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La memoria en la dictadura

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En España durante la dictadura franquista vivíamos encerrados, sin conexión con el exterior. En la escuela primaria se enseñaba hasta los 14 años, como hacían la mayor parte de los jóvenes que no podían continuar sus estudios, o hasta los 10 años si continuabas el bachillerato tras superar un examen de ingreso. En los institutos de enseñanza media, además de las asignaturas propias de letras y ciencias se impartían las llamadas “marías”, nombre con el que se conocían, por la poca importancia que se les daba, a la Formación del Espíritu Nacional, la religión y la gimnasia. 

En 1972, la Formación del Espíritu Nacional ya era conocida entre los alumnos como “la política” que como propia actividad estaba prohibida por la dictadura y Franco se la reservaba para él y los suyos. Ese año cursaba 6º de bachiller y no recuerdo cuáles eran los temas que se habían tratado en las contadas ocasiones en las que el profesor de política asistía a clase, pero me sorprendió el hecho de que me suspendiera al final de curso cuando ni siquiera se había celebrado examen y porque prácticamente no me conocía. 

Los idiomas por supuesto estaban presentes. De la misma manera que podías elegir entre ciencias o letras al finalizar los cuatro años de bachiller elemental, se daba la opción entre un bachiller superior de inglés o francés. “Hoy vamos a ver el verbo to be” decía al llegar a clase el profesor de inglés, e inmediatamente comenzaba a escribir en la pizarra hablando en todo momento en castellano. Finalizaba mandando traducir un texto del libro que se exigía oficialmente. ¿Como iba el profesor a hablar en inglés si España estaba aislada del exterior?, ¿con quienes iba a practicar? 

Acabado este período se pasaba con 15 años al siguiente nivel, el bachiller superior que constaba de dos cursos. En el instituto, los profesores de religión también faltaban con frecuencia a clase, tanto que no recuerdo sino al padre D. José Alemán con quien pude intercambiar algunas ideas acerca de los orígenes del universo. La gimnasia era impartida por personas bajo la influencia de la única organización política autorizada por el régimen franquista, la Falange o Movimiento Nacional. Estas personas eran tan serias que pocas veces podías disfrutar de una sonrisa en su semblante, hasta el punto que pasados 40 años me tropecé con una de ellas en un ascensor de un edificio de la ciudad, y al preguntarle si no me recordaba como jugador del equipo escolar de baloncesto de entonces, me respondió con un estruendoso “pues serías de los malos”. Me despedí educadamente con un adiós. 

Desde temprana edad me asombraba escuchar a uno de mis tíos, un entusiasmado autodidacta nacido en la década de los años 20, decir que el cerebro humano tenía tres capacidades fundamentales, la memoria, el entendimiento y la voluntad. Le encantaba el razonamiento y yo me quedaba boquiabierto atendiendo a sus palabras. Sin embargo, me chocaba durante la dictadura que la enseñanza se centrara en la memoria, se obviaba la promoción del razonamiento entre los alumnos. “El Miño nace en Fuente Miña, provincia de Lugo, pasa por Orense y Pontevedra y desemboca en La Guardia”. Así cantaban los niños una y otra vez en los colegios infantiles de aquella época, para memorizar los nombres de los lugares por los que transcurría el río gallego. Si no llevabas aprendida la lección, la señorita te castigaba dándote golpes en las palmas de las manos con una regla lo suficientemente ancha hasta dejarlas rojas como un pimiento, o también podía utilizar el recurso de hacerte cargar con unos libros pesados y tener que mantenerlos con los brazos en cruz. Ella no parecía que fuese mala persona, pero su manera de practicar la pedagogía me hacía sospechar que esa formula la entendía como normalizada. Los padres eran incapaces de presentar una queja, bien porque pudieran pensar que era lo que estaba reglamentariamente establecido o por temor a que con su protesta no se consiguiese mas que represalias para sus hijos.

Durante el bachiller, la principal preocupación del profesor era transmitir la totalidad del temario contenido en el libro escogido por las autoridades antes de que finalizara el curso. Menos interés parecía tener en el progreso de los alumnos, sus dificultades de comprensión o las razones de sus comportamientos. 

La evaluación consistía en exámenes teóricos trimestrales, un final y en hacer una pregunta a un alumno elegido al azar durante el transcurso de una clase en cualquier momento del curso, de tal manera que si este no sabía la respuesta quedaba en el más absoluto ridículo. 

La Historia se estudiaba memorizando el nombre de las batallas, las fechas de las contiendas, los participantes, o los escenarios geográficos. De esta manera no había problema a la hora de responder las preguntas de los exámenes. El debate entre los alumnos y el profesor para contrastar distintas opiniones, o el intercambio de ideas entre los propios alumnos era imposible de imaginar.  

Las matemáticas se les atravesaba a un buen número de estudiantes y el área de los triángulos presentaba una de las mayores complejidades. Un profesor era capaz de llenar de quebrados dos pizarras de 3,5 metros cuadrados en una hora de clase y aún no me explico cómo había alumnos que pudieran entender. Suerte que don Antonio Bueno, en su academia de verano, explicaba con una facilidad excepcional cómo resolver un problema en solo cuatro pasos. 

Entre el razonamiento y la memoria, la dictadura escogía la memoria, la rigidez sobre la flexibilidad, la teoría sobre la práctica, el individuo sobre el grupo, la cantidad sobre la calidad y la conservación sobre la innovación. El debate y el pensamiento crítico, elementos que estimulan funciones del cerebro humano tan necesarias para el avance de las sociedades modernas, quedaban relegados a la inexistencia.

Aún es necesario hacer esfuerzos de renovación e innovación educativa que estimulen los estudios dirigidos a la mejora de los procesos de aprendizaje a través de la promoción de la creatividad, el diálogo, la escucha, la participación, la reflexión, el aprendizaje colaborativo, el de conexión con el entorno, el trabajo en equipo y el uso adecuado de las tecnologías de la información.

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