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¿Qué significa honrar a alguien en nombre de la universidad?
La concesión de un doctorado honoris causa no es un gesto protocolario ni un acto ornamental: es una declaración institucional de reconocimiento intelectual, ético y social. Con él, una universidad afirma públicamente que la persona distinguida encarna —de manera ejemplar— los valores que la sostienen: el cultivo del conocimiento, el impulso del pensamiento crítico, el compromiso con la transformación social y la defensa de la dignidad humana.
Por esa misma razón, resulta difícil comprender que se proponga investir doctora honoris causa a la Reina Sofía. No se trata de una cuestión de preferencias políticas o de simpatías personales. La pregunta es otra, mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más exigente: ¿qué aportación específica ha realizado la Reina Sofía al conocimiento, a la investigación, a la creación intelectual o al pensamiento crítico que justifique el máximo reconocimiento académico?
La Reina Sofía ha desempeñado una función pública vinculada a la representación institucional de la monarquía, no al desarrollo del saber ni a la promoción de la cultura científica. Sus actividades se han orientado, sobre todo, al ámbito ceremonial, filantrópico y protocolario. Pueden ser tareas respetables para quien así lo quiera ver, pero no constituyen —ni de lejos— una trayectoria académica, intelectual o investigadora. Como escribe la biógrafa de Voltaire, Evelyn Beatrice Hall, en su obra Los amigos de Voltaire, para reflejar el espíritu de tolerancia y defensa de la libertad de expresión que caracterizó al filósofo francés: “Desapruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.
Doña Sofía no ha sido una pensadora relevante, ni una impulsora de corrientes culturales o sociales transformadoras, ni una voz crítica capaz de interpelar al orden establecido. Tampoco ha contribuido al debate público desde la producción de conocimiento, la creación literaria, el pensamiento científico o la reflexión filosófica. La universidad, en cambio, no existe para legitimar jerarquías simbólicas, sino para cuestionarlas cuando es necesario.
Conceder este reconocimiento a una figura cuyo capital simbólico proviene del linaje y no del saber transmite un mensaje preocupante a la comunidad universitaria: que el prestigio académico puede confundirse con el prestigio social; que la autoridad heredada puede equipararse a la autoridad del pensamiento; que el mérito intelectual puede ser sustituido por la representación protocolaria.
El honoris causa debería servir para visibilizar a quienes investigan, crean conocimiento, abren caminos críticos, sostienen avances científicos o culturales… especialmente a quienes lo hacen desde posiciones sociales poco reconocidas o desde márgenes disciplinarios. La Reina Sofía no representa nada de eso.
La universidad no pierde prestigio cuando decide ser crítica: lo pierde cuando se subordina a lógicas externas a su propia razón de ser. Convertir el máximo reconocimiento académico en una herramienta de cortesía institucional supone rebajar su sentido, diluir su autoridad moral y transformar un honor académico en un rito de legitimación simbólica.
Defender la dignidad del honoris causa no es un gesto contra nadie: es un gesto a favor de la universidad y de aquello que la justifica.
Si la universidad quiere ser reconocida socialmente, debe empezar por reconocerse a sí misma como lo que es —y no como lo que algunos poderes esperan de ella.
Firman este escrito personal de la Universidad de Palmas de Gran Canaria y profesorado:
José Antonio Younis Hernández
Juan Manuel Santana Pérez
Ana Ruth Vidal Luengo
Germán Santana Pérez
Carmen Estévez González
Daniel Castillo Hidalgo
Elena Lugli
Juan Carlos Navarro Díaz
Koldobike Velasco Vázquez
Luis Gutiérrez Sanjuan
Pedro Alemán Ramos
Sonia Iruela Padrón
Zaradat Domínguez
Noemi Parra Abaúnza
Juan Manuel Brito Díaz
Javier Márquez Quevedo
Javier Luis Álvarez Santos
Sergio Hernández Domínguez
Pedro González de la Fe
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