la mejicana). En el mundo de la indumentaria, donde destacan determinadas formas de vestir occidentales híbridas, en que se combinan abayas, caftanes y foulards con vaqueros, camisetas y zapatillas deportivas, o la llamada moda Wa-Lolita, resultado de la mezcla de prendas de vestir europeas con prendas de vestir japonesas.

En el mundo de las manifestaciones culturales, con festejos y espectáculos híbridos como el Carnaval de Río, resultado de la fusión de ritmos, colores y danzas indígenas, africanas y europeas. En el mundo de la música, donde han resultado géneros híbridos, como el jazz, el reggae, la salsa o la samba, fusión de melodías africanas, europeas y caribeñas. En este ámbito, destaca en España la música de Luz Casal, donde la balada nacional aparece mezclada con el rock estadounidense y el pop inglés. Incluso el flamenco, tan celoso de sus raíces y pureza, ha terminado fundiéndose con el rock, con no poco disgusto por parte de sus apasionados más conservadores. En el mundo de las razas, con híbridos como el mulato (cruce de blanco y negro), el mestizo (cruce de blanco e indio), el zambo (cruce de indio y negro) o el salto atrás (cruce de chino e india). En el mundo de la religión, con sistemas de cultos híbridos como la santería de América, resultado de la fusión de creencias católicas y africanas. En el mundo del arte, con movimientos como el cubismo, donde las figuras de la pintura europea se dan de la mano con las figuras del arte africano. Y en el mundo del lenguaje, con esos híbridos que son las llamadas lenguas criollas (chabacano, palenquero, papiamento, haitiano, sanandresino, caboverdiano…), resultado de la fusión de lenguas del viejo continente, como el español, el portugués, el francés, el inglés o el holandés, y lenguas autóctonas de África, América, Asia y Oceanía; el dinámico spanglish estadounidense, mezcla de español e inglés; o los campos semánticos mixtos que han resultado siempre de la fusión de voces de préstamos de las más diversas procedencias.

Así, el campo semántico de la gastronomía, que en el español de hoy, por ejemplo, mezcla voces propias, como potaje, cocido, paella, ropa vieja o tortilla, con voces francesas, como cruasán, crep o baguette, italianas, como pizza, ñoqui o tallarines, mejicanas, como tacos o burritos, japonesas, como sushi, maki o nigiri, griegas, como musaka, tzatziki o tarama, etc.; el campo semántico de la edad de las cabras, que en Canarias resulta de la combinación de las voces españolas cabra, cabrito, machorra o macho (cabrío) con las voces guanches baifo y tajorase; o el campo semántico de los artefactos para fondear la embarcación, que también en Canarias resultado de la fusión de las voces españolas rozón (rezón, en el habla general) y muerto con las voces portuguesas rociega, garampín, potala y pandullo. Y eso sin contar con expresiones o nombres híbridos, como, por ejemplo, “por el ancho world” u “hola, Good morning, ¿cómo estás?”, que se oyen por doquier a lo largo y ancho del mundo hispánico, o los nombres Trattoria Viajera o Pejegreen (anglicanización parcial del portuguesismo canario pejeverde, designativo de un pequeño pez de color predominantemente verde), que ostentan algún que otro establecimiento comercial de las Islas, que constituye una práctica idiomática más bien esporádica. Incluso el hombre moderno, que se atavía con camisa confeccionada en China y pantalones confeccionados en los Estados Unidos, calza zapatos hechos en España, luce en la muñeca reloj fabricado en Suiza o Japón, protege la vista con gafas made in Italy, conduce coche fabricado en Alemania y bebe vodka destilado en Rusia o gin tonic de ginebra inglesa y tónica fabricada con quinina de los andes y endulzada con agave mejicano, no deja de ser un símbolo viviente de la fusión cósmica que comentamos.

No se trata, obviamente, tanto de “pérdida de identidad”, como sustentan los más críticos con la globalización, como del surgimiento de identidades nuevas, con sus propias peculiaridades y coherencia interna; de identidades de collage o fusión, más generales que las nacionales. Son las culturas de la aldea global, que nos obliga a pensar, comunicarnos, consumir, comprar y entretenernos de forma distinta a cómo solíamos hacerlo hasta ahora, haciendo saltar por los aires el viejo concepto de identidad. La identidad no es patrimonio de la tradición. También la modernidad tiene su identidad, aunque esa identidad se urda con mimbres de segunda mano o de procedencias distintas y no con mimbres de la tierra, mucho más íntimos y homogéneos, como antaño. Culturas de bricolaje, como diría el gran Claude Lévi-Strauss; no culturas puras. El mestizaje, resultado del contacto de pueblos distintos, fenómeno esporádico y puntual en el pasado (Canarias, por ejemplo, surgió de un mestizaje cultural y humano entre guanches, españoles, portugueses y moriscos), ha alcanzado un predominio absoluto en los tiempos que corren, cerrando así el círculo de la civilización humana, otrora tan dispersa y fragmentada en tribus aisladas en los parajes más recónditos del planeta. Desde muy pronto se percató el hombre de que lo único que garantizaba el futuro de la humanidad era la exogamia, no la endogamia, aunque sólo con los potentes y prodigiosos medios de transporte y comunicación actuales haya podido conseguirla de forma más o menos plena. Se trata, obviamente, de un proceso dinámico, donde conservadores (generalmente, los más veteranos) e innovadores (generalmente, los más jóvenes) se baten en una especie de pugna civilizada o guerra civil (no incivil, que es la de las armas) en la que los segundos, que tienen la sartén del futuro por el mango, llevan todas las de ganar. Lo que quiere decir que las ciudades actuales no son ni conservadores espacios de culturas locales ni innovadores espacios de culturas universales exclusivamente, sino espacios dinámicos donde conviven de forma más o menos enfrentadas las dos tendencias que alberga el alma humana: la tendencia al espíritu de campanario, atenta siempre a lo que es propio del lugar o de la familia, y la tendencia a lo universal, atenta a lo que es general en la especie humana. El mundo de lo glocal, como se dice hoy con acrónimo más o menos afortunado, en que lo universal sirve de estímulo a lo local y lo local, a lo universal.