El espectáculo político, mediático y judicial
Tengo un amigo que siempre ha vivido la política con pasión. Pensaba que la política no solo era necesaria, sino que el compromiso con su partido le daba sentido a su vida. Pocas cosas le hacían encontrarse tan en su jugo como una intensa conversación política, podías pasar horas hablando o discutiendo sobre las políticas que son necesarias, sobre lo que habría que hacer y sobre cómo llegar a la gente para convencerla y conseguir los objetivos. “La política es como la vida misma”, me decía, “a veces te da disgustos, pero merece la pena luchar”.
Sin embargo, algo no va bien cuando esta semana me lo encontré y me dijo: “Te parecerá extraño, pero ya no veo ni los debates ni los telediarios, ni quiero saber nada de la política. He perdido la ilusión. Los míos me tienen decepcionado con la corrupción y con sus divisiones y lo que me fastidia es que la derecha ha conseguido su objetivo, que a la política solo se acerquen los suyos y esos que están con todos y en realidad no están con nadie, solo con los que tienen el poder en cada momento”. Intenté animarlo sabiendo lo importante que era para él mantener la ilusión por la política, pero me costó trabajo y en buena parte comprendí su decepción. Solo me atreví a decirle: ánimo, son las circunstancias y, como en la vida misma, seguro que vendrán tiempos mejores.
No se sabe bien quién financia toda esta producción ni quienes son sus patrocinadores, ni quien obtiene sus beneficios, pero una consecuencia parece que está calando en buena parte de la ciudadanía: el descrédito de las instituciones
Me quedé preocupado y me hizo pensar que la política lleva demasiado tiempo en una vía tóxica cuya principal manifestación se produce en torno al juego mediático que genera. Las tertulias, los debates e incluso la información política circula en torno al sensacionalismo que producen las declaraciones más ocurrentes, desafortunadas o estrambóticas que se reproducen en los medios y en las redes sociales.
A este espectáculo se han sumado nuevos actores vestidos con togas. Pareciera que el guion de la serie necesitaba de su participación para darle más emoción a la misma. Ante este espectáculo, a la ciudadanía no le queda otro papel que el de mera espectadora, invitada a tomar partido como forofa o como resignada, consiguiendo que una mayoría de personas no quiera saber nada de este bochornoso drama que por momentos contiene escenas cómicas y en ocasiones puede acabar en tragedia.
No se sabe bien quién financia toda esta producción ni quienes son sus patrocinadores, ni quien obtiene sus beneficios, pero una consecuencia parece que está calando en buena parte de la ciudadanía: el descrédito de las instituciones. No es una repercusión menor por intangible que parezca, porque sin la confianza y la participación de una parte importante de las personas que renuncian a este juego de entretenimiento mediático, estamos ante una auténtica crisis de representación y de deterioro de la calidad democrática.
Tal vez vivimos a una velocidad en la que solo podemos agarrarnos a argumentos simples o atender a predisposiciones emocionales, lo que acaba siendo un estupendo caldo de cultivo para que triunfen aquellos que con menos escrúpulos se comportan
Hace tiempo que el filósofo y sociólogo francés Guy Debord (1931-1994) escribió su célebre obra: “la sociedad del espectáculo” (1967), donde trata el espectáculo como una característica esencial de la sociedad contemporánea, aunque su análisis se refiere a la evolución y contradicciones del capitalismo en relación con las mercancías, indicando que “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”. También vienen al caso las ideas del sociólogo Jean Baudrillard (1929-2007) cuando se refiere al simulacro de la cultura, donde habla de la desaparición de la verdad, donde lo verdadero, lo falso y lo emocional se mezclan simultáneamente. En este sentido, también es oportuno referirse a uno de los filósofos actuales más prolijos y citados, el surcoreano-alemán, Byung-Chul Han (1959), que no para de escribir ensayos sobre las democracias que se tambalean en una época en la que el ruido informativo y la emocionalidad digital eclipsan el comportamiento racional.
Los conceptos filosóficos y los análisis sociológicos siempre hay que situarlos en su contexto histórico-social y conviene no asumirlos como dogmas descriptivos de la realidad ni como advertencias premonitorias, aunque si conviene tenerlos presentes para navegar en la complejidad interpretativa de cada momento.
No es fácil encontrar claves explicativas para entender la realidad líquida actual, como diría el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), sin caer en fáciles simplificaciones. Tal vez vivimos a una velocidad en la que solo podemos agarrarnos a argumentos simples o atender a predisposiciones emocionales, lo que acaba siendo un estupendo caldo de cultivo para que triunfen aquellos que con menos escrúpulos se comportan.
Me preocupa y critico el comportamiento irresponsable de los políticos que cometen delitos y también de los que viven del “y tú más”. Tampoco están a la altura los medios y los profesionales de la opinión que convierten la corrupción en espectáculo con la ayuda inestimable de los jueces
En todo caso, sigo creyendo que la política es necesaria, más aún: lo afirmo sin dudarlo, porque hay evidencias empíricas que nos hacen ver su importancia y que estas tienen un impacto en la calidad de vida de la gente; por ello me preocupa que en lugar de hablar de ideas, propuestas, programas y medidas de actuación/evaluación política, se convierta en un espectáculo que alimenta todos los días las tertulias y los debates televisados y reproducidos por las redes sociales con asuntos y nuevos casos de corrupción, con informes, documentos y sumarios que deberían estar protegidos para que la acción de la justicia se realice con todas las garantías y con todo el rigor, evitando los juicios paralelos, más o menos interesados, de los actores políticos y de la opinión pública que, de alguna manera, también pueden condicionar las resoluciones judiciales.
Me preocupa y critico el comportamiento irresponsable de los políticos que cometen delitos y también de los que viven del “y tú más”. Tampoco están a la altura los medios y los profesionales de la opinión que convierten la corrupción en espectáculo con la ayuda inestimable de los jueces que, en lugar de proteger su difícil y discreto trabajo, deciden salir a escena para representar un papel destacado.
El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes
Todos los actores han conseguido que a mi amigo le haya decepcionado la política. También que muchas personas no vayan a votar porque no se sienten representadas, porque piensan que la política la realizan unos cuantos con intereses nada transparentes y que no te puedes fiar de nadie cuando lo que cuenta no son las ideas ni los programas (de lo que poco se habla), sino las personas que alguien elige para que la gente les vote por su imagen o, siendo desconocidas, por haber tenido un comportamiento eficaz u obediente dentro de su partido. Por eso la disputa política está tan personificada, porque solo se trata de destruir personalmente al adversario político a través de los medios de comunicación y con la estimable colaboración de algunos jueces a los que les gusta salir a escena y tomar partido, aunque para ello tengan que olvidarse de Montesquieu.
En la política actual poco importa el tema, el argumento y el guion de la obra, todo se centra en el elenco de actores. Siguiendo con la metáfora del espectáculo, si de verdad nos preocupa la calidad de la democracia, muchos actores no están interpretando bien su papel.