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Un futuro frustrante

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Dicen que es peligroso generalizar y estoy de acuerdo, pero la experiencia me dice cada vez más que las excepciones en algunos casos son muy escasas y lo digo porque la mayoría de los jóvenes adolescentes hoy en día, a los cuales hemos criado entre algodones para que no sepan el significado del dolor ni de la frustración, van a encontrarse con un futuro muy complicado para resolver sus vidas con el mínimo esfuerzo como están acostumbrados y como la mayor parte de ellos pretende.

Los padres de nuestra generación estamos fallando en enseñar a nuestros niños a que no pueden tener todos los caprichos y a tenerlos de manera inmediata para evitarles un berrinche o una pataleta, de modo que tarde o temprano se tornan en pequeños tiranos convirtiendo a sus progenitores en marionetas que funcionan a su toque de pito.

En lo que respecta a su paso por las aulas, lo que antes era respeto hacia los profesores y maestros se ha convertido en camaradería y en muchos casos en falta de respeto hacia esa “casta indeseable que pretende educarlos para ser alguien en la vida”. No puedes llamarles la atención porque amenazan con denunciar cualquier cosa, con razón y sin ella, y muchas veces los profesores nos vemos de manos atadas, porque tampoco contamos con la ayuda de las familias, quienes a veces ni están ni se las espera, y cuando están solo dan crédito a lo que dicen sus retoños. ¡Qué bien nuestros padres, que le advertían a nuestros maestros que si nos portábamos mal ya sabían lo que tenían que hacer! Y derechitos como velas que íbamos. Pero es que tampoco podemos contar con la Administración, que nos exige constantemente que todo quede muy bonito en el papel, aunque tristemente en la mayoría de los casos de la realidad al papel va una distancia astronómica. Y así la enseñanza que se pretende para estos muchachos se va en algo realmente inútil, absolutamente pueril, pues en el momento en que estos alumnos se enfrenten por ejemplo a la realidad que hay fuera de las aulas, y más concretamente a la voracidad del mercado de trabajo, sus pocos conocimientos adquiridos en la escuela, muchas veces disfrazados de éxito, donde más han jugado que lo que han aprendido, harán aguas por todas partes.

Muchos de los que ahora luchamos con cursos y oposiciones a diario, intentando ser los mejores de entre cientos y miles que opositan para poder acceder a un mísero puesto de trabajo, seguiremos siendo sus feroces competidores; por supuesto, no vamos a dejar que nos venzan con su alegría de vivir y su ingenuidad de que todo se consigue con un pataleo.

¡Qué bien nuestros padres, que le advertían a nuestros maestros que si nos portábamos mal ya sabían lo que tenían que hacer!

Hace un par de días, mientras reparaban mi coche, me senté en un banco frente a un centro de Secundaria y me puse a mirar mi Facebook mientras iban llegando alumnos para pasar su recreo en los bancos cercanos. Me quedé escuchando la conversación del grupito de enfrente. Aquellos estudiantes de entre dieciséis y dieciocho más o menos pugnaban entre ellos por aportar una nueva anécdota cada cual más “sorprendente” que la anterior. Uno hablaba de qué loca aquella profesora que se jubiló después de tantos años y ahora se matriculó para hacer otra carrera, que no sabía para qué iba a aprender otra carrera a esas alturas si ya era tan mayor. El otro hablaba de una amiga de su hermana que estudiaba en la universidad y sacaba matrícula de honor en todas todas las materias, “¿tú sabes lo que es eso, loco, todos los fines de semana estudiando sin salir?”. Y los miembros del grupo cada vez más asombrados de los “sacrificios” que iban escuchando. Otro contaba su plan de futuro: “Yo cuando salga de aquí voy a hacer esto y lo otro y después me pongo a trabajar en lo de más allá…”

Claro que no es malo tener ilusiones, pero una cosa es tener ilusiones y otra distinta ser iluso. Nadie, y me canso de decírselo cada día a mis alumnos, nadie te está esperando cuando salgas con el puesto hecho a tu medida. Ese puesto lo vas a tener que luchar con un montón de gente que, mientras esperaba por tu mismo puesto, ha tenido que prepararse, algunos desde muchísimo tiempo atrás, mientras tú gastabas tu precioso tiempo en diversiones infructuosas. Cuando tenías todo el tiempo del mundo para estudiar lo desperdiciaste y ahora, sin tiempo para nada, tienes que sacarte un graduado porque es lo mínimo para acceder a un puesto de trabajo de lo más ínfimo. Y lo más simpático de todo ello es que los que menos se lo curran son los que más pretensiones tienen. La que no da golpe y siempre estorba al desarrollo de la clase y al aprendizaje de sus compañeros, cuando sea mayor, quiere ser abogada o jueza… ¡Qué bonito es soñar! El que te pregunta que para qué tiene que aprenderse las tildes te dice que va a ser profesor y el que dice que no quiere estudiar más porque total, para cortar el pelo no hace falta estudiar… No es por ser pesimista pero nos espera un futuro de analfabetismo, ignorancia y holgazanería por doquier en un mundo lleno de seres frustrados.

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