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El Museo Canario

José A. Alemán / José A. Alemán

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No es necesario ponderar lo que ha sido y es El Museo Canario ni insistir en que para Jerónimo Saavedra y José Miguel Pérez no resulta plato de gusto lo ocurrido. Sin embargo, en más de una ocasión he visto reticencias en ciertos responsables públicos que van desde la miseria de considerarlo reducto de unos pocos, que lo tienen para su diversión y entretenimiento con cargo al erario público, hasta culpar de su precariedad al empeño de mantenerlo como la entidad privada que es. No estoy muy seguro de que la primera consideración, peyorativa, no permanezca. De la segunda, su carácter privado, vale la pena ocuparse.

No niego la validez de los argumentos a favor de que el Museo sea público, pero resulta llamativa esa opinión en una sociedad donde se ha instalado la idea de que lo privado es mejor por definición. Hay motivos para considerar la solución pública, pero sin olvidar casos como el del CAAM al que las decisiones políticas cortaron su poderosa proyección exterior inicial y lo dejaron en la mar y con pocos remos. No entro en las razones, esa es otra discusión, pero sí en el resultado: ahora no saben (al menos todavía) qué hacer con el CAAM.

Para mí, algunos partidarios de hacer público el Museo reflejan la prolongación en democracia de las viejas aprensiones de los mandamases políticos, evidentes durante el franquismo, que los inducía a controlar la cultura con consecuencias como las sufridas en el CAAM. Algo a tener tan en cuenta como la impresión de que se sacraliza lo privado sólo en actividades económicamente rentables en euros inmediatos, dejando para lo público las que no lo son. Una mentalidad extrapolable, perdonen que derive de nuevo para explicarme, a la Sanidad que tiende a dejar fuera de la privatización emprendida a los equipamientos demasiado costosos, que serían de adquisición pública y uso privado. No lo he confirmado, pero me aseguran que en el Hospital Doctor Negrín hay una planta de gestión privada, cosa que a mi entender indica por donde van los tiros.

Éstas y otras cuestiones, vuelvo a lo que iba, siempre han estado alrededor de El Museo Canario y se avivan en los momentos, que no son pocos, de dificultades más o menos superadas, nunca del todo.

El Museo es el testimonio de un tiempo dorado de la ciencia y de la investigación isleñas, poblado de chiles y millares, de una elite que conectó a Canarias (no tanto a los canarios debido al bajo grado de instrucción o a su inexistencia) con la modernidad de la época obstaculizada por la Iglesia ultramontana. Entre mis papeles figura la pastoral del obispo Urquinaona que lo dice todo al condenar los “Estudios históricos?” del doctor Chil, necesitados de su publicación completa; ahora que la lectura no acarrea la condenación eterna; aunque nunca se sabe, visto como lleva Benedicto la nave de San Pedro.

Alguien debería estudiar de donde le vino a la generación fundadora de El Museo Canario su impulso y hasta qué punto éste se mantuvo hasta el corte de la guerra civil; y cómo se las ingenió la entidad para sobrevivir después ante los vencedores a los que no faltó la ayuda de las embestidas clericales: todavía recuerdo aquellas jornadas sobre darwinismo celebradas entre rugidos de Radio Catedral y fuerte vigilancia de la Político Social. Habría que encontrarle explicación al milagro de que aún exista el Museo y replantearse la cuestión del papel histórico de las elites culturales, hoy tan denostadas por la progresía menos reflexiva.

Espero que el Museo supere el bache pues nada bueno dice de nuestra sociedad civil que nunca se ha desmelenado para consolidarlo, a pesar de testimoniar los mejores rasgos culturales de la burguesía isleña en una etapa brillante de la ciudad de Las Palmas a la que debemos la formación de archivos, dicen que los más importantes de Canarias, todavía no escrutados del todo, creo.

Las dificultades del Museo deprimen. Desde luego no ayuda al empeño, difícil pero movilizador, de la capitalidad cultural. El Museo Canario es entidad conocida y estimada fuera de las islas y no pasará desapercibida una mala salida. Quizá podamos comprobar al fin si de verdad nos merecemos el lujo de tenerlo ahí.

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